Colima y los alrededores de los Volcanes en septiembre-diciembre de 1810 (Quinta parte)

Por Abelardo Ahumada.

Colima y los alrededores de los Volcanes en septiembre-diciembre de 1810


Quinta parte


CON LA GUERRA EN PUERTA. –


Confirmando el dato de que fue a partir del 19 de septiembre de 1810 cuando en la capital de la Nueva Galicia se enteraron de la Rebelión de Dolores, en el Archivo de la Arquidiócesis de Guadalajara existe una copia de una carta que el obispo Cabañas parece haber enviado a un colega o superior suyo a finales de octubre siguiente, en cuyo primer párrafo dice: “Excelentísimo Señor: Desde el día 19 del pasado septiembre […] en que tuve la primera noticia de la sedición principiada en el pueblo de Dolores, estoy en continuo desvelo, agitación y convulsión, apurando todos los esfuerzos de mis luces, facultades y arbitrios para confirmar a mis diocesanos en su fidelidad, lealtad y amor a su soberano y a la patria en toda su extensión, para mantenerlos obedientes a las potestades legítimas que tantas veces y tan solemnemente han jurado reconocer […]” (Olveda, p. 73).


Colateralmente, y se supone que como derivación del informe que el Jefe de la Estafeta de Querétaro le envió a su par de Guadalajara, y a otro que según Pérez Verdía pudo haber enviado enseguida “el intendente Riaño”, Abarca empezó a tomar algunas decisiones de carácter militar, para defender su plaza, como la que el día 22 decidió enviar a Manuel del Río, entonces Capitán del Cuerpo de Granaderos (y que luego sería coronel y tendría una constante y despiadada intervención en Colima y los alrededores de los volcanes), para que situara vigías en algunos cerros cercanos a La Barca, y en algunos otros puntos del Camino Real y del “Puente Colorado”. (Pérez Verdía, T. II, p. 33).


Por su parte, en la carta que acabo de citar, Cabañas explicó a su alto destinatario todo lo que se puso a hacer en esos días; lo que ordenó realizar a sus clérigos en esa misma línea de acción, y su presencia como invitado principal en la junta donde se tomó el acuerdo de conformar un organismo que trataría de encargarse de la defensa de la ciudad.



Dicho organismo terminó llevando el nombre de “Junta Superior Auxiliar de Gobierno, Seguridad y Defensa de Guadalajara”, y de conformidad con lo que se mira en una proclama que emitió el Intendente Abarca (Hernández Dávalos, T. III, p. 696), se organizó exactamente la misma noche en la que todavía no se coagulaba la sangre de los más de tres mil muertos que hubo durante la toma de la Alhóndiga de Granaditas y los asaltos a los comercios y las casas de los gachupines de Guanajuato.


En esa proclama, dirigida a los “habitantes de Guadalajara y de todo el Reino de Nueva Galicia”, Abarca les informó del “gran alboroto, confusión y desorden”; de los “horrores y estragos”; de los robos y “crímenes que se han cometido” y “de la sangre que ha corrido” en algunos pueblos de aquella la intendencia, en tan sólo “ocho días” de que diera inicio “el fuego abrazador y la desenfrenada furia de las pasiones más crueles, fomentadas por la rebelión” de Dolores.


Adicionalmente les comentó que, teniendo el propósito de evitar que acontecimientos como ésos llegaran a ocurrir en su ciudad, las autoridades civiles, militares y eclesiásticas, “congregadas la noche del día de ayer” (29 de septiembre), habían nombrado a 15 ciudadanos de reconocida capacidad y prestigio para que integraran la mencionada “Junta Auxiliar”. Junta que de inmediato empezó a moverse, instruyendo a los vecinos para que, como lo habían hecho dos años antes, al enterarse de la invasión de Napoleón a España, volvieran a conformar cuerpos militares y paramilitares.



