Colima y los alrededores de los Volcanes en septiembre-diciembre de 1810

Por Abelardo Ahumada.

Colima y los alrededores de los Volcanes en septiembre-diciembre de 1810


Primera parte


LA PREVISIÓN DE DON JUAN LINARES. –


Una prueba verídica y contundente de que “todos o la mayoría de los habitantes de la región centro-occidental de la Nueva España estaban enterados de los acontecimientos que sirvieron para motivar la resolución que finalmente tomaron Hidalgo, Allende y compañía”, la encontramos en una carta que, como respuesta a su instrucción del 19 de septiembre de 1810, le envió Juan Linares, subdelegado de Colima, al intendente Roque Abarca, el 4 de octubre inmediato. Y que a la letra dice lo siguiente:


Muy ilustre Señor: Aun antes de recibir la superior orden de V. S. (Vuestra Señoría) de 19 de Septiembre último, ya habla yo tornado las providencias oportunas a fin de descubrir y de aprehender a cualesquiera personas del estado, calidad y condición que fueren, que se expliquen con palabras sediciosas y ofensivas al Gobierno, al Estado y a los derechos de nuestro amado soberano el Señor D. Fernando VII, o del Supremo Consejo de Regencia que gobierna en su real nombre; y ahora con más particular cuidado procuraré, en cuanto es de mi parte, evitar cualquiera conmoción por los emisarios de Napoleón, y practicaré las diligencias que V. S. me previene y las más que me parezcan oportunas a fin de descubrirles, de cuyos resultados daré a V. S. oportuno aviso.


Dios guarde a V. S. muchos años.”


Esta carta fue publicada por primera vez en septiembre de 1911, por don José María Rodríguez Castellanos, en su colección de documentos “Colima [en] la Guerra de Independencia, 1810-1821”, pero careció entonces de contexto, por lo que, ya contextualizada ahora con lo que comentamos en los capítulos precedentes, muy bien podemos entender que, gracias a las comunicaciones emitidas el 24 de abril desde el Palacio Virreinal, Linares YA SABÍA de la supuesta existencia de los “emisarios de Napoleón” y había tomado sus previsiones para detectar e identificar a alguno que pudiese haber intentado colarse en ámbito de su vigilancia.



UNA ORDEN PARA ACUARTELAR LAS TROPAS. –


Por otra parte, me parece oportuno recordar a nuestros posibles lectores que, desde dos años atrás las autoridades de la Intendencia de Guadalajara emitieron una convocatoria para conformar y armar ciertos “Cuerpos de Voluntarios” que terminaron llamándose “Voluntarios de Fernando VII”, y que como ya lo habíamos mencionado en el Capítulo 20, la convocatoria fue tan exitosa que para el día 6 de septiembre de 1808, ya se habían “alistado” 4,033 “hombres en Guadalajara”, y al final ese mismo mes habían llegado a “cincuenta mil” en el “resto de Nueva Galicia”.


No sabemos, sin embargo, cómo se llevó a cabo ese proceso en Colima y sus “Cabeceras de Tenencias”, pero por otros documentos que también publicó Rodríguez Castellanos, nos hemos podido enterar de que en la Subdelegación de Colima se conformaron seis compañías completas y que su comandante se llamaba Francisco Guerrero del Espinal.


Y si afirmo lo anterior es porque el 26 de septiembre de 1810 el propio Guerrero del Espinal dictó o redactó un pequeño escrito, que dirigió al subdelegado Linares, en el que le hacía saber que acababa de recibir “por un expreso” una “orden superior del muy ilustre Sr. Presidente, Gobernador y Comandante de la Armas” de la Intendencia de Guadalajara”, fechada apenas el “24 del corriente, en [la] que me previene le remita prontamente las Compañías de esta Segunda División del Sur”.


Agregando que, en cumplimiento de dicha orden, acababa de disponer que dichas compañías se pusieran “en marcha […] dentro de tres días”, en el caso de que “todas pudieran ponerse sobre las armas”.


