Ágora: La paradoja del deseo y el mercado de la hipergamia

La paradoja del deseo y el mercado de la hipergamia
Por: Mtro. Emanuel del Toro.
"El deseo es el verdadero motor del ser humano; una fuerza primitiva que no atiende a leyes, comités ni contratos morales". — Sigmund Freud
La semana pasada publiqué en este mismo espacio una reflexión titulada: El declive del romance y el fracaso del buen partido; en ella argumenté a groso modo, que las razones por las que se elige una pareja, cambian conforme pasa la vida, y que los motivos que nos llevan a elegir a alguien a los 20, difícilmente serán las mismas a los 30, que a los 40 años y sucesivamente, en ese sentido defendí la tesis de que una pareja difícilmente sobrevive a la larga, ahí donde las razones del vínculo son exclusivamente orientadas por la atracción física o polaridad sexual. En consecuencia, la presente editorial esta encaminada a redondear y/o explorar algunas consideraciones alusivas que quedaron por detallar.
Hoy en día, meter a un tercero a la relación se ha puesto de moda como una fórmula afrodisíaca cliché ante el aburrimiento de una pareja que ya viene mal funcionando desde antes. La lectura perezosa de este tipo de escenarios es argumentar que el hombre "provocó su propia desgracia" y ahora debe aguantarse si las cosas salen mal. Pero la realidad psicológica es más oscura. Al insistir en la entrada de un tercero para reanimar una estructura moribunda, el esposo que se presta a un juego así, subcomunica una debilidad letal: "estoy a tus pies, soy tu puerto seguro mientras vas y exploras". En el lenguaje de la atracción primitiva, eso lo posiciona como un hombre sin carácter, un proveedor pasivo dispuesto a entregar a su propia pareja. Le suelta la rienda a su mujer sin entender que ella mantiene estándares biológicos muy diferentes. A su vez, ella, al tomar agencia y continuar el romance o interacción en privado con el tercero, simplemente reacciona a la pérdida absoluta de respeto hacia su marido. Cuando el respeto muere en una relación, la estructura entera se desmorona; por eso, ahí ya no hay nada que rescatar.
En ese sentido, hace unos días atrás, escuché a una psicóloga defender un discurso de hiperconsenso, argumentando que en la intimidad todo debe ser minuciosamente acordado y preguntado. Me atreví a responderle algo que escandalizó a la tribuna políticamente correcta, pero que resonó con fuerza en el silencio de muchos hombres que lo han vivido en carne propia: en cuestión de intimidad, preguntar es pedir permiso, y pedir permiso no le resulta atractivo ni sexy a nadie. Se comprende la teoría del consenso para garantizar la seguridad, pero el deseo es la fuerza que menos encaja con contratos, comités o estándares burocráticos. El deseo es primitivo, es tensión, es misterio. Pasé mi juventud leyendo teorías que idealizaban las relaciones humanas bajo manuales de cortesía y sumisión discursiva, sólo para comprobar que entre más cedía a ese manual de asertividad blanda, más rápido me diluía en la invisibilidad.
Todos conocemos la clásica e hiriente sentencia: "Eres un gran tipo y te quiero mucho, pero sólo como amigos", dicha justo antes de ver a esa misma persona entregarse a un gañán cuyo único mérito real era encender su respuesta biológica. O la típica dinámica donde, al inicio, ella celebra tu forma de ser, para después intentar cambiarte; y en el instante en que concedes y te doblas, te abandona por otro que le despierte morbo por su carácter inadaptado o rebelde. El deseo es así, no entiende de correctismos, por tanto no es negociable, o existe y se potencia, o no existe y con nada se habrá de despertar.
Seamos honestos y dejemos la hipocresía social de lado: entre más "deconstruido" se vuelve un hombre, menos atractivo resulta en el plano real. Si la deconstrucción y la sumisión discursiva funcionaran para efectos de la intimidad, el "hijo de mami" —aquel que jamás rompe una regla y sólo hace lo que tiene permitido— sería el arquetipo más asediado y deseado del mercado. Todos sabemos que nunca ha sido así, ni lo será. ¿Por qué pretendemos entonces que reglamentar y estandarizar la intimidad bajo manuales morales va a funcionar?
