Ágora: Alianzas y reacomodos. O el estilo personal de gobernar cuenta
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Alianzas y reacomodos. O el estilo personal de gobernar cuenta
Por: Mtro. Emanuel del Toro.
Tras el rechazo al plan A de Claudia Sheinbaum respecto a la reforma policía, así como la posterior negativa del PT a la aprobación de un rasurado plan B, –que pretendía poner a la presidente en la boleta las próximas elecciones intermedias–, la coyuntura obliga necesariamente a preguntarse: cómo habrá de quedar en lo sucesivo la relación con el gobierno; para ello es preciso responder antes otra cuestión crucial: a qué obedece la disputa con el PT; qué es lo que el PT se propone tensionando la naturaleza de su relación.
Para nadie es un secreto, que históricamente ese “partido político”, –si es que cabe llamársele partido–, carente de base social real, no ha servido para otra cosa, que ser una comparsa o bisagra del gobierno en turno, ideado llana y exclusivamente, para cubrir las formas, y apoyar cualquier iniciativa del Ejecutivo federal, facilitando la consolidación de un régimen de partido hegemónico, en el que la oposición –de haberla–, cumple una función meramente ornamental.
Para decirlo claramente, su papel estuvo reducido siempre, –lo mismo con el PRI, como es ahora con Morena–, a ser un partido a medida de las necesidades del gobierno. Hecho para asegurar que se aprobaran las iniciativas que mejor convinieran al régimen. De ahí lo atípico de la coyuntura, que además de constituir una afrenta a todos los referentes conocidos, adquiere un matiz propiamente personal, máxime si se considera que la afrenta a la autoridad política del Ejecutivo, compromete y/o debilita innecesariamente su posición.
Que claro, lo de menos será argumentar, –un tanto por candor, lo mismo que por despiste, cuando no por cinismo–, que la posición del PT, ha sido el resultado obvio en cualquier democracia, en que la vida interior de un partido político, trae como consecuencia el posicionamiento de decisiones controvertidas y/o que en no pocas ocasiones, ponen en entredicho la naturaleza de las relaciones con el poder central, cuando es por demás claro, que tal partido está muy lejos de haberse constituido como un referente histórico de la democracia en México.
Por motivos sobre los que, –a reserva de mayores elementos probatorios, de momento sólo cabe especular–, la presidente ha pretendido sin éxito, aparecer en la boleta, antes de lo que su propio predecesor en su momento convino. Lo menos a decir al respecto, es que ha faltado oficio político, para trabajar en las razones para un ajuste como el que la presidente pretendía.
De hecho, no es la primera vez que utilizo el presente espacio, para indicar lo más que evidente; más allá de las razones de austeridad formalmente argüidas por el Ejecutivo federal, la intentona de aparecer en la boleta, es un esfuerzo para utilizar la figura de la presidente, para transferir parte de su capital político, a los candidatos de Morena, lo mismo al Congreso, que a las 17 gubernaturas en disputa. Lo que a decir de no pocos analistas, se ha vuelto utilitariamente necesario, como resultado del desgaste que el propio Morena ha vivido en la última década, al constituirse como el principal actor de la arena política.
La cuestión es que ante su desgaste en el ejercicio del poder, el riesgo que conlleva para la composición del próximo Poder Legislativo, empuja necesariamente hacia un escenario, en el que las tensiones no son sólo de cara a la oposición misma, sino que incluyen la naturaleza y/o el peso que cada partido de la coalición gobernante juega. Está fuera de toda duda que Sheinbaum, busca fortalecer a Morena, no sólo de cara a la oposición, –algo que como quiera, ya tiene asegurado, como no sea que las propias tensiones al interior de la coalición gobernante sigan escalando–. Esa era de hecho, la tesis que postulé semanas atrás, como expuse que la coyuntura ofrecía al gobierno la posibilidad de medir sus propias fuerzas al interior de la coalición, para utilizar el escenario como un pasar de lista, con el propósito de saber, con quién realmente se cuenta.
