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Ágora: Un comentario políticamente incorrecto a propósito del 8M

  • hace 1 día
  • 5 Min. de lectura

Un comentario políticamente incorrecto a propósito del 8M.

 

Por Mtro. Emanuel del Toro.

 

No sé a bien, por qué es que me pronuncio públicamente al respecto, y menos teniendo en cuenta que mi comentario probablemente será tomado a burla o con suma hostilidad, por una corriente dominante de pensamiento, que se viene cultivando hace años, según la cual se suele dar por descontado que; primero, siempre que se invoca “violencia de género” como razón explicativa de cualquier problema social, viene necesariamente orquestada por cuenta del hombre; y segundo, que invariablemente, la víctima de la violencia, es siempre una mujer. Cuando la gran realidad es que, guste o no a los extremismos ideológicos de cualquier signo o color, la miseria humana no reconoce de condiciones u orientaciones; cuando se trata de dar lo peor de sí, el ser humano muchas veces no se mide. Que vamos, este es uno de esos temas en los que poco importa lo que se diga o piense, es un hecho que nadie va a quedar conforme, pero es justo por ello mismo que se vuelve imperativo ampliar los márgenes de la discusión.

 

Lo que no debe sorprender a nadie, porque para dar lo peor de uno mismo, –como para decidirnos a darle la vuelta a las condiciones que históricamente la han hecho posible–, poco o nada importa si se es hombre o mujer, o siquiera la orientación sexual que cada cual tenga. La violencia es la violencia, y lo mismo la puede ejercer un hombre, que una mujer. Porque la violencia no tiene género, y cuanto más claro quede, mayores serán las posibilidades reales de cambiar nuestras perspectivas al respecto.

 

Algo que de a poco, va quedando cada vez más claro, en la medida que cada vez más hombres se atreven a decir públicamente, que también ellos lo han llegado a pasar mal en sus respectivas relaciones afectivas, –sin que medie necesariamente, razón alguna para merecerlo–, como también, porque de a poco, empiezan a verse posiciones de pensamiento, que sin llegar al extremismo de infravalorar o negar la importancia de la lucha feminista en el mundo, sí que ponen en entredicho el derrotero que ha seguido el discurso hegemónico de la cuestión.

 

Un discurso que por razones ideológicas, ha terminado siendo soterrado y/o sumamente desprestigiado por una suerte de misandria, que en la búsqueda por resarcir una parte sustancial de las razones que históricamente llegaron a mantener a muchas mujeres al margen de opciones claras de crecimiento y/o reconocimiento legal. Lo ha terminado favoreciendo una suerte de ánimo reivindicativo que cuando es llevado hasta sus últimas consecuencias, termina replicando una parte sustancial de la violencia misma que el propio feminismo pretende denunciar y/o incidir.   

 

En ese sentido, cada vez con mayor frecuencia, se van socializando los testimonios de hombres, que así sea de manera discreta y/o velada, se atreven a reconocer públicamente, que a veces ellos mismos se han visto siendo abusados y/o agredidos por algunas mujeres, que conscientes del privilegio que les da su condición de mujeres, –por una legislación que cada vez se sectorializa o fragmenta–, situación que sin duda, termina por pulverizar cualquier presunción de inocencia posible, lo que a su vez, termina haciendo posible que paradójicamente,  hombres no culpables de violencia alguna, terminen siendo abusados y/o agredidos en los más diversos ámbitos, –laboral, social y/o incluso familiar–, y lo que es aún peor de lo que en principio se piensa, porque no pocos de los mismos, terminan con suma frecuencia, cargando con el estigma de la incomprensión y la falta de credibilidad si se atreven a denunciarlo.

 

Y ojo con el tema, no pretendo con ello desconocer la importancia de lo que la lucha feminista represente, o siquiera infravalorar o minimizar su repercusión en términos de la contribución institucional que lleva décadas haciendo para la construcción de sociedades genuinamente más equitativas y/o equilibradas. Sin embargo, es justo por lo mucho que valoro las contribuciones discursivas y/o legales e institucionales del feminismo, que es importante seguir trabajando para evitar que dicha agenda pública termine siendo secuestrada y/o siendo objeto de manipulación y/o instrumentalización de sus argumentos. Porque si no ponemos atención en la moderación de los referentes explicativos de cualquier agenda pública, es altamente probable que la misma termina siendo el caldo de cultivo perfecto, para alentar posiciones de pensamiento de suma cero, en las que quienes no piensan como uno, terminen siendo vistos no sólo como contrarios, además como adversarios y por tanto carentes de toda validez para un necesario debate público.  

 

Para ser brutalmente sinceros, por mucho que lo que aquí expongo no resulte políticamente correcto reconocerlo, –no al menos de modo público–, es necesario decir que en muchas circunstancias, cuando se es hombre, basta con que una mujer, –incluso sin razones para hacerlo–, te acuse de lo que quiera, para que en automático reciba cualquier cantidad de muestras de apoyo, asumiéndose que es verdad lo que dice, sin tener porque demostrarlo, al tiempo que tu credibilidad, honor y/o imagen pública como hombre, queda por los suelos; ni que decir de lo legal, en donde incluso puedes terminar pagándolo con consecuencias económicas y/o la propia libertad. Pero no pasa lo mismo si es el hombre quien denuncia maltratos, sean estos físicos, psicológicos o sociales. Ahí si, pocos son los que se atreven a creerte, o están dispuestos a darte el beneficio de la duda.

 

Lo que es más, no faltan luego los que incluso terminan acusándote de falta de carácter u hombría si admites públicamente que has vivido maltrato a manos de una mujer. Y ojo, no se me malentienda con lo que estoy diciendo, mi cometido con este comentario no es terminar por desacreditar o desalentar a aquellas mujeres que verdaderamente han sido víctimas de maltrato físico, psicológico o económico y social por parte de sus respectivas parejas o incluso por otros hombres en los más diversos ámbitos de sus vidas, sino poner en evidencia, que si perseguimos verdaderamente terminar con el lastre de la violencia de género, es necesario ir asumiendo la realidad de la cuestión, como algo que no distingue de géneros, porque la violencia es la violencia, la ejerza quien la ejerza.

 

Insisto es puntualizar que no busco desconocer la importancia de la lucha que el feminismo ha representado desde fines del siglo XIX a la fecha, porque vaya si ha repercutido para bien en cuestión de asegurar derechos civiles. Lo que estoy poniendo sobre la mesa de la discusión, es la necesidad de reconocer que si el tema de la violencia de género, importa todo lo que públicamente se ha dicho que lo hace, es preciso ampliar los márgenes del debate público, a fin de trascender posiciones ideológicas extremistas y/o mutuamente excluyentes. Porque de otro modo, es probable que aún sin quererlo, se termine replicando todo aquello que alguna vez se denunció en otras posiciones de pensamiento.

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