Ágora: Vida pública en México. Una crítica dolorosa, pero necesaria
- hace 4 días
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Por :Mtro. Emanuel del Toro.
Vaya ironía, decir: no tengo tiempo de nada; para terminar haciendo de todo, menos cualquier otra cosa que tenga mayor provecho para nuestra propia vida, que lo que se hace cuando perdemos tiempo: procrastinar, o no hacer absolutamente nada. Pero eso sí, hacerlo de tal modo, que pareciera que se hace algo, y además de importancia. Decir que nos duele el hambre y/o cualquier guerra del otro lado del mundo, e ignorar la que ocurre a la vuelta de la esquina. Declarar lo mucho que disfrutamos nuestra vida, y estar sin embargo, más pendientes de lo que otros hacen, que de lo que nos queda por resolver para con nosotros mismos.
Querer que las cosas sean diferentes, y hacer sin embargo, toda la vida lo mismo que hemos hecho siempre, e incluso dolernos de no conseguir algo distinto. Creer que somos mucho más que cualquier otro, y no tomarnos en serio lo que somos capaces de hacer. Quejarnos de lo mucho que nos disgusta el egoísmo y/o el cortoplacismo o el oportunismo de terceros, y ser en cambio, incapaces de compartir lo que tenemos; porque compartir, lo que dice compartir, no es simplemente dar lo que nos sobra, sino quienes somos, desde lo que hacemos y/o realizamos en nuestra vida diaria. Que lo que genuinamente hace la diferencia, es Ser-Hacer. Pensar que merecemos todo, y no estar dispuestos siquiera, a dar lo mínimo a cambio. Renegar por las arbitrariedades que nos perjudican, pero no decir nada, e incluso celebrar las que parecen beneficiarnos.
Decir: yo te ayudo; y no ser después, capaces de sostener lo que decimos. Admirar a los que triunfan, pero no tener el coraje de hacerlo por cuenta propia, y encima buscarle razones ajenas al tema, cual si no hubiera el más mínimo margen de maniobra, como si es que vivir fuera un destino manifiesto de infortunio y desventura. Envidiar lo que otros consiguen, y no saber reconocer o asumir, aquello de lo que rara vez se habla, –y menos si se trata de hacerlo públicamente–, porque detrás de todo triunfo, hay una labor de entrega y/o sacrificio titánicos, que han costado mucho más de lo que somos capaces de ver en ese momento.
Decir que creemos en el esfuerzo y/o el mérito propio, o el esfuerzo personal, sólo para descubrir que la más de las veces, se quiere todo de un sólo golpe. Declarar que ganar no lo es todo, pero denostar a los que no lo consiguen, como si esto fuera otorgarnos el inmerecido triunfo personal que anhelamos. Complacernos del gozo inmediato y efímero, pero quejarnos desconsoladamente de lo poco que se nos valora personalmente. Querer plantarnos en dos y medio, para decir que nos preocupan los problemas ajenos, pero no ser siquiera, capaces de identificar y resolver los nuestros. Cuando pienso en todas estas cosas y más, me pregunto: ¿A todo esto cómo se le dice? ¿Por qué será que habiendo tantas soluciones por llevar a cabo, como problemas por reconocer, no hacemos ni lo uno ni lo otro?
Miedo, mucho miedo, coraje, frustración e impotencia, es lo que todas estas cosas me dan, y si el simple hecho de hablarlas puede hacernos sentir tan mal, no quiero ni imaginar lo que el efecto de todos estos males genera en nuestro diario vivir. Lo triste es que en vez de encararlos, todos los hemos cultivado más de una vez, a veces por inercia, a veces incluso sin darnos cuenta, que incluso estoy seguro, que el primero en decir: no, yo no; es quien más veces ha incurrido en estas y muchas otras faltas más. Hay tanto que me preocupa, y de lo que nadie habla en lo absoluto, –porque hay temas que resultan tan indigestos, que no tienen siquiera, forma de ser dichos, no al menos, sin levantar reacciones entre propios y extraños, como si fuera que nunca se terminaran las razones, lo mismo para sorprenderse, que para horrorizarse–, cosa muy rara, si caigo en la cuenta de que soy Politólogo y Psicólogo, pero además, Escritor crónico de temas sociales.
Mas no hablo ya de delincuencia organizada, narcotráfico y la creciente ola de inseguridad que esto ha desatado, o de las implicaciones estructurales de las reformas judicial, fiscal o electoral, tampoco de la comprometida posición económica de nuestro país a nivel internacional, o de las muy escasas perspectivas que el país tiene a mediano plazo. Y no, no lo hago, porque todos esos temas hayan dejado de importar. Porque si se trata de decir las cosas como en realidad son, temas del estilo van a importar mucho, siempre. Sin embargo, es muy poco lo que habremos de conseguir, como pretendamos que tales temas importen, pero sin considerar interlocutores válidos, a aquellos que no piensan como nosotros.
Para terminar pronto, en cuestión de lo que la vida pública significa, si algo importa, importa a ambos lados del espectro ideológico, e independientemente de la posición que con la que personalmente se coincida. Lo que no quita de decir que prácticamente todos esos cambios legales anteriormente mencionados, confluyen en lo mismo: más concentración del poder en muy pocas manos; o más claro todavía: todo el poder del Estado, en manos de un solo partido político. Como si no fuera suficiente con lo que se padeció todo el siglo XX. Se ve que somos necios, nos gusta repetir varias veces una misma tragedia.
