Ágora: Apuntes personales sobre un escenario que no debería, pero podría repetirse
- Emanuel del Toro

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Apuntes personales sobre un escenario que no debería, pero podría repetirse.
Por: Emanuel del Toro.
La semana pasada, dediqué la presente columna editorial a explorar algunas implicaciones alusivas a la captura de Nicolás Maduro por Estados Unidos. La cuestión de fondo es que lo ocurrido deja más preguntas que respuestas claras. Argumenté que por el modo en que se están llevando las cosas, así como por las formas que se están respetando, –dejando intacta la mayor parte de la estructura del propio régimen de Maduro, sólo que sin este a cargo–, la administración de Donald Trump parece estar dando muestras claras de querer cambiar las coordenadas tradicionales del juego político.
Lejos de lo habitual, el actual mandatario norteamericano ha terminado desplegando la presencia militar de su país, sin recurrir a la mitología discursiva democrática de la que suele echar mano, para posicionarse en torno a los distintos intereses estratégicos que ambiciona. Lo cual desde luego, se entiende como resultado de un contexto internacional sumamente volátil, en el que la Guerra de Rusia vs. Ucrania, y las sanciones resultantes en contra de Rusia, –por parte de EUA y sus aliados–, han obligado a un acercamiento forzado entre los Estados Unidos y Venezuela. Ello explicaría, por qué es que Trump estaría dispuesto, pese a todo lo que hoy se sabe del régimen venezolano y sus principales titulares, a tolerar un régimen bolivariano de vacación colectivista, pero sin Maduro.
La jugada en todo caso, tiene tufo a interés electoral. Teniendo en cuenta que este año se acercan las elecciones para renovar al Congreso o Cámara de Representantes, no sería extraño pensar que el espectáculo mediático en que la captura de Maduro se ha convertido, sea un intento de Donald Trump, por presentar resultados frente a su base electoral. Lo que no quita de decir que no son pocas las voces que sugieren que el modo que Estados Unidos ha decidido proceder con Venezuela en esta coyuntura, pone de manifiesto la preocupación que despierta para Washington, un escenario pos Maduro, en el que distintas facciones del poder venezolano, terminen enfrentándose entre sí. Por lo que no sería del todo viable la presunción de la oposición venezolana, respecto a la posibilidad de dejar el proceso de restauración política del país en sus propias manos, como es que inicialmente se pensó que Estados Unidos haría.
Ahora que bien, sin ánimos de restarle dramatismo y/o responsabilidad por la intervención estadounidense cometida en Venezuela, lo que no se entiende, es lo desproporcionado de la reacción internacional. Lo digo así, porque habrá que recordar por ejemplo, que Obama capturó y mató a Bin Laden, sin aprobación del Congreso, y nadie dijo nada; más delante el propio Obama invadió Libia y mató a Muamar el Gadafi, sin aprobación del Congreso, y nadie dijo nada, peor aún, en una suerte de ironía, incluso le llegaron a premiar con un Nobel de la Paz, –lo cual de paso, nos debería dar una idea de lo devaluado que tal galardón está hoy en día–; luego Joe Biden mató a Alza Wajiri, un líder de Al-Qaeda, sin aprobación del Congreso, y nadie dijo nada. Pero ahora que Trump extrajo quirúrgicamente a Maduro de Venezuela para enjuiciarlo, ¿ahí si todo el mundo pierde la cabeza? ¿Es en serio? Ojo con el tema, mi punto no es pretender exculpar al actual gobierno de EUA, o a cualquiera de sus anteriores administraciones.
Porque hay que decirlo de una: Estados Unidos lleva ejerciendo de forma sistemática e ininterrumpida, una arbitrariedad injerencista que ha hecho valer por la fuerza, desde fines del siglo XIX, que se hizo con el control hegemónico del mundo, al despedazar lo que quedaba del ya por entonces muy diezmado Imperio Español, al que sin mayor resistencia le arrebató el control sobre Cuba y Filipinas en 1898. El resto es ya, por todos conocido, el ascenso de Estados Unidos como eje articulador de las relaciones internacionales, se hizo efectivo cuando el Imperio Británico perdió protagonismo, tras la Segunda Guerra Mundial, al tiempo que la disputa ideológica entre Capitalismo vs. Comunismo, terminaría reconfigurando la totalidad del orden internacional, alrededor de la Guerra Fría entre EUA y la Unión Soviética.
Para el caso, me resulta desproporcionada la reacción internacional ante lo ocurrido en Venezuela, no porque crea que invadir países sea una respuesta válida y/o deseable en un sistema internacional, –que al menos en teoría–, se preocupa por ofrecer un marco normativo de común entendimiento entre todos los países del mundo. Lo que no quita de decir, que la existencia de semejante orden jurídico internacional, resulta a todas luces insuficiente para resolver la totalidad de las disputas. Sin embargo, ello no debe hacernos concluir que dejar sin efecto cualquier posibilidad de intermediación acordada y pacífica, sea la más eficiente de nuestras posibilidades civilizatorias. Porque pensemos lo que pensemos, –izquierda, centro o derecha–, con el uso de la fuerza para dirimir conflictos internacionales, perdemos todos. La injerencia extranjera y/o la guerra, es siempre un “juego de suma cero”, en el que quien gana, lo gana todo, en tanto que quien pierde, lo pierde todo. Más claro: invadir países y/o ejercer injerencia sobre la soberanía nacional de cualquier país, es algo inadmisible, que se debe evitar, tanto como sea posible.
