El mundo pide… grita… piedad
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Mucho gusto
El mundo pide… grita… piedad
Por: Alberto Llanes
Esta columna la tenía pensada sobre otro tema. Sin embargo, con lo sucedido el martes en Colombia, el hecho me ha puesto, como casi siempre sucede conmigo cuando así, causado por algo natural nos pega así de fuerte, a reflexionar. He visto ene cantidad de videos en redes sociales sobre el sismo en Colombia catalogado en 7.4 de intensidad, fue un movimiento brutal; no soy científico ni experto en esto, pero por lo que he visto dudo mucho que eso que, repito, veo en los videos, haya sido de 7.4 grados.
He vivido el tiempo suficiente en la tierra para haber sentido ya, varios terremotos, ninguno tan fuerte como el de septiembre de 1985; era apenas un niño de seis… siete años, lo recuerdo vagamente, salíamos de nuestro edificio ubicado en la unidad habitacional Infonavit, Culhuacán, zona dos, edificio 10, entrada A, departamento 201, caminábamos rumbo a la escuela (eran las siete de la mañana con diecisiete minutos del 19 de septiembre), yo iba caminando tomado de la mano de mi madre, mi madre llevaba en brazos a mi hermano, cruzábamos el andador, cuando todo se movió, el suelo crujió, se oyó un ruido fuerte y vi edificios tambalearse (sin caerse), escuché el crujir de vidrios, los vi incluso reventar, por fortuna, salimos, mamá, mi hermano y yo, ilesos. Con el miedo en la mirada, en el cuerpo, en el alma, no sabíamos nada de papá, él se reportó ya muy entrada la noche, no había internet, ni telefonía celular, eran otros tiempos, definitivamente. Se nos fue la luz por muchas horas, estábamos incomunicados. La intensidad del movimiento fue de 8.1 grados.
Tiempo después nos venimos a vivir a Colima, a mi abuelo le recomendaron nivel de mar por su problema del corazón, tenía un marcapasos, en Colima teníamos familiares que nos recibieron bien, llegamos en 1986, un año después del terremoto que devastó al De Efe. En 1995, yo era instructor comunitario del CONAFE y estaba en lagunitas, el cerro más alto de Colima, junto con el de la comunidad 26 de junio; era el lunes 9 de octubre de 1995, cuando a las nueve treintaicinco minutos de la mañana, casa hora y media después de recibir a los niños/as en la escuela rural, tuvimos que salir del salón en orden, pero con el rostro desencajado, el suelo se estaba moviendo muy fuerte. La escala Viví muchos un día incomunicado, hasta que el comandante de la zona me dijo que ya podía comunicarme a casa, para saber de mis papás y ellos de mí; en casa todos estaban bien, yo estaba bien. La intensidad fue de 8.0.
El 21 de enero de 2003, estaba llegando de andar en la calle, tenía una tesis pendiente por escribir, estaba terminando mi educación licenciatura y tenía que entregar varias cuartillas del documento titulado: Tópicos contraculturales en el cuento La noche navegable. Para agarrar inspiración para escribir fui a beberme unas cervezas, llegué a la casa mareado, me senté ante la computadora y, cuando me agaché a encenderla, me caí de la silla giratoria, pensé que había bebido de más, pero no, el suelo se empezó a mover, tanto y tan recio, que no podía salir de mi habitación, daba tumbos y trastumbos. Como pude saqué a mi tía Coca, ella estaba en silla de ruedas, al rato salieron papá y mamá, eran las ocho de la noche con seis minutos, la intensidad de ese movimiento fue de 7.6. Ya no escribí esa noche nada, fue una noche muy navegable y parecía que nos había agarrado mal tiempo en medio del mar.
Otra vez septiembre, otra vez el 19, ya le tenemos miedo a esa fecha, a la una y cinco de la tarde, se volvió a mover el piso, en 2020 atravesamos una terrible pandemia que nos metió a la casa por un año y medio y nos reponíamos de esto, cuando el 19 de septiembre de 2022, salí por mi hijo a su escuelita, estaba en guardería, la mamá del pequeño se había fisurado un dedo y tenía incapacidad, estaba en casa; dejé al niño con mami, me fui a la oficina en la Falcom a continuar la labor de ese día; apenas llegué, me senté en la silla giratoria cuando el suelo se me movió. Impulsado por una fuerza invisible me levanté de ahí y salí a ponerme en resguardo. Vi como el edificio de mi facultad se hacía como un acordeón, pero no se caía, #AguanteFalcom. 7.6 grados en la intensidad, unas horas antes habíamos hecho un simulacro que después se hizo realidad. Los rostros desencajados cuando en el simulacro, todo parecía felicidad.
Con este pequeño recuento quiero decir que lo ocurrido en Colombia, recientemente en Venezuela (con dos sismos casi al mismo tiempo) y con los movimientos que ha habido este día en Perú, tienen que ponernos en alerta máxima, con los focos en amarillo, casi casi en rojo, porque ya viene septiembre y sabemos lo que sucede. El mundo nos pide… nos grita piedad, calma, tranquilidad, que dejemos de devastarlo, esperemos no estar ya demasiado tarde para esto.
Por otro lado, al cierre de este texto, me estoy cenando otra noticia lamentable: me acabo de enterar por redes sociales de la muerte del poeta Vicente Quirarte… malditas redes sociales ¿serán el estrés de estos días, o la alta información?
















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