Porque mucho antes de atreverme siquiera a pensar respecto a lo muy mal que vivimos en términos generales, existen tantas otras cosas que condicionan la vida de cualquiera en lo más inmediato y que sin embargo, rara vez son motivo de discusión. Tantos temas de los que muy poco se habla, y sin embargo tanto que se les sufre y/o padece, miserias todas relativas a exclusión, odio, iniquidad, incertidumbre y mentira, falencias de egoísmo y soberbia. Negación de la justicia o su coaptación por intereses privados y/o particularistas, y un sin fín de omisiones y despropósitos, alimentados todos, por la falsa expectativa de poder ir en solitario por la libre, sin tener por ello consecuencias para todos.
¿La razón? Una mezcla de falsas impresiones, entre lo evidente que parece todo lo que a diario vivimos y la reduccionista perspectiva individual de mercado, tan socorrida en la actualidad; desde la cual, lo que ocurre en lo personal, no interesa absolutamente a nadie, a no ser que el tema tenga efectos materiales inmediatos sobre la acomodaticia regularidad de lo que mejor hacemos; anestesiarnos con cualquier tipo de distractores, lo mismo da si se trata de una moda, un programa de televisión, el último chisme de farándula, la novela del momento, o la más reciente crisis de política internacional, con todo y protestas incluidas. Necios los activistas y disidentes que hoy paran el tráfico vehicular y prometen hacerme llegar tarde a casa. Exasperantes los manifestantes que gritan fuera de Palacio de Gobierno cualquier cosa, dan pena ajena por la mala imagen que dejan de nuestra ciudad entre propios y extraños.
Si tienen hambre, que coman pasteles… –diría una reina hace siglos. Si tienen hambre, que coman hamburguesas… –dicen hoy. Si las calles son un asco y no se puede ni pasar por ellas, que no las usen, y si es muy necesario, para eso venden camionetas 4x4 ¿No? Ideas del estilo, por frívolas y/o groseras que resulten, son moneda común entre sectores clasemedieros y/o acomodados de la localidad. Pero no para ahí la cosa, antes bien, por el contrario, otro tanto ocurre entre los desposeídos y los que protestan: el problema es de los ricos y poderosos, de los diputados y gobernantes, vivimos mal porque son todos, una bola de rateros; ¡Cuidado con la reforma energética! Lo que quieren es vender el patrimonio nacional al gran capital; En vez de estar pendejeando, deberían de preocuparse por la gente. Y me da por pensar: si la gente –sea rica o pobre–, no se preocupa por la propia gente, a qué tipo de razones puede apelarse en ambas posiciones.
Al punto que voy, es que se ocupe la posición que se ocupe, cualquiera tiene siempre algo que decir, sin embargo, todo lo que decimos querer, no es ni remotamente parecido a lo que genuinamente podríamos y de hecho deberíamos estar dispuestos hacer, si en efecto deseamos que las cosas de las que siempre nos quejamos, comiencen de una vez por todas a cambiar. Pero el tema, no es ni de lejos, tan sencillo de afrontar. Porque resolver, lo que se dice resolver, y no sólo sostener las cosas de modo provisional, exige como primera condición, que nos dejemos de prejuicios, y nos decidamos a trascender ese exiguo y muy deteriorado orden de relaciones, que algunos pomposamente llaman la ‘vida moderna’, e ir más allá de la lógica arribista del cortoplacismo y la comodidad.
Que vivir perenemente bajo la ley del mínimo esfuerzo, termina pagando siempre muy mal, por mucho que en un inicio parezca la más eficiente y/o ventajosa de las posibilidades. Porque bajo este modo de encarar la vida, la más de las veces, a lo único que se llega, es a un escenario colectivo fragmentario y/o segmentado, por no decir que mutuamente excluyente o atomizado. En el que por regla general, son escasas, –por no decir que nulas–, las decisiones que en provecho de todos se toman. A lo más que se puede aspirar en un mundo donde buena parte de lo que sucede se sobre entiende, por lo obvio que parece, tanto como porque lo personal es cosa, –a la vez de todos y de nadie–, es a creer que los problemas que a diario inundan la primera plana de los diarios, se encuentran totalmente desligados de las preocupaciones cotidianas de cualquiera.
En tales condiciones, la lección es por demás clara, como incómoda, pero a un mismo tiempo, muy reveladora del por qué es que todo, es como es: pensar nada más en uno mismo, y encima dar las cosas por descontado, en vez de constatar o corroborar, paga siempre muy mal. La vida pública que verdaderamente se precie de serlo, exige sí o sí, atrevernos a superar posicionamientos sesgados y/o excluyentes, en los que cada cual vea sólo por lo que directamente se relaciona con lo que le preocupa. De ese modo, no llegamos ni a la esquina. Urge, pues, salir del perenne entrampamiento por alentar antagonismos estériles que, en vez de hacernos coincidir, nos mantienen divididos. Porque mientras sigamos apostando por la parcela individual y el silencio ante lo común, la 'vida pública' en México seguirá siendo una puesta en escena de nuestras propias carencias.
El país no es un ente abstracto que se rompe por culpa de 'otros'; es el reflejo exacto de lo que estamos dispuestos a tolerar en nosotros mismos. Si no somos capaces de transitar del narcisismo de la queja a la ética del compromiso, no habrá reforma presente o futura, ni caudillo o partido, ni alternativa alguna que nos salve de nuestra propia desidia y/o falta de compromiso. La tarea es tan dolorosa como urgente: dejar de ser habitantes de una tragedia para convertirnos, de una vez por todas, en ciudadanos de nuestra propia historia. O despertamos al 'Ser-Hacer' de una ciudadanía informada, consciente y sensible, pero a un mismo tiempo, responsable, decidida y organizada, que no teme al costo político de movilizarse, o nos hundimos en el eco de nuestro propio reproche. No perdamos más tiempo.















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