Mucho gusto El SAT y otros demonios
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Mucho gusto
El SAT y otros demonios
Por: Alberto Llanes
En Colima, donde el calor aprieta y la quincena se evapora más rápido que una gota al mediodía, hay decisiones que uno toma por necesidad, no por ambición. Trabajar más, por ejemplo. Suena lógico. Incluso digno. Pero a veces, en este país, la lógica termina siendo un lujo.
Esta es la historia de cualquier mexicano. Hablo de México porque es donde vivo y es donde pago mis impuestos. Un empleo fijo, horario cumplido, ingresos apenas suficientes. Lo necesario para ir sorteando: la renta, la despensa, los servicios que nunca bajan, sólo se acomodan para seguir subiendo. Como la gasolina y si no hay dinero para poner de la roja, hay que cambiar a la verde, así lo dijo lo presidenta. En otra intervención de la presidenta, donde se ríe burlonamente por el aumento de los precios en la canasta básica, su solución es mandar al secretario de Hacienda a darse una vuelta al mercado para que vea los precios y no vaya a salir, quizá, con la tremenda frase del peñanietismo #NoSoyLaSeñoraDeLaCasa, de lujo nuestra clase política por donde quiera que se le mire. Sin embargo, cuando el dinero ya no alcanza, viene la vieja receta: buscar otra entrada.
Otro turno. Otro jefe. Otro trabajo. Más horas. Otras responsabilidades. Otros compañeros/as de trabajo. Otras actividades, en fin. Uno cree que esta es la solución, pero… el cuerpo lo resiente primero: el sueño recortado, el café convertido en rutina, la espalda dando avisos. La vida empieza a medirse en pendientes y en cansancio. Pero también hay pequeñas victorias: la despensa completa, el gusto sencillo que ya no se niega, la tranquilidad —aunque sea momentánea— de no tener que decir “luego”. Y menos a las personitas que dependen de uno y que no saben, no tienen idea, de lo que es el gasto diario. Ellos/as, creen que el cajero siempre nos dará dinero, porque, cierto, cada vez que vamos al cajero, éste nos da dinero. Tan fácil…
Todo, además, dentro de la formalidad. Recibos timbrados, impuestos retenidos, la idea —casi ingenua— de que hacer las cosas bien debería traer alguna recompensa. Hasta que llega abril, mes de la declaración anual ante el SAT, y hay que hacer el trámite que muchos enfrentan con desgano y otros con un dejo de esperanza. Tal vez toque saldo a favor, se piensa. Tal vez algo regrese.
Pero no siempre sucede así. Quienes tienen un solo patrón podrían gozar del famoso saldo a favor de unos cuantos pesos, regreso que podría verse reflejado en unos días, unas semanas o quizá hasta unos meses si es que no hay ciertos requerimientos que hay que atender; quienes tienen dos patrones…
A veces, lo que les aparece en pantalla es otra cosa: un saldo en contra. Una cantidad que no estaba contemplada, que no se entiende, que no cuadra con la sensación de haber hecho todo correctamente. Y entonces viene la pregunta inevitable: ¿cómo es posible deber, si ya se pagó? Si con el más mínimo gasto que hacemos, una parte de ese cobro es un impuesto bien puesto. Qué absurdo.
La respuesta, cuando llega, no consuela. El sistema no distingue entre esfuerzos separados. Suma. Acumula. Reclasifica. Y en ese ejercicio frío, el ingreso cambia de tamaño y también de trato. Lo que parecía un intento por salir adelante, se convierte en un salto a otra categoría. Y con ello, en una carga mayor.
El problema no es sólo técnico; es casi filosófico. Porque el mensaje que se filtra entre líneas es inquietante: esforzarse más, dentro de la legalidad, puede salir más caro de lo esperado. No en términos de tiempo o desgaste —eso ya se sabe—, sino en algo más concreto: dinero que no se tiene, pero que hay que pagar a final de cuentas.
Mientras tanto, afuera de ese marco, la realidad sigue su curso. Hay quien opta por esquivar, por simplificar, por moverse en zonas donde la formalidad no alcanza. No porque sea lo correcto, sino porque a veces parece lo único viable.
Y ahí es donde la cosa se vuelve incómoda. Porque no se trata de estar en contra de pagar impuestos. Se trata de preguntarse si el sistema, tal como está, realmente acompaña a quien intenta hacer las cosas bien. O si, por el contrario, termina desalentando justo eso: el esfuerzo adicional, la disciplina, la voluntad de crecer por la vía legal.
En una ciudad como Colima, donde la vida transcurre entre la calma aparente y las preocupaciones de siempre, estas historias no son raras. No hacen ruido. No se vuelven tendencia. Pero existen, y se repiten año con año y con cada declaración ante el SAT.
Trabajar más debería ser una salida. No un riesgo. Pero a veces, entre números, tablas y trámites, uno termina descubriendo que el verdadero problema no es el cansancio… sino esos otros demonios que también pasan y cobran una factura muy muy cara.
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