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La vida también se escribe

  • hace 14 minutos
  • 5 min de lectura

Mucho gusto

La vida también se escribe


Por: Alberto Llanes

 

 El jueves 27 de agosto, en el Centro de Cultura Escrita Miguel Ángel Cuervo, se llevó a cabo un homenaje para este tundeteclas, merecido o no, no pudo haber sido en otro lugar mejor que en el recinto que lleva el nombre de mi maestro del Cedart. De pronto me encontré con amigos, amigas, maestros, alumnos, compañeros de la Facultad de Letras y Comunicación y, sobre todo, con mi familia, ahí entendí que aquello no era solamente un homenaje a una trayectoria, era, de alguna manera, un encuentro con la memoria. Porque uno nunca sabe exactamente en qué momento comienza una trayectoria, por ejemplo… ¿Cuándo escribe uno el primer cuento? ¿Cuándo publicamos por primera vez? ¿Cuándo nos paramos frente a un grupo y descubrimos que enseñar literatura puede ser también una forma de escribir la vida de los otros? ¿Cuándo aprendemos que editar un libro significa cuidar las palabras ajenas como si fueran propias? ¿O cuándo cruzamos por primera vez las puertas de una escuela con una caja de libros bajo el brazo para intentar convencer a niñas, niños y jóvenes de que leer puede ser una aventura divertida? No lo sé. Lo que sí sé es que el jueves pasado, mientras miraba el rostro de muchas de las personas que han acompañado este camino, tuve la sensación de que todos esos momentos cabían en una misma habitación. Quiero agradecer, antes que nada, a Gabriel Martínez Campos y a Rogelio Camarillo; a ellos les debemos la organización de este encuentro que, debo confesar, me tomó por sorpresa y me dejó bastante más conmovido de lo que me hubiera gustado admitir públicamente. También agradecerle a Mirna Bonós, mi compañera de vida, por la organización del brindis y el convivio al final. Uno puede escribir sobre casi cualquier cosa, pero cuando las palabras hablan de uno mismo, las cosas se complican.


Y ahí estuvieron también las palabras de mi querido amigo (Carlitos) Carlos Ramírez Vuelvas, amigo, compañero de la Facultad y de salón —aunque todavía no logramos ponernos de acuerdo sobre cuándo comenzó exactamente nuestra amistad, pero de que fue en la Falcom, ahí fue—. Carlos habló de la memoria afectiva, pero también de esos tres territorios que, con el tiempo, han terminado por mezclarse en mi vida: la escritura, la docencia y el trabajo editorial. Me recordó como escritor, como profesor y como editor. Habló de las becas, de los reconocimientos, de los libros, pero también de algo que para mí resulta mucho más importante: la posibilidad de haber hecho de las letras un oficio cotidiano y de eso surgió nuestra amistad que en verdad atesoro. Escribir, enseñar, corregir, editar, promover la lectura. Diferentes caminos que, al final, parecen conducir al mismo lugar.


Por su parte, mi querida Krishna Naranjo hizo lo suyo: decirme cosas bonitas mientras se encargaba de mostrar públicamente una parte de este Llanes que, dicho sea de paso, no necesita mostrarse más de lo que ya lo hace en sus cuentos. Y lo hizo con ese humor y ese cariño que solamente puede permitirse una amiga. Dijo que están acostumbrados a verme por todos lados, “hasta en la sopa, en el buen sentido”. Habló de las columnas, de las videocolumnas, de las salas de lectura, de las tertulias en mi oficina llena de libros y muñecos, de las playeras con frases que quizá no deberían reproducirse en un recinto cultural y de esa mezcla extraña de literatura, música, irreverencia y melancolía que también forman parte de quien soy. Pero entre todas esas palabras hubo una que me quedó dando vueltas: vocación. Porque quizá eso sea todo esto. Una vocación. Desde que entré a la Facultad de Letras y Comunicación, hace ya muchos años, con la idea bastante ingenua —y todavía vigente— de querer ser escritor, la literatura me ha llevado por caminos que nunca imaginé. Pasé por las redacciones de los periódicos, por la nota roja, por la corrección de textos, por la edición de libros, por las aulas universitarias y por incontables escuelas de Colima y bachilleratos universitarios que a la fecha recorro con mucho gusto. Y esta última parte es, quizá, la que más me importa, gusta y emociona. He tenido la fortuna de entrar a miles de escuelas en nuestro estado para llevar un poco de literatura. A veces un cuento. A veces un poema. A veces un libro. O simplemente una conversación sobre lo que significa leer. Hasta un ejercicio de escritura que queda grabado en la memoria de alguien. He visto niñas y niños descubrir que un libro puede ser divertido. He visto a cientos de jóvenes escribir sus primeras historias. He conocido a maestras y maestros que, desde sus salones, hacen verdaderas revoluciones silenciosas. Y he comprobado que formar lectores no consiste únicamente en recomendar libros: consiste en abrir puertas.


Tal vez por eso un homenaje como éste no pertenece solamente a quien recibe el reconocimiento. Pertenece también a todas esas personas que alguna vez compartieron una página, un salón de clases, una lectura, un taller, una conversación, una corrección, un escenario o un camino. El jueves pasado estaban ahí muchos de ellos: Jaime Velasco, Guillermina Cuevas y Víctor Ramiro Gil Castañeda, maestros que forman parte de esa larga historia de la educación y cultura en Colima. Estaban mis compañeros y compañeras de la FALCOM, alumnos y exalumnos, amigos, amigas y familiares. Estaban, de alguna manera, muchas de las vidas que se han cruzado con la mía. Y muchas más que, vía redes sociales me dijeron que estaban conmigo, pero que no podrían asistir por compromisos previos, entendible en este mundo tan alocado en el que vivimos y donde una tormenta ventosa casi nos despeina nuestra ya de por sí, despeinada cabellera. Y entonces pensé que quizá los años de trayectoria no se cuentan en publicaciones, cargos, reconocimientos o títulos. Se cuentan en personas. En los lectores que uno ayudó a formar. En los estudiantes que alguna vez encontraron una palabra que les hizo sentido. En los escritores que comenzaron a escribir después de escuchar a alguien decirles: “sí, tú también puedes hacerlo”. En los libros que pasaron de una mano a otra. En las amistades que sobreviven al tiempo. Por eso agradezco profundamente este homenaje. Que, repito, no sé si merecido o no. Esa discusión se la dejo a quienes tuvieron la generosidad de organizarlo y a quienes tuvieron el cariño de acompañarme. Yo me quedo con algo mucho más sencillo. Me quedó con la certeza de que, después de tantos años, sigo teniendo mucho gusto de estar aquí. Y de seguir escribiendo. Y seguir enseñando. Pero, sobre todo, de seguir llevando libros a donde todavía haga falta descubrir que una historia puede cambiarnos la vida.

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