Ordenándole (ya como jefe militar) al subdelegado, que facilitara “los bagajes y víveres que se hayan menester [sin…] dilación”, previa lista que “anticipadamente pediré a Ud.”.


Y si resalté intencionadamente “por expreso” fue porque, si nos fijamos bien, eso quiere decir que la comunicación enviada por el Intendente al Subdelegado tardó menos de dos días en llegar (como quien dice “a matacaballo”), siendo que lo usual era que los arrieros tardaran cinco en viajar desde Guadalajara hasta Colima o viceversa.


Esta precisión de datos es, también, muy importante, porque muchos de los documentos que se redactaron a partir de ese día no sólo tienen la fecha de su emisión, sino también la hora en que fueron enviados o recibidos. Como lo fue la contestación de Linares a Guerrero del Espinal, en la que el primero le respondió al segundo así:


“Entendido del oficio de Ud. de esta fecha, que he recibido a las seis de la tarde […] debo decir a Ud. que mientras no se me pase la noticia individual del número de cabalgaduras y de lo demás necesario, no puedo tomar providencia alguna para estar a prevención, porque ignoro lo que se habrá de menester, y para proceder con seguridad, es necesario que Ud., me diga individualmente el número y especies [que necesita] con la anticipación [que el] caso demanda […]; en [la] inteligencia de que me satisfará Ud. sus costos”.


En 27, muy tempranito, Guerrero envió a Linares el primero de sus requerimientos: “Señor Subdelegado D. Juan Linares: Para acuartelar las seis Compañías que existen en esta Cabecera, y la que se espera de Coahuayana, necesito siete casas de la competente cabidad (sic); y lo aviso a Ud. para que se sirva señalarlas y que estén a prevención, dándome de ello noticia”.


Linares parece haber sido muy activo, porque esa misma mañana mandó a sus subordinados tres cosas:


Una: que se le dijera al comandante Guerrero, que “para cuarteles de la tropa se señalan las casas siguientes: La nueva que está construyendo D. Sebastián Sánchez; la que compró D. Martín Anguiano a D. José de Elías Vallejo; la de D. Francisco Martín, en que vivió D. José Bazavilvazo; en la que vive D. Teodoro Anaya; la del Br. D. Francisco Ramírez, que ocupa D. Vicente Dávila; en la que vive D. José María Luciano Aguilar; y uno de los mesones”.


Dos: Que “a los dueños y poseedores de dichas casas” se les comunicaran las órdenes recibidas, y que, en atención a la necesidad que reclamaba el caso, hicieran el favor de abrir sus espacios a los milicianos y de reducirse ellos con sus familias a “las piezas (o cuartos) que les resultara imposible vaciar”.


Tres: Que “para el acopio de ciento y cincuenta caballos mansos y cuarenta mulas que el Sr. Comandante” consideraba necesarios para llevar “los bagajes”, se le diera “aviso verbal” y con “iguales órdenes”, al “administrador de la Hacienda de la Huerta [para que] aportara cincuenta caballos mansos; a don José Antonio Arenas para que proporcionara treinta y cinco; a don Marcos Silva […] quince; don José Cruz veinticinco; a don José María González diez”, y así a otros más hasta completar la cifra, previniéndoles a todos que “el cumplimiento de esta orden ha de ser efectivo y a la mayor brevedad, entendidos de que será inadmisible cualquiera excusa, pretexto o razón que se alegue de su parte para inhibirse, y se les hará observar a más, de quedar responsables del perjuicio que por su desobediencia se siguiere a la tropa, o a la Real Hacienda. Y para que no haya demora, ejecútese todo al instante”.



LOS MOTORES DE LA REACCIÓN. –


El activismo que desplegaron el comandante Guerrero del Espinal y el subdelegado Linares asustó e intranquilizó a los habitantes de la Villa de Colima, y a la gente que vivía en los ranchos, trapiches y haciendas de su jurisdicción, porque a muchas de aquellas familias pertenecían los individuos que con carácter de milicianos formaban parte de las compañías armadas. Y lo mismo se puede afirmar respecto a la que se había formado en la vecina Coahuayana, igualmente convocada.