Pero hacer caso omiso sobre las violaciones que un régimen ejerce sobre su propia sociedad, a sabiendas de que la misma carece de medios efectivos para hacer valer su inconformidad y/o descontento para con sus excesos, es todavía peor que desgarrarse selectivamente las vestiduras en el nombre de defender el derecho de un gobierno a ejercer su autoridad de la forma más brutal posible, al tiempo que en lo formal se justifica la inacción internacional, con el recurso jurídico de invocar la “libre determinación de los pueblos”, cuando ese mismo pueblo, no es tenido en cuenta por sus autoridades, como un actor político valido, por lo que sistemáticamente le persigue, tortura, desaparece o exilia.
¿De qué hablamos entonces cuando se denuncia que la actual Venezuela constituye una tragedia humanitaria sin precedentes? De acuerdo con datos de diversos organismos internacionales independientes, –como Proven, Foro, ONU, o la CPI–, con Maduro se han registrado 1,650 casos de tortura y más de 15,700 detenciones arbitrarias, desde 2014 hasta fines de 2024; 863 presos políticos, sólo en 2025; además 8.7 millones de ciudadanos, entre refugiados y migrantes, han sido desplazados por falta de recursos; asimismo, tiene el 90% de su población en la pobreza, de la cual 50% está en pobreza extrema. Sin embargo, pese a la crudeza y/o brutalidad de lo que estos y otros datos parecidos retratan, es importante matizar que dada la naturaleza altamente discrecional de la cuestión, como de desfases en la actualización de los propios datos disponibles, existen discrepancias significativas en las cifras registradas según la fuente consultada. Lo que ocurre, tanto por razón de los criterios metodológicos diferenciados utilizados para medir el problema, como por razones alusivas a la construcción operativa de los indicadores.
Si bien no existen cifras precisas para dar cuenta de la severidad con que el régimen venezolano se ha conducido, –sobre todo en la última década, porque hay que decirlo claramente, a diferencia de Maduro, Hugo Chávez si llegó al poder altamente legitimado por el voto de la mayoría–, lo que los datos disponibles si permiten corroborar, es la existencia de correlaciones positivas y/o proporciones. El actual régimen de Venezuela, constituye un entramado institucional que ha perseguido y/o torturado y desaparecido, de forma sistemática y sostenida, a su propia población durante años, sin que nadie dijera lo más mínimo. Lo que es peor, el ejercicio de su brutalidad sistemática, ha tenido como fundamentación la pretensión del régimen de un purismo ideológico extremo, según el cual, la más mínima discrepancia y/o insubordinación de la sociedad para con el parecer del gobierno en turno, se toma como motivo de persecución.
Una inercia de la que, –para sorpresa de nadie–, no se ha salvado siquiera la propia élite política venezolana, la cual ha sido periódicamente purgada en la última década, conforme la gestión del propio Nicolás Maduro, se ha ido enredando sola y aislando internacionalmente, a medida que su incapacidad no sólo para ofrecer mejores resultados, sino también para dialogar con la oposición y respetarla, le ha valido todo tipo de críticas y/o señalamientos de propios y extraños. Por lo que no sería raro pensar, que todo lo ocurrido con la captura de Maduro, sucediera, –si bien por razón del interés geopolítico de EUA sobre el petróleo venezolano–, con la anuencia y/o el visto bueno de una facción disidente de la propia élite venezolana, la cual habría decidido coadyuvar, lo mismo para sacarse de encima a Maduro, que para negociar su permanencia o impunidad.
En ese sentido, no son pocos los que se preguntan, si lo sucedido en Venezuela puede volverse en adelante, el modo habitual de proceder de EUA para la región, en cuyo caso cabría preguntarse: ¿quién sigue; acaso Cuba, Colombia o México? En todo caso la cuestión no es resolver si sucederá o no, Sino ¿cuándo y/o por qué es que sucederá?, o mejor aún, ¿qué pueden o no hacer los países implicados? Pongan pues todos, sus barbas a remojar. Porque la lista de países cuya posición o interés, compromete los propios intereses de Estados Unidos, no sólo en América Latina, sino en la totalidad del mundo, es por demás larga, y su mandatario no tiene para cuando claudicar en su empeño por reestructurar y/o restablecer su influencia mundial. De eso y no otra cosa, es que va, aquello de hacer a Estados Unidos grande nuevamente. Queda por resolver, ¿cómo es que otras potencias con pretensiones hegemónicas habrán de reaccionar o no?

















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