LA CRUZADA DE LOS SACRISTANES Y OTROS ASUNTOS COLATERALES. –


Adelantándose a esas necesidades ya habíamos visto que el día 24 Abarca envió “un propio” al comandante militar de Colima, don Francisco Guerrero del Espinal, ordenándole que le remitiera “prontamente las Compañías de la Segunda División del Sur”. Pero por la carta que del obispo cité al principio de este capítulo, y por otros documentos redactados en los mismos días, sabemos que Abarca envió órdenes similares a otros comandantes de Zacatecas, Aguascalientes, Tepic, Colotlán, Lagos “y otros puntos”. En tanto que, activísimo siempre, Cabañas instruyó a varios de sus curas y religiosos para que, “como misioneros” fueran a los pueblos de la diócesis a predicar “para impedir la propagación del mortal contagio” de las ideas independentistas, así como a “24 eclesiásticos” más, para que “de dos en dos”, fueran por “los barrios y las calles de la ciudad” y “con moderación y en silencio, los recorran y observen, predicando y hablando de paz y unión, de religión y buenas costumbres”.


Todo eso al mismo tiempo que él entablaba “correspondencia epistolar directa con todos los [individuos más] distinguidos y pudientes” de su obispado, a fin de que como “oportuno preparativo” buscaran el modo de tener “hombres armados en cuanto se los permitieran la situación y las circunstancias de cada pueblo”. (Olveda, p. 26-27).


Al referirse a ese mismo tema, el historiador tapatío, Luis Pérez Verdía escribió, irónico, lo siguiente: “El Obispo Cabañas guiado por sus sentimientos españoles tomó la participación más directa en las medidas contra la revolución”.


“Empezó por exhortar a los curas para que en el púlpito leyesen la proclama de la Junta Auxiliar, la fijasen en las puertas de las iglesias y procurasen activamente evitar la seducción del pueblo”.


“No se limitó a cambiar el púlpito en tribuna, sino que también quiso transformar en guerreros a los sacerdotes de su obispado y a ese fin se formó un regimiento para combatir la independencia, el cual llamó La Cruzada, del que hacían parte el clero secular y regular, los sacristanes y cuantas personas de buena intensión lo desearen”.


“Al toque de la campana mayor de catedral se reunían en el obispado y salían a sus marchas y ejercicios militares: el clero iba a caballo, sable en mano, llevando un estandarte blanco con cruz roja, siendo seguida tan extraña procesión por grupos de muchachos (entre los que iban seminaristas) que gritaban ‘¡Viva la fe católica!”


Por otra parte, la Junta Auxiliar se apresuró también para reunir a todos los milicianos que pudiera, e instruyó a los hacendados, comerciantes, industriales y demás “gente pudiente”, a integrar con sus respectivos mozos y empleados, otros cuerpos de defensa, pagándoles, con recursos de las arcas públicas, un peso diario a los de a caballo, y cincuenta centavos a los de a pie. Habiéndose logrado reunir doce mil hombres.



ADMONICIONES CIVILES Y RELIGIOSAS. –


Las proclamas que acabo de mencionar fueron llegando con relativa rapidez a cada uno de los principales pueblos de la Nueva Galicia, y a ellas se les fueron adicionando copias de la primera proclama que el 23 de septiembre emitió el virrey recién estrenado, y del Edicto de Excomunión que, al día siguiente, en Valladolid, “fulminó” (sic) en contra de Hidalgo, Allende y los demás insurrectos, “el obispo electo de la diócesis de Michoacán”, mejor conocido como Manuel Abad y Queipo.


No tengo, sin embargo, información precisa de cómo ni cuándo fueron llegando dichos exhortos, proclamas y edictos a cada uno de aquellos lugares, pero sí en cuanto concierne a Colima. Y con base en ello puedo inferir que algo parecido sucedió en las demás poblaciones:


En su primer comunicado “a los habitantes de la Nueva España”, el virrey Venegas se dolió de que, habiendo venido a estas tierras “con la idea de ser el instrumento de que se valía Su Majestad para establecer en este Reino el orden, la equidad y la justicia”, etc., muy pronto vio “desvanecerse aquella agradable perspectiva que era el objeto de mis (sus) anhelos […] al conocer la rivalidad, [la] división y el espíritu de partido que reina entre vosotros”.


