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El encanto del kirppis o la práctica del kierrätys sabatino

  • hace 5 horas
  • 4 min de lectura
Por Juan Antonio Sánchez

Detrás del entusiasmo por los kirppis no solo hay un afán de ahorro, sino una profunda filosofía de vida. El concepto de kierrätys (reciclaje y reutilización) está integrado en el ADN local. 

Si en México vender o comprar cosas con “experiencia” —como ropa, zapatos, discos, lavadoras, refrigeradores o algo de fierro viejo que vendan en los mercados de pulgas— se ve con cara de «pobrecito, anda jodido», en Finlandia es un pasatiempo de fin de semana tan respetado como ir a la sauna. Es casi una rapsodia que bien podría tener lugar en el Kalevala, donde un moderno y más moderado Kullervo recorre los incontables kirppis en busca de la tan ansiada espada mágica de Ukko… Bueno, estoy exagerando, pero lo que sí es seguro es que se trata de casi un deporte olímpico no oficial. En los kirppis, el magnate de los negocios, el estudiante universitario y la señora jubilada se codean los sábados por la mañana peleándose por un abrigo usado, una jarra de cristal de Iittala de los años setenta, una sábana de lino estampada por Marimekko y todos dispuestos a sacar las uñas para apoderarse de una Fazer-muki 2004

Para comprender la esencia del kirppis (abreviatura cariñosa de kirpputori o mercado de pulgas), hay que alejarse de la idea del mercadillo caótico, de la tienda de saldos o del «Puro original robado, nada clonado». En Finlandia hay algo profundamente reconfortante en la manera en que se entiende el paso del tiempo y los objetos cotidianos. Mientras en casi todo el mundo el consumo se acelera a ritmos frenéticos, en los pueblos y ciudades finlandesas existe una costumbre pausada, casi ritual, que ha echado raíces en la cultura popular desde hace décadas: ir de kirppis.

La tradición del kirppis no nació por una moda reciente ni por una tendencia de redes sociales. Se remonta a una mentalidad nórdica histórica marcada por la sobriedad, el clima riguroso y la necesidad práctica de no desperdiciar nada. Las vajillas de cerámica, las herramientas de madera, los abrigos de lana pesada y las piezas de cristal no se fabricaban para durar una temporada, sino para acompañar a varias generaciones. Cuando una casa ya no necesitaba un objeto, la costumbre dictaba que debía encontrar un nuevo hogar.

Así, los mercados de pulgas pasaron de ser eventos ocasionales en las plazas a convertirse en centros comunitarios permanentes donde el tiempo parece transcurrir a otro ritmo. Si bien en muchos rincones del planeta comprar de segunda mano suele llevar cierto estigma, en Finlandia es casi una insignia de honor. De hecho, si vas a una cena y alguien te alaba el abrigo, la respuesta finlandesa estándar no es revelar la boutique de lujo donde lo compraste, sino sonreír con orgullo y decir: "¡Cinco euros en el kirppis de la esquina!".

La locura alcanza su clímax en verano con el Siivouspäivä (el "Día de la Limpieza"). Ese día, las leyes de la física y el orden público se suspenden: cualquier persona saca una manta, la tira en un parque o en la banqueta y pone a la venta los juguetes de su infancia, el tostador que no sirve y la chaqueta de cuero que le queda chica. La ciudad entera se convierte en un gigante kirppis a cielo abierto.

Pero en Finlandia el mercado de pulgas no es solo el Hietalahti Market. Los finlandeses han creado, con la misma eficiencia con la que diseñaron sus ciudades, el formato reina del kirppis: el itsepalvelukirpputori (traducción: "Mercado de autoservicio para no tener que hablarle a ningún ser humano"). Entrar a uno de estos kirppis un sábado por la mañana es sumergirse en una atmósfera muy particular. Para empezar, no hay vendedores acosando a los compradores con su «No se vista gacho, vístase gabacho». Hay, más bien, un murmullo pausado y el aroma suave al café recién hecho que suele venderse allí. Esto se debe a que los dueños de los objetos no están presentes: ellos alquilan un espacio o estante en una bodega gigante, le pegan el precio a sus artículos con su código de vendedor, se van a su casa y se abren una cerveza mientras la gente compra sus cosas… Literalmente son un supermercado con un cajero del local o incluso con una caja de autopago donde llegas, agarras lo que te gusta, pagas y te vas. En poco palabras, se trata de un mercado de pulgas donde la confianza es la columna vertebral. Eso sí: en estos kirppis ni se te ocurra regatear. Intentar pedir un descuento equivale a escupir en el suelo de la iglesia. El precio de la etiqueta es sagrado. Si dice 3 euros, son 3 euros; si chillas, el cajero te mirará con una frialdad tal que el pueblo de Pokka te parecerá cálido en invierno, y con una muy, pero muy leve mueca te estará diciendo: "Tämä ei ole sinun paikkasi" 

En un mundo que suele ir demasiado rápido, la tradición del kirppis nos recuerda que las mejores cosas —las conversaciones tranquilas, los objetos con alma y las tardes sin agenda— son aquellas que se disfrutan sin ninguna prisa mientras practicas el kierrätys (reciclaje). Con este lavado de cara ecológico definitivo, no estás comprando chácharas: estás salvando al planeta, camarada.

Recuerda que si pisas Finlandia, debes olvidarte de los souvenirs de plástico hechos en serie. Ve a un kirppis, rescata una taza de los Moomins con historia, paga sin regatear y presume tu tesoro de segunda mano como si te hubieras ganado la lotería nórdica.



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