Ágora: Teoría y realidad. Una relación igual de problemática
- Emanuel del Toro
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Teoría y realidad. Una relación igual de problemática.
Por Emanuel del Toro.
La semana pasada dediqué la presente columna, a abordar la cuestión de cómo es que la incomprensión sobre nuestro pasado, tiene efectos importantes sobre el entendimiento del presente mismo. Porque la historia cumple la más de las veces, una función ideológica, cuyo cometido es generar las condiciones necesarias, para darle cohesión e identidad a la existencia de un Estado. Para el caso, la historia termina siendo escrita, por aquellos que la ganan, de tal suerte que quien impone su voluntad por la fuerza, impone también su derecho a contar el pasado según sus propios intereses y/o visión.
En ese sentido, expresé al respecto, que cuanto más se simplifica un proceso histórico, peor es la incomprensión que prevalece del mismo, así como el desconocimiento de la relación entre el pasado y la realidad social presente. Pero si la dimensión histórica puede llegar a ser conflictiva por sus implicaciones ideológicas, también es propicio decir que desconocer la conexión lógica que subyace entre un concepto teórico y su realidad operativa, resulta tanto o más contraproducente que desconocer y/o infravalorar la conexión que existe entre el pasado y el presente.
Mientras en el caso de la historia, su interpretación se encuentra de continuo, fuertemente condicionada por la posición política que se ha ocupado a lo largo de su propio recorrido, en el caso de la relación entre el tipo de ideal de una sociedad, y el régimen político que verdaderamente termina por hacerse efectivo, nos confronta al reconocimiento de que la realidad, –como solía razonar Platón desde la antigüedad–, siempre termina siendo un muy pobre reflejo de lo que el mundo de las ideas pre configura.
De ahí que no sea rara, la persistente desilusión que como sociedad nos caracteriza. Ya que de continuo somos capaces de observar, como es que lo que dice, frente a lo que se termina por hacer, siempre deja mucho que desear. Al punto de que la única manera de seguir defendiendo lo que se supone que se cree, es terminar desconociendo la pertenencia y/o la correspondencia del régimen político resultante, para con el tipo ideal que le dio vida o lo impulso, como es que ha terminado ocurriendo con el llamado, “socialismo realmente existente”, cada que su aplicación termina haciendo aguas.
Ahora bien, lo de “realmente existente”, es un ardid explicativo falaz, ideado para sostener la idea de que todas las imperfecciones del modelo socialista-comunista, –ahí donde se ha aplicado–, no son más que el indicativo mismo, de que el modelo nunca se ha terminado de aplicar como auténticamente corresponde. Razón por la cual, cualquier crítica que se haga a lo que la teoría indica y lo que verdaderamente se termina aplicando, se asume como un fallo, no del modelo como tal, sino de su aplicación operativa.
Lo que a su vez favorece una sensación de superioridad moral, para quienes buscan defenderle, toda vez que a diferencia de lo que ocurre con otros modelos, sus insuficiencias y contradicciones, no se asumen como indicativo de su inviabilidad, sino como resultado de que el modelo ideado, no se ha terminado de aplicar nunca. En ese sentido, lo de menos es decir que hablar de socialismo, sea este en su formal ideal o “realmente existente”, exige necesariamente hablar del que se considera su némesis, el llamado capitalismo.
Un tema por demás complejo, que me voy a permitir, –por razones de espacio para con esta columna–, simplificar en exceso, no sin antes advertir, que los procesos históricos que dan cuenta del surgimiento de ambas ideologías, son extraordinariamente largos e intrincados, pero deben mucho al surgimiento mismo de la modernidad. En ese sentido, la irrupción de la revolución francesa en 1789, significó a groso modo, el surgimiento del moderno Estado-Nación burgués, un constructo explicativo ideado entre otros motivos, para consolidar la desacralización del poder político. Porque la revolución francesa, fue ante todo, el advenimiento de la burguesía, no sólo como clase dominante económica, sino además como clase dominante en términos político ideológicos.
El desarrollo del siglo XIX, significó entre otras cosas, la disputa mundial de dos propuestas de pensamiento, cuyo cometido original, es constituirse como una respuesta al fracaso de las monarquías absolutistas europeas, para atender los problemas derivados del surgimiento del proletariado, como resultado de la llamada revolución industrial. La cuestión de fondo en ese sentido, es que el régimen que precedió al surgimiento de la revolución francesa, también llamado “Antiguo o Régimen”, era a toda regla, un régimen autocrático de corte teocrático; un régimen absolutista, estamental y de corte agrarista. Un régimen político en el que la base del poder político, es el llamado derecho divino, –tal y como sigue ocurriendo en otras regiones del mundo fuera del cuadrante noroccidental–, como por ejemplo el mundo árabe o islámico.
