Mi primer día
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Mucho gusto
Mi primer día
Por: Alberto Llanes
Hay algo extraño en los comienzos. Uno sabe que están ahí, que inevitablemente llegarán, pero nunca termina uno de acostumbrarse a ellos. Cada inicio de semestre tiene algo de despedida y algo de promesa. Se cierran unas puertas mientras, casi sin darnos cuenta, otras comienzan a abrirse. Este semestre no estaré frente a los grupos de Letras Hispanoamericanas ni de Lengua y Literatura. Después de varios años compartiendo con estudiantes lecturas, poemas, cuentos, novelas, ejercicios de escritura y conversaciones que a veces empiezan hablando de un libro y terminan hablando de la vida, ahora me toca comenzar de nuevo. Estaré en la carrera de Comunicación, frente a un grupo numeroso de jóvenes que comienzan también una etapa importante de su historia. La materia se llama Comunicación Oral y Escrita. El nombre parece sencillo, casi cotidiano. ¿Quién no habla?, ¿quién no escribe? Y, sin embargo, pocas cosas son tan complejas como aprender a decir lo que pensamos, escuchar lo que otros tienen que decir y encontrar las palabras adecuadas para explicar aquello que todavía no sabemos muy bien cómo nombrar.
Quizá por eso me gusta comenzar un semestre hablando de los comienzos. También porque no puedo dejar de pensar en lo que está sucediendo con las humanidades. Hay algo preocupante en la manera en que, poco a poco, pareciera que leer, escribir, pensar, preguntar, interpretar y conocer nuestra propia cultura tienen que justificarse permanentemente frente a otras disciplinas consideradas más útiles, más rentables o necesarias. Como si las humanidades fueran un lujo y no una de las formas más profundas que tenemos para entender lo que significa ser humanos. La Universidad de Colima ha implementado un Nuevo Modelo Educativo, donde las humanidades son el pilar, esperemos que la sociedad reflexione en torno a ello.
Y mientras eso sucede, ahí están ellos; los estudiantes que llegan por primera vez a la universidad con sus mochilas, sus teléfonos, sus nervios, sus expectativas y sus historias. Algunos saben exactamente qué quieren hacer con su vida; otros todavía no tienen la menor idea. Algunos llegan convencidos de que eligieron la carrera correcta y otros quizá tardarán un poco en descubrirlo. Pero casi todos llegan con algo extraordinario: la posibilidad de comenzar.
Eso es lo que más me emociona de los primeros días. Verlos entrar al salón, mirarse entre ellos, reconocerse poco a poco, hacer amigos, reírse de los nervios, descubrir nuevos espacios y empezar a imaginarse como profesionistas, porque yo así, en otro tiempo, lo hice y me veo reflejado en ellos/as. Todavía no saben todo lo que les ocurrirá en los próximos años. No saben quiénes serán sus mejores amigos, qué profesor recordarán con cariño, qué materia les cambiará la vida o qué fracaso terminará convirtiéndose en una de las mejores lecciones de su juventud. Nosotros tampoco lo sabemos. Y quizá ahí está la belleza de enseñar. Porque cada nuevo grupo nos obliga también a comenzar de nuevo. Podemos tener años de experiencia, conocer los programas, preparar las clases y repetir una materia muchas veces, pero nunca entramos exactamente al mismo salón. Cada generación trae otras preguntas, otras preocupaciones, otras formas de mirar el mundo.
Por eso, cuando me encuentre frente a ese grupo de Comunicación, también estaré comenzando junto con ellos. Ellos comenzarán una carrera. Yo comenzaré a conocerlos. Y entre una cosa y otra, intentaremos descubrir juntos para qué sirven las palabras. Tal vez, después de todo, eso sea enseñar: acompañar a otros durante un pequeño tramo de sus comienzos, mientras uno aprende también a comenzar de nuevo…
Mucho gusto. Nos vemos en el primer día.
















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