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Ágora: ¿Triunfo o derrota? O no todo es lo que parece

  • 16 mar
  • 5 Min. de lectura

¿Triunfo o derrota? O no todo es lo que parece.


Por: Mtro. Emanuel del Toro.


La reforma electoral encabezada por el Ejecutivo federal, sufrió esta semana un revés legislativo. Para efectos formales, la reforma propuesta por la presidente Claudia Sheinbaum, no alcanzó la mayoría calificada necesaria para ser aprobada, por lo que de momento ha quedado congelada en la Cámara de Diputados. Como era de esperarse, el traspié del Ejecutivo ha terminado siendo celebrado por la oposición –PRI, PAN y MC–, porque claro, –al menos de momento–, han conseguido detener una reforma que pone en entredicho su exigua base de poder, a saber, la representación proporcional; si tontos no son, aprobar la reforma así sin más, es minar su ya de por sí diezmada base de poder. En ese sentido, no han faltado las voces que sentencian la coyuntura como una suerte de primera derrota política para el actual gobierno. Y aunque algo de cierto hay en términos formales, no es menos cierto que en política nada es lo que parece.


Sin embargo, al margen del triunfalismo precipitado que la oposición ha mostrado, no son pocas las opiniones en el sentido de que el desenlace de la tensión por pasar la reforma, pudiera haber estado desde un inicio previamente calculado y/o asumido. En política, no siempre una derrota, significa la derrota total. Porque se puede perder una batalla, pero la guerra y/o la tensión continúa, en la medida que se van alimentando percepciones y/o lealtades y alianzas, o salidas alternativas. Para el caso, la lógica es que la casa nunca pierde. Si no es de un modo u otro, el sistema consigue recomponerse y/o imponerse con salidas alternativas. Todo ello en su conjunto, hace presuponer que lo que ha ocurrido esta semana pudiera haber estado perfectamente calculado y/o medido.


No sería pues la primera vez que algo así ocurre. En los circuitos del poder, con frecuencia se dice que perder, puede terminar siendo un modo distinto de hacer prevalecer los intereses. Cual si de una jugada de tres bandas se tratara, perder puede ser una forma de ganar, aun si para ello se tienen que reconfigurar las alianzas que sostienen la base operativa del gobierno. Para efectos prácticos, a diferencia de lo que ocurrió durante el sexenio de López Obrador, en que la elite gobernante operó como una maquinaria sumamente disciplinada, en la que las tensiones internas siempre se resolvieron con la anuencia del Ejecutivo como factor de unidad y/o cohesión o intermediación.


De ahí que Morena encontró en el PVEM y el PT, los partidos bisagra idóneos, que le permitieron mantener el control efectivo del Poder Legislativo, votando siempre en el mismo sentido que lo propuso el Ejecutivo, lo que le permitió al Ejecutivo sacar adelante las reformas sin apenas oposición. Por lo que dicha alianza terminaría votando para efectos prácticos, en bloque. Funcionando como auténticas cajas de resonancia de los intereses del presidente en turno. Lo que no quita de decir que tampoco es que hubiera otras posibilidades reales, hacer algo significativamente distinto, habría significado un suicidio político.


La cuestión es que el presidencialismo mexicano, hizo lo que mejor ha sabido hacer desde siempre. Esto es, hacer prevalecer los intereses del Ejecutivo en turno, manteniendo cohesionados por la fuerza y/o la estrategia, intereses muy disimiles entre sí, en una misma lógica: consolidar la fuerza de la coalición gobernante, a través de las directrices dictadas desde Palacio Nacional. Lo que terminó prácticamente pulverizando y/o nulificando a la oposición.