Pero antes de seguir adelante con esta narración conviene que retrocedamos un poco para entender que toda esa conmoción no la provocó la noticia del Grito que durante la madrugada del domingo 16 de Septiembre había dado en Dolores, el señor cura Hidalgo, sino la convicción que tenía el intendente Abarca, en el sentido de que, desde su perspectiva, “Napoleón Bonaparte había iniciado ya la guerra contra Nueva España”, tal y como lo había venido “anunciado en mis (sus) proclamas” [anteriores].


El hecho, sin embargo, de que la guerra prevista por el intendente de Guadalajara haya coincidido en tiempo con el inicio de la rebelión insurgente, propició que muchos de los contemporáneos de Abarca se confundieran y llegaran a creer, en un principio, que Hidalgo y sus amigos eran algunos de aquellos fantasmales “emisarios de Napoleón”. Como lo podrán comprobar quienes tengan la paciencia y el gusto de revisar los documentos que he mencionado y algunos que citaré (o resumiré) en cuanto hayamos tenido oportunidad de hablar un poco acerca de quiénes fueron Juan Linares, Francisco Guerrero del Espinal, y un tal Juan José Villasana; personajes claves en todo este asunto:



TRES NOTABLES DESCONOCIDOS. –


Refiriéndose al primero de los tres, don José María Rodríguez Castellanos logró averiguar que el subdelegado de Colima era “natural de los Reinos de Castilla”; que había cruzado el Atlántico en algún año de la década de los 70as del siglo XVIII; que debió tener algunos vínculos con personajes influyentes en la corte y en el Virreinato porque en 1799 ya estaba fungiendo como subdelegado de Tepic, y posteriormente con el mismo puesto en el pueblo de Lagos, habiéndose casado con una mujer criolla, originaria de la Villa de la Encarnación (hoy Encarnación de Díaz, o “La Chona”, en los Altos de Jalisco) con la que procreó al menos “cuatro pupilos” que hacia finales de 1810 eran “niños todavía pequeños”.


Rodríguez cita dos testimoniales que se brindaron a favor de Linares a finales de ese mismo año, en el primero de los cuales "El Dr. B. Victoriano Ortega, Cura Vicario de” dicha villa “y su feligresía”, certificó “en toda forma de derecho que D. Juan Linares, natural de los Reinos de España […] estuvo avecindado [allí] y se mantuvo” dando muestras de ser hombre de bien, y sin ofrecer “la más mínima mala nota” en su comportamiento, “frecuentando los Santos Sacramento”, etc.


Mientras que el segundo es de “don José Antonio Jaime, Teniente de la Real Justicia” de la referida Villa de la Encarnación, en la que afirma haber conocido y tratado “muy inmediatamente” a don Juan Linares, añadiendo que: “Durante los años que estuvo avecindado en este suelo, siempre le observé un estilo muy juicioso, temeroso de Dios Nuestro Señor, hombre de bien, honrado, quieto, pacífico y de buena fama”. Todo eso durante todo el “tiempo que obtuvo el empleo de Subdelegado de Lagos”. Empleo al que según este testigo “renunció para colocarse como Subdelegado en Colima”, aparte de haber sido electo “varias veces por los Oficiales Reales de Guadalajara” para desempeñar otros empleos “con repetidas instancias”.


Complementariamente, otro documento nos dice que Linares fue propuesto para ser subdelegado de Colima por “el señor Abarca en virtud de los méritos del agraciado y de hallarse a la sazón vacante dicho empleo por haber cumplido su quinquenio o período constitucional D. Jerónimo de la Maza”.


