Ágora: Tecnología y cambio social – PARTE I
- Emanuel del Toro

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Tecnología y cambio social. Una reflexión en torno a las diferencias entre el mundo actual y el mundo de hace treinta años. – PARTE I
Por: Mtro. Emanuel del Toro.
Hace tiempo que vengo pensando el tema que en este comentario estoy por abordar: cómo la tecnología informática ha transformado profundamente nuestras vidas desde hace 30 años. En ese sentido, quiero precisar que no busco hacer del tema una apología que romantice en automático el pasado frente al presente, o peor aún, utilizar la ocasión para hacer un descargo a título personal, en el que termine por afirmar de modo absurdo y/o poco juicioso o fatalista, que no hay absolutamente nada bueno y/o positivo en la vida como la llevamos o nos es posible hoy en día. Primero, porque posiciones del estilo no llevan nunca a nada bueno, de hecho las posiciones extremistas comprometen cualquier posibilidad de sano juicio u objetividad; segundo, porque pienso que sólo en la medida que trabajemos por comprender los cambios que sociales que el uso excesivo de la tecnología informática ha desencadenado en las últimas décadas, es que podremos trabajar para mejorar nuestras perspectivas al respecto.
A diferencia de muchas personas de mi edad y/o mayores, –advierto que soy un tipo nacido a inicios de los 80’s–, yo no creo que todo sea intrínsecamente malo en este mundo actual, tan altamente dinamizado por influencia de las llamadas “nuevas tecnologías”. Aunque cabe aclarar que no tienen ya nada de nuevas. Porque llevan de hecho, siendo la norma desde hace al menos 30 años, sin embargo, ese es formalmente el nombre con que se conoce a toda esa infraestructura operativa y vivencial de base informática, alrededor de la cual tenemos la totalidad de nuestras vidas entrelazadas con el uso rutinario de equipos de cómputo, telefonía digital y/o navegación vía internet y redes sociales.
Por principio de cuentas, habría que decir que el caudal de recursos tecnológicos que la revolución informática de fines de los 70’s trajo consigo, terminó en las dos décadas siguientes, democratizando como nunca antes el acceso, tanto a la propia tecnología informático-computacional, como a la información alojada en la misma vía internet. Lo que a su vez transformó de forma profunda la totalidad de nuestras interacciones sociales en los más diversos ámbitos. Hoy en día, absolutamente todo se encuentra profundamente entrelazado. Al punto de que en la actualidad, no es ya preciso de medios específicos y/o rutinas condicionadas para acceder a redes y/o para resolver o desarrollar nuestras vidas alrededor de las tecnologías informáticas.
Para terminar pronto, desde que la telefonía celular digitalizada se ha vuelto la norma, basta con tener un mínimo de conectividad y un celular de gama media en la mano, para acceder prácticamente a cualquier cosa con un par de clics. Ni que decir de todo lo que un celular promedio permite, porque los de hoy por modestos que sean, son equipos cuyas prestaciones no tienen, –salvo quizá el tema de la comodidad en el manejo del ambiente digital–, nada que envidiarle a los propios ordenadores personales y/o laptops. De hecho resulta interesante pensar que con la llegada de la telefonía digital en los últimos 15 años, nuestros propios hábitos de consumo y/o los modos en los que interactuamos en redes se han transformado de forma por demás severa.
Lo mismo usamos redes de internet y/o ambientes computacionales y de telefonía celular con redes sociales incluidas, para la socialización y el ocio o esparcimiento, que para desempeñarnos en lo laboral, y hasta para cultivar lazos de familiaridad, amistad o incluso pareja, ni que decir de todo tipo de servicios y/o plataformas de atención a clientes, que desde cualquier parte del mundo, nos permiten seguir vinculados al mismo. No existe prácticamente ningún espacio de la vida como la llevamos hoy en día, en que la tecnología informática y/o de comunicación digital no se encuentre presente, distinto es discutir la idoneidad de semejante sobredimensión de la tecnología informática.