Todo ello en su conjunto, ha consolidado la posición del PT, como lo que toda la vida ha sido: un partido mercenario, con clara vocación de extorsionar, o hacer valer su posición por poder y/o presupuesto, porque de principios, mejor ni hablamos. Con ese partido y otros de su misma calaña, como por ejemplo el propio PVEM, los principios son lo de menos, todo es negociable si les conviene. Que si, que no habrán de faltar los que me digan con más que justa razón, que del PT no cabía esperar otra cosa. Que vamos, al margen de que el PT, no está más que jugando a lo que toda la vida jugó, es decir, al más llano y ramplón oportunismo, para ver hasta dónde le alcanza o no.
Ahora que bien, mientras en México nos debatimos respecto a los arreglos institucionales correspondientes, y/o frente a sus implicaciones simbólicas para con las elecciones en puerta, la gran realidad es que, –se lo diga o no–, resulta preocupante constatar como de a poco, el país comienza a ser percibido como no democrático. Y no me malentiendan, al margen de todas las implicaciones metodológicas, incluso geopolíticas, que se quieran discutir respecto a la idoneidad y/o a la legitimidad de los modos en los que un país es o no tenido por democrático, no se puede pretender desconocer lo más elemental, con frecuencia, en política la forma es contenido, o lo que es lo mismo, las percepciones cuentan, y mucho.
Porque igual que ocurre en la vida personal, en política como en la vida, como te ven te tratan; y la idea de que de a poco, el país comience a ser percibido en el extranjero, como “no democrático”, no le hace ningún a favor a nadie. Si se trata de decir las cosas como en realidad son: una cosa es inundar el espacio público nacional con propaganda, para tendenciar la opinión pública nacional con una narrativa deformada que pretende desconocer la legitimidad de cualquier interlocutor que cuestiona, –no la legitimidad social del régimen, sino sus formas por demás arcaicas, como autoritarias–, y otra muy diferente, es pretender tapar el sol con un dedo, creyendo que afuera del país habrán de existir razones para secundar un discurso oficial que no tiene ningún asidero en la realidad.
Que vamos, la cosa no debería tomarse tan a la ligera. Porque así es como se va desgastando la imagen internacional del país, hasta que el mismo deja de resultar un lugar atractivo a la inversión. Insisto, en política como en la vida, las percepciones cuentan, y mucho. No es posible seguir haciendo prevalecer una visión de lo político tan decididamente imprudencial y/o poco juiciosa, no al menos sin terminar pagando tarde que temprano las consecuencias.
Cuáles son o no los motivos por los que el propio PT ha decido rechazar la propuesta de la presidente, son un tanto discutibles, de acuerdo. Ya sea que se asumiera como un intento por fortalecer a Morena en detrimento de sus aliados, lo mismo que si interpretara como un simple exabrupto que más delante se terminará por resolver en una interminable letanía de planes alternativos con los que maquillar la realidad. Es claro que el PT ha encontrado la cuestión tan amenazante, que ha preferido correr el riesgo de oponerse al poder a cuya sombra ha prosperado.
Para el caso, quien está pagando los platos rotos, sigue siendo la propia Sheinbaum, que sigue luciendo rebasada por las circunstancias y/o incapaz de hacerse valer, o mostrar la independencia para consolidar su posición en el tablero político. Nos guste o no, es un hecho que al igual que solía ocurrir el viejo régimen autoritario priista, en tiempos de la llamada 4T, el estilo personal de gobernar sigue resultando una cuestión definitoria.
La presidencia imperial priista, está hoy más viva que nunca, es un hecho que nuestra democracia tiene ya sus horas contadas, si no es que ha quedado ya sin efecto, y ni cuenta nos dimos. Una presidencia imperial en la que el titular del Ejecutivo titubea, o no se hace sentir con todo el peso de su autoridad, constituye también, un régimen político a merced de cualquier actor capaz de hacer prevalecer sus intereses, así sea que lo tenga que hacer fuera de los cauces institucionales. Que vamos, me parece que estamos jugando un equilibrio sumamente peligroso, en donde estamos incubando, sin razones reales para hacerlo, las condiciones necesarias para un quiebre democrático















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