Y enseguida explicó que, ya sabiendo que “algunos hombres, deslumbrados con falsas ideas apoyadas en vuestra división y rivalidad, procuran alterar el orden público y sumergirnos en los espantosos males de las revoluciones [… estaba] persuadido de lo despreciable que son sus designios, y que no pueden tener el apoyo de un hombre sensato”. Persuasión que lo llevó a ponerse “en la triste necesidad de que las primeras providencias de mi mando se dirijan a hacer derramar la sangre” de quienes andaban participando en ese movimiento. (Hernández Dávalos, Tomo II, p. 90-91).


Todo lo cual significaba que como antiguo militar que era, él ya había tomado la decisión de enviar al ejército virreinal a combatir a los insurgentes.


Por su parte, pretendiendo tocar la conciencia de los fieles católicos y agrandar el miedo que muchos de ellos tenían de perder su alma e ir a parar al infierno, tanto el arzobispo de México como el obispo de Michoacán, emitieron, el 24 de aquel septiembre, dos fuertes mensajes: el del primero fue un exhorto para que los fieles que apoyaban a Hidalgo volvieran a sus hogares, y para evitar que otros participaran en el movimiento. Y el del segundo fue su famoso Edicto de Excomunión.


Del primero extraigo estas líneas que encierran una muy clara advertencia: “[Miembros del] clero, mis dóciles ovejas y todos los que os gloriáis del nombre cristiano en este reino […] no puedo prescindir de avisaros el riesgo que corren vuestras almas, y la ruina que amenaza a vuestras personas, si no cerráis los oídos a la tumultuaria voz, que se ha levantado en estos días en el pueblo de Dolores y San Miguel El Grande y ha corrido hasta la ciudad de Querétaro”.


Y, luego, al referirse a los líderes del tumulto, agregó: “Algunas personas díscolas, entre las cuales oigo con dolor de mi alma el nombre de un Sacerdote digno de compasión, y vitando (excomulgado) por su mal ejemplo, parece que son los principales fautores de la rebeldía”.


Para luego dirigir, dentro del mismo texto y sin siquiera cambiar de párrafo, un mensaje directo al padre Hidalgo, aunque sin nombrarlo: “Dime, dime, pobre engañado por el espíritu maligno, tú que lucías antes como un astro brillante por tu ciencia, ¿cómo has caído como otro Luzbel por tu soberbia? ¡Miserable! No esperes que […] mis sacerdotes, a los que en Las Escrituras se les llama ángeles, vayan tras de ti como aquella multitud que arrastró el Ángel cabeza de los apóstatas del cielo [… Y por tu soberbia y tu rebeldía] no se volverá a oír tu nombre en este Reino de Dios, sino para eternos anatemas”.



Cerrando su admonición con otra advertencia: “Mirad que el precursor del Anticristo se ha aparecido en nuestra América pera perdernos […] no se dejen seducir […] mantengámonos fuertes en la fe, en la lealtad y en la obediencia a Dios y a su legítimo Soberano” …


Por su parte, y pese a que existía la creencia de que Hidalgo y Abad y Queipo eran amigos desde que éste llegó de España a Valladolid, el “canónigo penitenciario” de la catedral, que fungía como “gobernador del obispado de Michoacán” fue más rudo que el arzobispo Lizana y, sin más ni más, aquel mismo día, apenas transcurrida una semana del levantamiento de Dolores, dirigió al Virrey Francisco Xavier Venegas, esta carta llena, diríamos, de su ‘santa indignación’:


“Excelentísimo Señor: Anoche supimos en esta ciudad que el cura de Dolores y sus secuaces habían ocupado Celaya, Salamanca e Irapuato, Y viendo la facilidad con que seduce a los pueblos, me ha parecido medio conveniente y justo excomulgarlo en los términos que se contienen en el edicto que formé esta mañana, del que acompaño un ejemplar, para que siendo del agrado de Vuestra Excelencia, se publique en la Gazeta de México (sic), que es el periódico que más circula”. (Hernández Dávalos, T. II, p. 104-105).