Así, mientras la propuesta surgida de la revolución francesa, fue democracia y libre mercado, –una argumentación explicativa con el individuo o ciudadano libre como fundamento moral y filosófico–, binomio que generalmente viene junto, aunque puede afianzarse por separado; el siglo XIX consignó la aparición del comunismo-socialismo, con una fundamentación explicativa en la que lo que cuenta, no es el individuo, sino el bienestar colectivo del pueblo. Pueblo que huelga decir, no precisa de mayores explicaciones. Pero la cosa no se detuvo en la disputa formal entre un orden individualista –liberalismo– y otro –socialista– orientado por el colectivismo, con el Estado como principal eje articulador.
De ahí que con el inicio del siglo XX, el mundo atestiguaría el surgimiento de los regímenes fascistas de tipo corporativista. Regímenes que no son otra cosa, que una suerte de socialismo nacionalista, surgido de una interpretación crítica frente a la democracia liberal. La cual a groso modo, se percibe como un régimen débil e incapaz de regir con estabilidad, y cuyas falencias derivaron en el surgimiento, tanto de la Primera Guerra Mundial, como de la Segunda Guerra Mundial. Cabría recordar en ese sentido, que mientras el liberalismo clásico, fue siempre un constructo de corte nacionalista, el socialismo, apostó regularmente por una estrategia con el globalismo como fundamento.
A los fascismos se les suele comúnmente identificar, sin serlo en lo formal, como regímenes de derecha, para explicitar su contraste diferenciado frente al socialismo de corte internacionalista. Régimen cuya hegemonía mundial, tuvo su epicentro en el orden resultante de la revolución rusa, la cual trajo como consecuencia el surgimiento de la Unión Soviética, y con ella, de la posterior Guerra Fría que vivimos hasta su desaparición en 1991. En ese sentido, el matiz de diferenciación entre ambos estilos de socialismo, es que en su versión más extrema, –la variante marxista–, el socialismo, –además de ser de tendencia internacionalista–, aspira a la abolición de las clases sociales.
En tanto que el fascismo, –esto es, el socialismo de corte nacionalista, que en Europa terminaría siendo tolerado, tanto por los empresarios, como por la propia Iglesia–, se conforma con la contención de la lucha de clases, por medio de un Estado corporativo, que a través de medidas redistributivas, atenué las contradicciones más problemáticas del liberalismo clásico. Todavía más claro, el fascismo es un régimen político que le permite a Occidente, probar los límites prácticos del socialismo, pero sin comprometer la independencia geopolítica de Europa respecto a la Unión Soviética.
En tanto que el liberalismo clásico economicista, es en el mejor de los casos, la respuesta imperfecta a tres dilemas; el derecho a la vida, el derecho a la libertad personal y el derecho a acumular riqueza, o propiedad privada. Mientras que para el caso estricto de la democracia, se trata de la respuesta. –claramente insuficiente–, a cómo es que podemos formar gobiernos de manera libre, justa y competitiva. Lo que no significa que dicho régimen no esté exento de sus propias complejidades. Una cuestión sobre la que se suele hablar muy poco, cuando de considerar sus implicaciones teórico prácticas se trata. Pero que revela lo mucho que queda por hacer, para desmontar la idea de asumir que la consolidación de la democracia, pasa necesariamente por el desarrollo económico,
En ese sentido, otro tanto queda por decir para el caso de América Latina y el resto del mundo. Porque una buena parte de los problemas más serios que la región vivió durante el siglo XX, con el advenimiento de numerosos regímenes autocráticos de corte simultáneamente populista y colectivista, estuvo más próximo al fascismo corporativista de los 20’s y 30’s, que a la forma liberal que en lo formal ostentaban. Sin embargo, es justo decir que la mayoría de las implicaciones teóricas de tales matices, rara vez se suelen discutir con la profundidad y el rigor que merecen, o son en el mejor de los casos, dadas por descontado. Lo que sin duda, ha terminado repercutido de manera negativa sobre nuestra comprensión de los problemas estructurales que históricamente hemos vivido. La cosa es que difícilmente conseguiremos mejorar nuestras falencias institucionales más significativas, si carecemos de la capacidad de darle sentido, no sólo a nuestro pasado, sino también y fundamentalmente, a sus instituciones políticas resultantes.









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