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El declive del romance y el fracaso del buen partido

  • hace 2 minutos
  • 4 min de lectura

El declive del romance y el fracaso del buen partido


Por: Mtro. Emanuel del Toro.


"En el amor, el que sana primero es el que gana, pero el que olvida las reglas de la naturaleza está condenado a perder siempre". — Arthur Schopenhauer


El perdón es el gran negocio de la moral moderna. Como profesional de la salud mental, se me ha entrenado bajo la premisa de que toda relación fracturada puede reconstruirse con suficiente trabajo y voluntad. He atendido parejas atrapadas en el mismo laberinto de manipulación, poligamia forzada y traición que hoy inunda las redes sociales. Y aunque la teoría clínica insiste en la restauración, la realidad empírica dicta algo muy diferente: el perdón no siempre es una opción digna, y los límites personales son, a menudo, lo único que nos salva del desastre.


Mi postura no nace únicamente del diván o del trabajo en consulta, sino de la cicatriz. Cuatro relaciones formales, cuatro intentos de entregarlo todo y cuatro finales idénticos firmados por la infidelidad ajena. Experiencias así duelen y te cambian la vida de un modo por demás profundo. No vuelves a ser el mismo nunca. Lo fácil es etiquetar al hombre engañado como un cínico o un resentido que ha decidido cerrarse al mundo. Sin embargo, la repetición del trauma no me arrastró al odio, sino a la búsqueda intelectual. Ante el fracaso de los manuales tradicionales, decidí buscar respuestas en la Psicología Evolutiva y la Psicología Social. Lo que encontré del otro lado del espejo es una verdad sumamente incómoda y políticamente incorrecta: más de la mitad de lo que la sociedad nos ha vendido sobre cómo construir una relación estable es una absoluta mentira.


Nos educaron bajo el tamiz de lo socialmente aceptable para no herir susceptibilidades. No tengo ningún empacho en reconocer que pasé mi juventud consumiendo literatura que romantizaba la pareja como un templo de mutua valoración, e incluso analizando discursos femeninos que aseguraban buscar al "hombre atento, predecible y buen tipo". La dura realidad es que, en el mercado del deseo, cuanto más amable, predecible y estable te vuelves, más invisible y aburrido resultas. Existe una disonancia cognitiva brutal entre lo que se profesa buscar y lo que realmente activa la atracción. Las dinámicas sociales demuestran una y otra vez que el arquetipo del hombre irresponsable, altanero y tránsfuga emocional —el "cabrón" que públicamente se jura detestar— posee un imán biológico que la educación civilizada no ha logrado extirpar.


Las respuestas a este fenómeno tumban cualquier narrativa ideológica moderna o los discursos de opresión victimista popularizados en los últimos cincuenta años. No se trata de una falla moral contemporánea, sino de cómo está cableado y socializado el cerebro humano desde hace milenios. El Homo sapiens moderno lleva cerca de 100,000 años sobre la Tierra, pero nuestra civilización documentada apenas araña los últimos 10,000. Pretender que unos pocos siglos de normas de etiqueta y discursos de corrección política van a borrar las inercias primitivas y los mecanismos de selección sexual que compartimos con el resto del reino animal es, por decir lo menos, una ingenuidad peligrosa. Las relaciones humanas se rigen por la cruda realidad de nuestra psique evolutiva, no por los cuentos de hadas que nos contamos para sentirnos moralmente superiores.


Podemos reformular los discursos institucionales, redactar nuevas convenciones sociales y apostar el futuro de las relaciones a la bandera de la deconstrucción o la perspectiva de género. Sin embargo, cuando las luces se apagan, la biología más descarnada se impone sobre cualquier manual de corrección política. La Psicología Evolutiva ha documentado que los rasgos asociados a la llamada "Tríada Oscura" —narcisismo, maquiavelismo y psicopatía— operan como un imán biológico. El tipo malo gusta, y gusta mucho.


Primitivamente, la psique humana decodifica estos comportamientos no como patologías, sino como indicadores de dominancia social, seguridad, labia, temeridad y arrojo. En el entorno hostil donde nuestra especie dio el salto evolutivo, el "tipo malo" era el soldado universal indispensable para la supervivencia, alguien capaz de tomar decisiones implacables sin titubear. Generaciones de selección sexual consolidaron esa preferencia en el inconsciente más profundo. Por eso resulta paradójico que hoy se insita en educar a los hombres bajo un modelo de asertividad blanda y emotividad feminizada, cuando el propio mercado del deseo los sigue penalizando con la invisibilidad si deciden adoptar ese rol.


Reconocer esto no es una invitación a convertirse en un cínico resentido que pasa por encima de los demás para ganar validación. Al contrario, es una llamada de atención urgente sobre el fracaso de nuestro modelo formativo. Hay que decir las cosas como son, porque es la primera condición para planterarnos la posibilidad de un cambio real. El punto es que llevamos tres décadas saturando a los jóvenes con educación sexual de carácter puramente profiláctico —enfocada en evitar el contagio de enfermedades o embarazos no deseados—, pero los hemos dejado completamente analfabetos en educación emocional. Les enseñamos cómo cuidarse físicamente, pero no les damos una sola herramienta sobre cómo elegir pareja, en qué fijarse realmente o por qué aprender a esperar.


Las consecuencias de esta negligencia educativa están a la vista de todos y se miden en estadísticas locales. No es casualidad que San Luis Potosí figure sistemáticamente en los primeros lugares nacionales en tasas de divorcio, violencia intrafamiliar y alcoholismo. La narrativa oficial nos dice que las parejas de hoy se separan más rápido simplemente porque el divorcio ya no está estigmatizado o porque las mujeres ya no toleran la opresión del pasado. Esa es la salida fácil o políticamente correcta. La realidad es que la mayoría se casa a lo bruto, movidos por una simple polaridad o atracción social efímera, condenando sus uniones a un colapso promedio de cuatro años.


Hemos destruido los filtros del cortejo. Antes, la limitación geográfica obligaba a elegir dentro de entornos conocidos, compartiendo ciertos códigos de afinidad y valores. Hoy, las aplicaciones de cita y el ligue digital permiten emparejarse con perfectos desconocidos basados en una foto de perfil, asumiendo erróneamente que la atracción inicial sostendrá un proyecto de vida. Olvidamos una regla básica de la psicología de la conducta: las razones por las que deseas a alguien a los 20 años no serán ni remotamente parecidas a las que rijan tu vida a los 40 o 50. Intentar ignorar la fuerza implacable de nuestra propia biología es la receta perfecta para el desastre; una miopía social cuyas consecuencias analizaremos a fondo en la siguiente entrega.

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