Y del Edicto en cuanto tal, extraigo los siguientes renglones para que los lectores se den una idea de su contenido:


“Como la religión condena la rebelión, el asesinato y la opresión de los inocentes […] es evidente que el cura de Dolores, al haber pintado en su estandarte la imagen de la Virgen de Guadalupe […] cometió dos sacrilegios gravísimos, insultando a la religión y a nuestra Señora. Insultando igualmente a nuestro Soberano, despreciando y atacando al gobierno que representa, oprimiendo [a] sus vasallos inocentes, perturbando el orden público y violando el juramento de fidelidad al Soberano y al gobierno, resultando perjuros igualmente los capitanes” que lo acompañan.


Agrega más argumentos de carácter teológico, y termina diciendo que: “usando la autoridad que ejerzo […] declaro que el referido don Miguel Hidalgo […] y sus tres citados capitanes, son perturbadores del orden público, seductores del pueblo, sacrílegos, perjuros y han incurrido en la excomunión mayor del Canon” …

“Y para que llegue a noticia de todos y ninguno alegue ignorancia, he mandado que este edicto se publique en esta santa catedral y se fije en sus puertas, según estilo, y que lo mismo se ejecute en todas las parroquias del obispado” …


Es posible que algunos lectores no entiendan por qué estoy exponiendo y resaltando este tipo de asuntos, pero todo ello se debe a que en el ambiente religioso que prevalecía a principios del siglo XIX, casi la totalidad de los habitantes de los pueblos y las ciudades de la Nueva España eran católicos y regían sus vidas mediante el sonido de las campanas de los templos, debiendo ir a misa “los domingos y fiestas de Guardar”, y confesarse “cuando menos una vez al año”. Oyendo, pues, muchos sermones que, así como hablaban de “la Buena Nueva” que implicaba “la salvación del pecador por la redención de Cristo”, también se referían a “la perdición del alma” o a “la condena eterna en el infierno” de quienes renegaran de él y sus enseñanzas. Sabiendo la mayoría que cuando alguien estaba excomulgado era como decir “maldito”, expulsado de la Iglesia, condenado en vida, y con el que era preferible no relacionarse. De tal modo pues que la Iglesia solía utilizar, aunque no tan frecuentemente como pudiera parecer, la amenaza de la excomunión como un eficaz disuasor para quienes no querían ser expulsados “de la Asamblea de Dios” o terminar sus días sin derecho a confesarse, recibir el perdón y liberarse “del fuego eterno del Infierno”.


Pero el problema para la Iglesia y el Estado fue que, o ya se había desgastado la amenaza de la excomunión, o estaban tan hartos los criollos de los abusos que cometían en su contra los peninsulares, que por más exhortaciones y proclamas que dichos organismos publicaron en contra de “Hidalgo y sus secuaces”, muchísimas gentes lo siguieron, con la facilidad que, según Abad y Queipo constató.


Y tendrá que ser de algunas de las primeras acciones realizadas por esa “tumultuaria chusma” de lo que tendremos que empezar a hablar en el capítulo siguiente.



Pies de foto. –


1.- Abad y Queipo informó al virrey Venegas que, en menos de ocho días, “el cura de Dolores y sus secuaces habían ocupado Celaya, Salamanca e Irapuato”.


2.- Como resultado de los primeros informes que recibió, el arzobispo Lizana declaró “vitando” (excomulgado) a Hidalgo el 24 de septiembre de 1810.


3.- En su primera proclama la Junta Auxiliar de Seguridad y Defensa de Guadalajara exhortó a todos los habitantes de Nueva Galicia a permanecer unidos y en paz para protegerse de los “horrores y estragos” de la guerra.


4.- Pero estaba tan dividida la población que, tanto a uno como a otro bandos se sumaron algunos grandes terratenientes con sus mozos armados.



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