La paradoja más cruda del cortejo moderno es evidente: las mujeres colocan barreras, listas de requisitos y estrictas pruebas morales para los "chicos buenos" o para cualquiera que no active su deseo de forma inmediata. A ellos se les pone el camino difícil, se les audita cada palabra y se les exige un protocolo de cortejo aséptico y burocrático. En contraste, frente al que tiene rasgos de "hijo de puta", las defensas caen por completo; se ponen de tapete, rebajando cualquier estándar de respeto o exclusividad con tal de ser elegidas, tolerando incluso que las utilicen o que demuestren una total torpeza en lo íntimo. Esta disonancia resuena dolorosamente con la educación cultural que históricamente se le ha dado a los hombres: esa antigua narrativa que les enseñaba a "insistir, persistir y resistir" hasta romper el cansancio de la mujer y conquistarla.
El problema es que esta herencia cultural hoy choca de frente con el discurso feminista del "no es no" y las normativas de la deconstrucción moderna. Al asimilar este nuevo mandato, el hombre promedio ha decidido retirarse del juego para evitar ser etiquetado como acosador o impertinente. El resultado es un cortochemiento social insospechado: hoy abundan las quejas de mujeres que aseguran que "ya ningún tipo se avienta" o toma la iniciativa, lamentando una supuesta falta de caballerosidad o valentía. No se dan cuenta de que ha sido su propio arsenal discursivo el que terminó allanando el camino hacia su insatisfacción actual, castrando la audacia del hombre común y dejándolas atrapadas en la paradoja de no hallar el tipo de masculinidad que su inconsciente realmente reclama.
A este laberinto cultural se le suma un factor biológico ineludible que la corrección política se niega a nombrar: el cerebro femenino no ha dejado de ser hipergámico. Evolutivamente, la mujer busca seguridad y provisión en un estatus superior al suyo. Sin embargo, cuando esta inercia primitiva compagina con un mercado laboral tan deprimido y precarizado como el de América Latina, la ecuación colapsa. Las mujeres siguen buscando hombres que ganen significativamente más que ellas, pero en una economía donde casi nadie percibe un salario digno y las clases medias se desmoronan, ya no hay límite hacia dónde hacerse. No hay suficientes hombres económicamente atractivos para satisfacer la hipergamia biológica de la población femenina. Ante este desierto de opciones viables en la base de la pirámede, el mercado del emparejamiento ha tomado un rumbo descarnado: hoy en día, muchas chicas prefieren ser la amante de paso de uno de los pocos hombres ubicados en la cúspide del estatus y el dinero, que convertirse en la esposa o novia oficial de un tipo promedio que ofrece estabilidad emocional pero carece de relevancia económica y dominancia social.
Este desajuste económico e hipergámico está estrechamente relacionado con el auge del fenómeno de la famosa página azul. Se ha montado una excesiva promoción cultural en torno al discurso de "empoderarse" mediante la cosificación autoinfligida. El sistema le vende a las mujeres jóvenes la prostitución digital como si fuera la máxima expresión de un modelo de emancipación y control corporal. La cruda realidad que ocultan las pantallas es trágica y contradictoria: la supuesta liberación económica sólo cambia de carcelero. La gran ironía en ese sentido, es que al entrar en esa dinámica, estas mujeres pasan de depender económicamente de un solo hombre en el esquema tradicional, a depender del capricho, el morbo y la aprobación digital de miles de desconocidos que pagan por consumir sus cuerpos. No es una cuestión de principios o degradación moral; es, simplemente, la Psicología Evolutiva operando en su estado más puro y brutal, empujando la supervivencia en un entorno social colapsado que prefiere los cuentos de hadas ideológicos antes que aceptar sus propias e incómodas verdades.
















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