Sin embargo, lo ocurrido esta semana ha terminado precipitando, algo que ya se veía venir hace tiempo; la creciente tensión de intereses al interior de la coalición gobernante, aunado al cambio de liderazgo en el movimiento político de Morena, –porque no es lo mismo Claudia que Andrés Manuel; la lección es contundente: las diferencias en el estilo personal de gobernar cuentan, y mucho–, lo que ha derivado en que la sinergia operativa de la coalición y su acompañamiento con el Ejecutivo, no se pueda como en el sexenio anterior, dar por descontado. Algo que no debe sorprender a nadie. Porque claro, ni el PVEM, ni el PT, tenían la más mínima intención de aprobar un cambio en el diseño institucional del sistema electoral, cuando el mismo toca la piedra angular de su propia situación en el equilibrio de poder, la llamada representación proporcional.


Un mecanismo por demás criticado, porque en la práctica, ha servido para permitir la prevalencia de partidos pequeños, que sirven para consolidar los intereses del gobierno en turno. Pero que aún con sus insuficiencias e imperfecciones, fue la piedra angular que posibilito la transición a la democrática, ya que dio la posibilidad de ver que llegaran a los circuitos de poder, nuevos partidos políticos. Lo que convirtió la política de un “juego de suma cero”, en que quien ganaba, se lo llevaba todo, en tanto que la posible oposición, no tenía siquiera voz.


Lejos de lo que el propio gobierno federal ha querido hacer ver, la cuestión no se reduce a una cuestión de gastar menos y/o simplificar estructuras para eficientar su accionar. La medida como tal, tiene fuertes implicaciones sobre la composición del poder. Porque redefine la posición que se ocupa, como también y/o fundamentalmente, quién participa o no. Que vamos, nadie quiere quedar fuera de la repartición de poder y/o de la repartición del presupuesto público. Como se escucha que se dice en la calle, si la ideología los divide, sus intereses por participar del presupuesto, les une a todos por igual. Haber aprobado la reforma, habría significado no un simple cambio de reglas, sino terminar alterando los intereses estratégicos de todos por igual, incluidos los aliados del propio Morena.


En ese sentido, está fuera de toda duda que para el actual gobierno federal, el INE sigue siendo para efectos prácticos, el último dique de contención legal-institucional a la inercia de concentración de poder que Morena viene mostrando desde que se hizo con el control del Ejecutivo tras la llegada al poder de López Obrador en 2018. Por lo que es de esperar que cualquier modificación al sistema electoral, termine levantando fricciones y convirtiéndose en campo de disputa.


Ello no quita de decir que no son pocas las voces que se han pronunciado en el sentido de que sabedores de que la reforma no pasaría, Morena y/o la propia Sheinbaum, han terminado utilizando la coyuntura, para “pasar lista”, e identificar las canicas con las que genuinamente se cuenta, con la mira puesta sobre las elecciones intermedias de 2027, e incluso sobre las de 2030. De ahí que no fuera extraña la idea de un plan alternativo, o “Plan B”, con, que le permitiera a Morena, terminar consolidando los intereses del Ejecutivo federal, impulsando cambios en las leyes secundarias. Una posición para la que basta con una mayoría simple.


Lo que haría de la aparente derrota coyuntural, un modo práctico y/o muy eficiente de establecer con quién se cuenta o no. Escenario en cuyo caso, sería de esperarse que tras el pasar de lista, termine sobreviniendo una purga. Tiempo al tiempo, pero algo por demás evidente, es que la venganza, es un plato que se come en frío. Algo sobre lo que ya en otras oportunidades me he pronunciado, porque el fondo de la cuestión para el Ejecutivo federal actual, es que le urge dar un golpe de timón para terminar de consolidar su posición. Que si, que la moneda sigue en el aire, y que en política todo puede cambiar de un momento a otro, ni hablar. Pero al margen de la algarabía de la oposición, que quiso capitalizar la cuestión como una derrota contundente del Ejecutivo, lo ocurrido pone en perspectiva, algo por demás interesante: el margen de maniobra de la oposición se encuentra en buena medida condicionado a las propias tensiones entre el bloque gobernante, habrá púes, que estar pendientes de lo que tales actores terminan o no resolviendo.

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