Sin embargo, tan fuerte ha sido el impacto de este fenómeno sobre nuestras vidas, que sería justo decir que a diferencia de lo que ocurría hace tres décadas, en que la tecnología computacional y/o informática era apenas una de tantas herramientas posibles, que rivalizaba en funcionalidad, disponibilidad y eficiencia con todo tipo de formatos y/u opciones analógicas para resolver los retos de la vida diaria, hoy el acceso a dicho entorno tecnológico-vivencial, se ha vuelto no una opción entre otras posibles, sino un estándar que sutilmente ha ido desplazando y/o marginando a quienes no participan del mismo.
Dicho de otro modo, lo que para mi generación era un modo fortuito de salir del mundo habitual, navegando en redes. Es decir, algo que se hacía cada y tanto, lo mismo para divertirse o socializar, que para sacar información con el propósito de completar tareas escolares y/o pendientes laborales, se ha terminado integrando en nuestras vidas con tal estrechez, que no es ya posible distinguir el medio del entorno. Lo que antaño eran herramientas a utilizar según la ocasión, o la disponibilidad material, hoy se ha terminado convirtiendo en toda una interfaz vivencial, con fuertes implicaciones sobre todos los aspectos de la vida. Lo cual no debe sorprender a nadie, pero obedece en buena medida al aumento exponencial que ha tenido la telefonía digital en la última década.
Piénsese por ejemplo, como era que antes para poder navegar en internet, era forzoso que se lo hiciera desde un equipo personal de escritorio, porque todavía lo de datos móviles a dondequiera que se fuera, era algo inaccesible para la gran la mayoría, tanto por el costo de la cuestión, como porque la más de las veces, cuando dicha tecnología fue introducida, todavía quedaban distintos y muy variados retos para que la calidad del servicio no comprometiera su regularidad. Lo expongo de ese modo, porque los celulares de hoy, son virtualmente computadoras que rivalizan y superan en sofisticación y prestaciones, a los equipos de cómputo de incluso 10 años atrás. Lo cual contrasta de forma severa, con lo que solía suceder hace tres décadas atrás, que los equipos de cómputo eran no sólo técnicamente mucho más limitados de lo que son en día, es que además la información disponible en formato digital era, cuando no escasa, francamente inexistente.
Para el caso, el drástico aumento de las capacidades telefónicas, aunado a la actualización de las condiciones de conectividad, pero también a un mismo tiempo, el cambio propio de la informática y las capacidades técnico-operativas de los ordenadores personales disponibles, ha terminado redefiniendo como nunca antes nuestra relación con el mundo y lo que de ese mismo mundo pensamos y hacemos. No hay prácticamente ningún espacio de interacción y/o desarrollo, en el que no se encuentre implicado el uso rutinario de tecnologías de conectividad y/o ambientes digitas. Nos conectamos a la red y sus recursos tecnológicos derivados, casi con cualquier pretexto.
De hecho, si se trata de ser sinceros, estamos tan hiperconectados, que al día de hoy ocurre todo lo contrario de lo sucedía hace treinta años, existe quien decide voluntariamente salir de las redes y sus recursos complementarios, y lo hace como quien busca recuperar el control sobre su vida, o volver a conectar consigo mismo, ante una persistente como asfixiante dictadura de los algoritmos y las tendencias de moda, consumo y socialización. Tendencias que al igual que antaño hicieran medios tales como prensa escrita, radio, televisión y/o cualquier otro instrumento de masificación social de contenidos –por ejemplo el arte–, han pretendido modelar y/o influir sobre el interés de la persona promedio, en la creencia de que los gustos y/o necesidades de una sociedad pueden y deben ser teledirigidos y además homogeneizadas.
Sin duda que queda mucho por decir al respecto, sin embargo, no es este el punto sobre el que quiero detenerme. Espero pues, continuar la exploración de este tema, la semana que viene, en una segunda entrega. Por lo pronto me quedo para redondear la cuestión, con una idea fundamental: sólo en la medida que hagamos el sincero esfuerzo por comprender de manera lógica y ordenada lo que hemos vivido en el pasado reciente, tendremos las claves para trabajar en mejorar nuestras perspectivas al respecto.















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