Pero que el nombramiento se lo confirió “por Superior Decreto de 3 de agosto de 1807”, el virrey José Iturrigaray. Y que según lo refería un acta del Archivo de Colima que le tocó transcribir, “previo juramento de estilo (de cumplir bien y fielmente sus deberes)”, e invocando la devoción que tenía por “el Misterio de la Purísima e Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen María, tomó el Señor Linares posesión del referido empleo de Subdelegado de Colima en las cuatro causas […] el 5 de mayo de 1808”.


Debiendo señalar yo que cuando alguien afirmaba entonces que un intendente o subdelegado era de “las cuatro causas”, estaba queriendo decir con eso que tenía poder y obligaciones para ocuparse de todos los asuntos relacionados con: “Justicia, Policía, Hacienda y Guerra”.


En cuanto a Francisco Guerrero del Espinal corresponde, el profesor Ricardo Guzmán Nava averiguó que aquél era también un súbdito español, nativo de Extremadura, quien llegó a la Villa de Colima en 1792 (el mismo año que el padre Hidalgo fue cura de la parroquia colimota), procedente de la ciudad de México, para fungir como administrador de las gigantescas haciendas que los herederos del conde de Regla tenían en esta región, como la de Pastores y las Salinas de Cuyutlán.


Y que habiendo administrado algunas de aquellas grandes propiedades a su favor, muy pronto vio Guerrero del Espinal la manera de hacer negocios por su cuenta, hasta que decidió quedarse y casarse en Colima, habiéndose convertido en un propietario muy rico, pues adquirió un montón de predios, como el “de La Magdalena (hoy Pueblo Juárez), La Joya, El Peregrino, Llano de Santa Juana, El Espinal y varias casas del centro de Colima”.


En la contraparte de esto no tenemos ningún dato que nos indique que don Francisco Guerrero haya sido militar de carrera, pero el hecho de que el intendente Abarca lo haya designado como Comandante de las seis compañías que integraban la Segunda División del Sur del Ejército de Nueva Galicia nos da a entender que sí lo era, o que lo consideraban apto para serlo.


Y hablando, por último, de Juan José Villasana, lamento decir que no sé nada acerca de su persona, pero sí que, gracias a su trabajo como “Escribano de la Villa”, nos hemos podido enterar de algunos hechos que acontecieron entonces; pues varios de los papeles que de esa época se conservan, o salieron directamente de sus manos, o pasaron frente a sus ojos para reseñarlos.



UN AMBIENTE TENSO Y TRISTE. –


Pese a la habilidad que para redactar tenía el escribano Villasana, nunca tuvo la ocurrencia de describir por su cuenta cuál era (o cómo era) el ambiente que prevaleció en Colima y sus alrededores a finales de septiembre de 1810. Pero no es difícil imaginar que el ambiente que se respiraba en la pequeña Villa de Colima y los pueblos cercanos era tenso y triste, sobre todo para las mamás, las hermanas, las hijas, las novias o las esposas de los quinientos individuos que, libremente o por la fuerza, se vieron compelidos a formar parte de las compañías de milicianos que se acuartelaron a partir del 27 de dicho mes.


La siguiente información en ese mismo sentido dice cuándo, cómo y hacia dónde salieron dichos milicianos de Colima (algunos para no volver). Pero de eso tendremos que comentar en el siguiente capítulo.


Nota. - Todo este material corresponde al Capítulo 27 de “Mitos, verdades e infundios de la Guerra de Independencia de México”.


PIES DE FOTO. –


1.- Desde a principios de septiembre de 1810, Juan Linares tomó sus previsiones para saber quiénes entraban a (o salían de) la Villa de Colima, con el propósito de identificar a los posibles “emisarios de Napoleón”.


2.- El 26 de ese mismo mes llegó la orden de acuartelar a todos los milicianos que formaban parte de la Segunda División del Sur.


3.- El ambiente de la hasta entonces tranquila Villa de Colima se alteró con aquella acción.

4.- Y los 500 milicianos tuvieron que disponerse a marchar (algunos para no volver) por el Camino Real.









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