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Ágora: Llegar al poder, no es lo mismo que ejercerlo

  • hace 2 minutos
  • 5 Min. de lectura

Llegar al poder, no es lo mismo que ejercerlo.

 

Por Mtro. Emanuel del Toro.

 

He dedicado la mayor parte de mi vida en términos de análisis político, a explorar y/o estudiar las implicaciones entre la diferencia que hay entre el acceso y el ejercicio del poder. La cuestión de fondo en ese tema, se relaciona con que la existencia de una democracia, implica necesariamente establecer las condiciones de acceso al poder, pero también a un mismo tiempo, las múltiples incidencias que condicionan el afianzamiento o el ejercicio de autoridad.

 

Lo digo así, porque dadas las actuales condiciones del país, –condiciones por demás complicadas, tanto por la pobreza de los resultados conseguidos, como por el exceso de violencia y la alta polarización política–, si acaso aspiramos a mejorar todo lo que hasta este punto se ha intentado, es imperativo comenzar a recocer lo más que evidente, como incómodo: ganar elecciones de forma por demás eficiente, –ya lo mismo porque se gana de forma muy holgada, que porque la propia oposición apenas si ofrece resistencia–, dice nada o muy poco. de cómo es que las cosas se irán a desenvolver una vez que se está a cargo de la autoridad estatal.

 

Un tema harto complejo, que a grandes rasgos, ocurre en la región, tanto por una atroz herencia de desigualdad, lo mismo que porque las de América Latina, son sociedades en las que históricamente, siempre ha habido una alta prevalencia de la informalidad, la cual trastoca todo, por mucho más las cuestiones que tienen que ver con el ejercicio del poder, impidiendo y/o entorpeciendo la formación de consensos que resulten productivos para la mayoría. Para el caso, una cosa está más que clara: Transformar pacíficamente el país, exige ganar elecciones, sin embargo, ganar o llegar al poder, es apenas la mitad de la cuestión.

 

Una vez que se llega al poder, con cierta frecuencia la propia inercia electoral que define el acceso al poder, termina condicionando severamente las propias condiciones para profundizar el cambio pretendido. Lo que no debe sorprender a nadie, porque el ejercicio del poder desgasta, o lo que es lo mismo, a quien gobierna, todo lo termina alcanzando. Porque salvo raras excepciones, la de estar en el poder, termina siendo, –cuando no se sabe qué hacer con la propia autoridad–, la posición más incierta y/o criticable. Para decirlo en corto, a veces lo que funciona para llegar, no funciona de forma tan tersa para generar los consensos correspondientes una vez que se está en funciones, ni se diga si la cuestión de fondo relaciona a un mismo tiempo política y economía.   

 

 No es para nada una encomienda sencilla, cuadrar a un mismo semejante binomio, deja tras de sí muchas diferencias y/o conatos de tensión, tanto al interior de Morena misma, como de cara al resto de la sociedad. Terminar de cuadrar política y economía, resulta una cuestión crucial para asegurar el afianzamiento de la llamada 4T. Sin embargo, pese a la centralidad de la cuestión, el gobierno federal de turno, sigue sin hallar el equilibrio que mejor rendimiento produzca.

 

Ninguna cuestión ilustra más claramente esta tensión, que la creciente polarización que hoy caracteriza nuestra política. Polarización que huelga decir, se ha dado como resultado de una estrategia de confrontación –de ricos contra pobres,  o como este gobierno los llama, pobres contra conservadores, ha sido mañosa y deliberamente alentada desde Palacio Nacional, porque  saben que tal estrategia conjuga altas posibilidades de traducirse en resultados electorales contundentes, porque claro, por simple aritmética, en una sociedad tan estructuralmente desigual como la de México, hay más pobres que ricos, que como dijera alguna vez el propio López Obrador en un exceso de cinismo, con los pobres se va la segura para ganar, supuestamente por razones de simple estrategia política.

 

La lógica que subyace es tan simple, como atroz, pero resulta numéricamente muy efectiva; al votar, los votos de quienes menos tienen valen lo mismo que el de aquellos con mejores perspectivas de vida, pero como claramente hay más gente que lo pasa mal, que gente con la vida resuelta, el triunfo no se hace esperar. Por eso y no otra razón, es que como dijera alguna vez el propio AMLO, apostando por los pobres, se “va a la segura”; es pues, una estrategia que garantiza el triunfo sí o sí. Para el caso, con un gobierno que insiste en alimentar una narrativa pública de confrontación, que culpa a quienes más tienen de los malos que padecen quienes peor lo pasan, se podrá ganar elecciones, e incluso hacerlo de modo holgado.

 

Que sí, que la estrategia funciona, ni hablar. Pero carajo, ¡a qué costo! Porque su eficiencia como tal, se encuentra condicionada, cuando menos hasta que esas mismas mayorías empobrecidas comienzan a cambiar su propio pensar, y/o directamente a culpar al gobierno por el que votaron, por su incapacidad para cumplir todo lo que alguna vez prometió. Desde luego, no habrá de faltar quien diga que me estoy adelantando demasiado, que por mucho que el tema despierte preocupación y/o resquemor entre los más diversos sectores, eso no ha ocurrido aún en México, e incluso que se antoja poco probable, sólo porque ahora mismo el gobierno federal goza de una legitimidad excepcionalmente alta.

 

Sin embargo, no veo por qué ser tan excesivamente optimistas al respecto, cual si se invocara una pretendida excepcionalidad de la política mexicana.  Y menos, cuando justamente eso es lo que ha terminado ocurriendo en otros países de América Latina que siguieron el mismo derrotero que actualmente sigue este país. La cuestión es que ocurre hoy en día en México, en los países de la región que optaron por tal proceder, se insistió tanto en la estrategia de confrontación y/o polarización, hasta el punto de que esa misma narrativa dejó de ser útil, por la falta de resultados de fondo, como por la incapacidad de generar los acuerdos necesarios para que la conformación de gobiernos electorales robustos y altamente legitimados en las urnas, se vea consecuentado por gobiernos que si ejerzan eficientemente el peso de su autoridad pública.     

 

En ese sentido, es difícil no concluir que la 4T debería dejar en claro, cuál es o no su prioridad estratégica, hoy la misma oscila entre la búsqueda por asegurar su predominio electoral, o la cada vez más lejana y/o distorsionada consigna de no traicionar los principios, o la congruencia discursiva, y seguir en cambio apostando por replicar aquel axioma que tanto éxito electoral le redituó en 2018, generando consensos en torno a la idea de que, “por el bien de todos, primero los pobres”. Un principio que aunque moralmente deseable para la mayoría, razón por la cual goza de suma legitimidad social, dice nada o muy poco, de cómo es que se piensa que todas las políticas asistencialistas que se han derivado a partir de este principio, se pueden pagar. Porque ganar elecciones, no es lo mismo que aprender a gobernar, y mucho menos hacerlo con responsabilidad y eficiencia.  

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