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Ágora: Pobreza material y toma de decisiones. Un debate pendiente

  • Foto del escritor: Emanuel del Toro
    Emanuel del Toro
  • 27 jun 2022
  • 5 Min. de lectura

Por Emanuel del Toro.

Pobreza material y toma de decisiones. Un debate pendiente. Si estuviéramos más al tanto de cómo la pobreza material puede terminar teniendo consecuencias que exceden por mucho lo meramente económico, –comprometiendo cuestiones tan vitales como la estabilidad emocional, la claridad de pensamiento o el control de los impulsos–, lo que termina perjudicando nuestra rutinaria toma de decisiones, haciéndola cada vez más errática y/o caótica, difícilmente seríamos tan permisibles y/o tolerantes con los abusos que sistemáticamente se fraguan desde los circuitos de poder del Estado, como tampoco tomaríamos la inacción estatal, ni la desatención gubernamental resultante como temas ajenos a nuestro propio devenir personal. Reconocer las conexiones que existen entre problemas sociales tan variados como violencia doméstica, alcoholismo, adicciones, embarazos no deseados, malas decisiones de gastos y el cómo las insuficiencias de nuestros gobiernos comprometen las perspectivas de desarrollo de una sociedad, –por no hablar ya del cómo la precariedad incide sobre las propias etapas del desarrollo humano–, tendría que ser una cuestión que por la centralidad con la que perjudica las vidas de millones de personas en todo el mundo, se discutiera y/o considerara más a menudo como un tema de interés público. Sin embargo, por extraño que parezca, rara vez se lo discute. Lo que más, con frecuencia cuando se lo hace, la cuestión es motivo de todo tipo de prejuicios sociales que rayan en el clasismo, la exclusión, incluso la segregación y la perenne incomprensión con quienes peor lo pasan. Los cuales son acusados de continuo de irresponsables, poco juiciosos o inconscientes, abonando con ello a que sus condiciones de vulnerabilidad y marginación prevalezcan. De acuerdo, una parte sustancial de los problemas antes mencionados recae sobre cada uno, ya que se dice que tocan a la esfera de lo privado, lo que les vuelve, –salvo casos excepcionales, virtualmente invisibles al escrutinio público; pero ¿quién puede decir que es fácil tomar decisiones sensatas y/o de lo más eficiente posibles cuanto más limitados estamos? Está para pensarse, digo, no hace falta ser un experto del comportamiento humano, para no darse cuenta que cuanto más limitados y/o presionados o preocupados estamos, peores decisiones tomamos, y estoy más que seguro que, salvo que se tenga la vida resuelta, cosas semejantes las habremos vivido todos en mayor o menor medida. El punto es que pocas veces nos preguntamos sobre las consecuencias psicológicas que se presentan en cualquier experiencia de escasez; hablar de pobreza material implica simultáneamente pobreza política, legal, social y hasta cognitiva. Nuestra estabilidad mental emocional se ve altamente condicionada cuando pasamos privaciones. Cualquier entorno que mine la seguridad de la persona tendrá necesariamente efectos sobre el modo en el que percibimos el mundo y tomamos decisiones. Vivir de forma rutinaria en medio de privaciones materiales, es un flagelo que excede por mucho lo estrictamente material. La cosa es que la carestía o insuficiencia de recursos desencadena comúnmente dos consecuencias; por una parte el ‘focus dividend’ o beneficio de la concentración, como cuando se tiene poco tiempo para entregar un encargo y nos enfocamos hasta resolverlo; por otra parte, el ‘tunneling’, que se refiere a la negligencia resultante de concentrarse en una sola cosa, lo que trae como consecuencia el descuido sistemático de cualquier otro aspecto, como por ejemplo pasa en aquellos entornos en los que ante la presión del sobrevivir como sea, cualquier otra cosa pasa a segundo término, dejándosele librada a su suerte, lo que con frecuencia termina siendo foco potencial de cualquier cantidad de problemas. Pero la cosa no termina ahí, el punto es que la escasez fragmenta o limita nuestra capacidad mental, –o ‘bandwidth’, en alusión al ancho de banda con el que un ordenador accede a la información al conectarse en una red–; el punto es que la escases se limita nuestra mente a tal punto, que nos vuelve menos inteligentes y sobretodo mucho más temerarios e impulsivos, comprometiendo la regularidad de nuestras capacidades cognitivas y por tanto el control de los impulsos. Ello termina volviendo la pobreza material un problema endémico y el caldo de cultivo perfecto para que una seguidilla de malas decisiones personales, terminen volviéndose en el punto de partida de problemas familiares que muchas veces se arrastran por generaciones, incluso si en algún punto las cosas mejoran. Que sí, que algo se debe poder hacer al respecto, de acuerdo. Pero cualquier opción de política pública que se ensaye, verá limitada sus posibilidades de éxito, en la medida que se pretenda desconocer las implicaciones que la pobreza de una sociedad tiene sobre calidad de la toma de decisiones de sus ciudadanos más vulnerables. De otro modo, por mucho que con el tiempo mejoren las condiciones de desarrollo de una sociedad, es ampliamente probable que los vicios personales que en otro momento los han sumido en decisiones poco eficientes, se vean repiténdose, incluso haciéndose más profundas si las condiciones lo permiten. El punto es que las razones más diversas, que lo mismo incluyen nuestra cultura, que la idiosincrasia y hasta el modo mismo de ver la vida, la de México se caracteriza como una sociedad en la que la salud emocional y/o mental, rara vez reciben la atención pública que merecerían, mucho más considerando la trascendencia que la cuestión tiene en absolutamente todos los espacios de la vida. En ese sentido, lejos de lo que cabría esperarse, la salud psicoafectiva –ni que decir la mental–, rara vez se discute públicamente. Lo cual contrasta significativamente con el amplio espectro de consecuencias que sobre nuestras vidas tiene; incide sobre lo familiar, académico, laboral y en no menor medida sobre la regularidad del tejido social. Mucho bien haríamos pues, en ir despejando la cuestión de los tabúes que tradicionalmente le acompañan, sólo en ese modo tendremos la posibilidad de atender de forma efectiva, diversos problemas públicos, cuya incidencia rara vez se trata de forma integral. Es imposible pensar en conseguir un umbral de desarrollo humano sostenido para el común de la ciudadanía, por mucho menos si se vive condiciones de carestía, mientras no se reconozca el valor que en ello juega la estabilidad emocional y mental. El punto es que comprender las implicaciones prácticas de nuestras emociones y el modo como un manejo ineficiente de las mismas puede tener consecuencias significativas sobre las perspectivas de desarrollo personal y social, debe poder ser fuente potencial de cambios en los más diversos ámbitos de la vida. Luego entonces, haríamos bien en no juzgar con severidad a quienes peor lo pasan, y mucho menos en no tomarnos tan a la ligera nuestra responsabilidad pública sobre cuestiones tan cruciales como el sano funcionamiento de la mente y la estabilidad emocional, máxime si se trata de alentar un aprendizaje personal y simultáneamente colectivo que realmente logre dotar a las nuevas generaciones de las habilidades y/o competencias necesarias para un auténtico desarrollo integral personal y colectivo. Porque será eso, o no superar nunca las condiciones de subdesarrollo en el que millones de personas viven permanentemente.


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