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Tecnología y cambio social – PARTE III

  • Foto del escritor: Emanuel del Toro
    Emanuel del Toro
  • hace 2 horas
  • 5 Min. de lectura

Tecnología y cambio social. Una reflexión en torno a las diferencias entre el mundo actual y el mundo de hace treinta años. – PARTE III. 

 

Por: Mtro. Emanuel del Toro.

 

Es por demás claro que en los últimos treinta años hemos pasado, por decirlo de algún modo, de la añoranza por el beneficio potencial de una sociedad transparente y del libre acceso a la información, a una sociedad poco crítica y acomodaticia, en la que la norma es el exceso de datos y los vicios resultantes alrededor de su manejo, acompañados de una falta de responsabilidad personal por corroborar la calidad de aquello que consumimos. Lo que para sorpresa de nadie ha demostrado que el aumento exponencial de fuentes y recursos informativos no necesariamente repercute para bien.

 

Antes por el contrario, cuanto más y mejor interconectados estamos, más fácilmente replicamos nuestros rasgos sociales más oscuros, tales como la pereza, la manipulación y el oportunismo, al tiempo que por el alcance técnico y operativo de la informática, las repercusiones se magnifican, incidiendo sobre la vida no ya de unos cuantos, sino de miles, incluso millones. Lo que tenemos actualmente es una sociedad muy acostumbrada a la tecnología y a la integración social que sus capacidades potenciales ofrecen, pero también una sociedad en la que el acceso a la información se ha vuelto exceso, aumentando con ello las posibilidades de terminar extraviados o manipulados, y lo que es peor, sin que nos demos cuenta de tal manipulación.

 

Uno de los efectos más fuertes que el uso excesivo de las nuevas tecnologías está teniendo sobre nuestras vidas se encuentra no sólo ligado a sus consecuencias sociales, sino fundamentalmente a nuestros procesos cognitivos. El internet y la telefonía digital han alterado nuestros patrones habituales de pensamiento, asemejándolos cada vez más a los procesos internos de los ordenadores: capaces de procesar grandes volúmenes de información, pero con escasa profundidad en el análisis. La lectura pausada, la reflexión crítica y la capacidad de concentración se ven desplazadas por la inmediatez de los mensajes cortos y la constante multitarea.

 

Es difícil ignorar lo más evidente: los seres humanos no estamos hechos para estar todo el día híperconectados. Sin embargo, el mundo que hemos permitido desde que nuestras vidas se digitalizaron en extremo, si bien nos ha vuelto más prácticos y eficientes en cuestiones operativas, también nos ha sumido en una inercia vivencial que no da respiro en términos de conectividad e interacción social. Vivir conectados a redes 24/7 puede resultar útil para sacar adelante el trabajo diario, pero no es humanamente sostenible si lo que buscamos es llenar nuestra vida de significado. La calidad de los vínculos que se desarrollan en tales condiciones difícilmente justifica su existencia o profundidad.

 

Surge entonces la pregunta: ¿qué hacer para romper estas inercias? ¿Es siquiera posible un cambio? No existen caminos únicos ni aplicables a todo contexto, pero sí es claro que se gana poco pretendiendo darle la espalda a la realidad. Las nuevas tecnologías no sólo llegaron para quedarse, sino que se han convertido en un estándar cotidiano y parte de una “nueva normalidad”. Cada crisis social, cada guerra, cada desastre natural o emergencia ha servido como catalizador para profundizar y democratizar su uso.

 

Sin embargo, esta democratización no está exenta de complejidades: no todos pueden renovar sus dispositivos con la misma rapidez, ni cuentan con la misma pericia para utilizarlos. Factores como la edad, el nivel de escolaridad y los recursos materiales condicionan la manera en que cada individuo se relaciona con la tecnología, generando una brecha digital que se amplía con el tiempo.

 

Es justo reconocer que en estos treinta años hemos ganado en acceso y en la regularidad con la que la información circula. La democratización ha tenido efectos positivos, tanto en la facilidad con la que nos comunicamos como en la manera en que podemos acceder a datos antes reservados a unos pocos. El juego político se ha equilibrado en muchos lugares y se ha convertido en un reto para el poder allí donde no existen libertades. Pero también ha desencadenado nuevos problemas para los que aún no tenemos respuestas claras. La pluralidad de voces es positiva, pero exige un esfuerzo mayor de discernimiento y responsabilidad personal.

 

Desde luego que beneficios ha habido, y muchos. Basta pensar en cómo se ha revolucionado nuestra manera de comunicarnos, en la libertad que ofrece resolver problemas cotidianos sin importar el lugar o la hora, con apenas un par de clics. La pandemia de 2020 lo ilustró con claridad: millones de personas pudieron continuar con sus estudios, trabajos y relaciones gracias a las plataformas digitales. Pero no todos vivieron esa coyuntura en las mismas condiciones. Fue el mismo mar de problemas, pero no todos iban en el mismo barco ni con la misma comodidad para sortear la tempestad. Algunos navegaron con holgura, otros apenas pudieron mantenerse a flote.

 

La tecnología no es en sí misma un problema. Usada con buen juicio y/o criterio, la tecnología informática y/o de redes, puede y debe ser integrada en nuestras vidas. El reto de los próximos años, será aprender a equilibrar la eficiencia operativa con la profundidad humana; la inmediatez y/o las presiones sociales, con la reflexión; la conectividad con el silencio necesario para pensar y sentir. En una palabra: Juicio y/o discernimiento. Más que preguntarnos si podemos prescindir de ella, deberíamos cuestionarnos cómo podemos usarla mejor, para fortalecer nuestra capacidad crítica, enriquecer nuestros vínculos y dar sentido a nuestra existencia. El futuro no está escrito: depende en todo caso, de la responsabilidad personal  con la que cada uno decida navegar este océano de información, reconociendo que la verdadera transformación no vendrá de la tecnología en sí, sino de la manera en que logremos darle un sentido humano y ético a su uso.

 

En este sentido, algunas vías de opción se vuelven imprescindibles para mejorar nuestras perspectivas a futuro. Una de ellas es la educación digital crítica, que no se limite a enseñar el uso técnico de las herramientas, sino que forme ciudadanos capaces de discernir la calidad de la información y de cuestionar los discursos que consumen. Otra es la regulación ética y social de las plataformas, que permita equilibrar la libertad de expresión con la responsabilidad en la difusión de contenidos, evitando que la manipulación y la desinformación se conviertan en norma.

 

También resulta fundamental fomentar una cultura del tiempo desconectado, en la que se valore el silencio, la pausa y la interacción humana cara a cara como espacios de resistencia frente a la híperconectividad. Finalmente, es necesario impulsar la equidad en el acceso tecnológico, garantizando que las brechas materiales y educativas no condenen a millones a quedar fuera de los beneficios de la era digital. Sólo mediante estas opciones —educación crítica, regulación ética, cultura del equilibrio y equidad en el acceso— podremos aspirar a que la tecnología deje de ser un mar tempestuoso en el que cada cual navega como puede, y se convierta en una herramienta que, usada con responsabilidad, nos acerque a una sociedad más justa, más reflexiva y más humana.

 


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