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Ágora: San Luis Potosí: El sacrificio del peón y el jaque a la capital

hace 1 minuto
7 min de lectura

San Luis Potosí: El sacrificio del peón y el jaque a la capital.

 

Por: Mtro. Emanuel del Toro.

 

“Un príncipe prudente debe saber, cuando tenga la oportunidad, fomentarse con astucia alguna enemistad para que, al aplastarla, resulte mayor su grandeza”.— Nicolás Maquiavelo, El Príncipe.

 

En la alta política mexicana, el desierto potosino siempre ha sido un laboratorio de tempestades políticas. Quienes leen el proceso de repliegue de Gerardo Sánchez Zumaya a la contienda del Partido del Trabajo (PT) —anticipado en los pasillos antes de plasmarse en el papel— como un simple aislamiento parroquial, ignoran la física elemental del poder centralista: en este país, las casualidades cronológicas no existen. El repliegue del controvertido empresario ocurre apenas un suspiro después de que la presidente Claudia Sheinbaum pisara suelo potosino. Para decirlo claramente: las visitas presidenciales rara vez son para inaugurar asfalto; son, por definición, el espacio litúrgico donde se dictan los laudos, se recalculan los costos de la gobernabilidad nacional y se sellan los destinos políticos que los comunicados oficiales apenas alcanzan a registrar horas más tarde.

 

El nudo gordiano de San Luis Potosí radica en una colisión de intereses aparentemente irreconciliables. Por un lado, la obsesión dinástica de Ricardo Gallardo por heredar la gubernatura a su esposa, la senadora Ruth González Silva —una postura inamovible donde el Verde local ya descartó cualquier otra carta o posibilidad de coalición si ella no encabeza—; por el otro, la inflexible directriz de "no nepotismo" que la titular del Ejecutivo federal ha elevado a rango de dogma moral en la construcción de su segundo piso. Para la Ciudad de México, el Partido Verde es un aliado legislativo indispensable en el Congreso de la Unión, pero el feudo local de Gallardo se ha vuelto un costo reputacional alto. Es en esa grieta donde Sánchez Zumaya intentó edificar su fortaleza, asumiendo la Coordinación Estatal de Afiliación del PT para presentarse como el único ariete dispuesto a confrontar el aparato estatal. Sin embargo, en el juego de las prioridades federales, un empresario con flancos jurídicos abiertos siempre será la pieza más fácil de sacrificar en aras de una tregua mayor.

 

La narrativa oficial habla de "circunstancias personales", un elegante eufemismo que en la política mexicana suele llevar el número de un expediente judicial o el amago de un congelamiento de cuentas. Los operadores de Zumaya insisten en que "todo sigue igual" y confían en que el deslinde es sólo una finta táctica para colarse, a la fuerza, en la encuesta interna de Morena. Es una hipótesis audaz, pero cojea de realismo. Adentrarse en los intestinos de Morena sin una estructura partidista propia expone a Zumaya al histórico dilema del perro de las dos tortas: un veto cupular en la Ciudad de México lo dejaría desarmado, entregando la plaza a una dirigencia guinda que hoy prefiere la simulación de encartar al rector Alejandro Zermeño, —atrapado en la diplomacia de la necesidad presupuestal de la UASLP—, antes que dar una batalla real en el territorio. Por lo que incluso podría terminar encuadrando a cualquier otro perfil de menor calado, como por ejemplo Elí Cervantes.

 

Este escenario deja al menos dos cuestiones críticas en el aire: primero, al reservarse la dirigencia nacional la posibilidad de incluir a personas no registradas en la encuesta final, el centro retiene para sí el poder absoluto de designación, normalizando el "dedazo" como un mecanismo regular y no como una excepcionalidad; y segundo, la falta de certeza sobre el carácter definitivo de quien resulte elegido refuerza la sospecha de que el gobierno federal se reserva el derecho de imponer la dinámica final a Morena en San Luis Potosí, subordinando la plaza a los acuerdos de la capital.

 

Es precisamente en este escenario de vacíos donde la "bajada" de Zumaya termina por activar un efecto dominó que apunta directo al palacio municipal de la capital, el último reducto de resistencia real que la oposición tradicional pretende conservar y plataforma desde la cual Enrique Galindo Ceballos ha comenzado a proyectar su abierta aspiración por la gubernatura. Sea cual sea la interpretación de la retirada de Zumaya, el verdadero damnificado colateral de esta movida es el proyecto estatal del alcalde capitalino.

 

Aquí es donde el aparente bandazo discursivo de Zumaya cobra una lucidez quirúrgica. Quienes observaron con extrañeza cómo el empresario pasó de golpear exclusivamente al gobernador Gallardo a abrir, de pronto, un frente de ataque contra el propio Galindo, pueden ahora dar por descontado que han hallado la pieza que faltaba. Ese doble golpeteo fue el peaje de entrada exigido por la cúpula guinda: para ser digerible en Morena, Zumaya debía transitar de ser un factor de inestabilidad para la alianza oficialista a convertirse en un ariete utilitario encargado de minar al verdadero enemigo del régimen en el estado.

 

Si el deslinde del PT es el preámbulo para despresurizar la pugna por la gubernatura, el verdadero golpe de timón de la Ciudad de México apunta a la joya de la corona municipal. La reciente reactivación de Juan Carlos Valladares como la carta fuerte del Partido Verde para disputar la alcaldía de la capital —encabezando ya las mediciones internas del Tucán— termina por configurar el escenario de asfixia contra Enrique Galindo. El punto está en que el alcalde capitalino basa toda su viabilidad electoral en el monopolio del voto de las clases medias, los sectores industriales y el empresariado de abolengo que ve con horror los modos del gallardismo. Al emerger una figura como Valladares —un empresario de su propio círculo, dócil al sistema pero bendecido por la élite económica—, el tanque de oxígeno de Galindo se somete a una presión inédita.

 

Sin embargo, la física electoral potosina contempla una variable que podría arruinar los cálculos de Palacio Nacional: el voto cruzado. Las clases medias y el empresariado de abolengo, militantemente anti-gallardistas, bien podrían operar con una pragmática esquizofrenia en las urnas: entregarle su voto a Valladares para la alcaldía por afinidad de clase y para apoyar al amigo, al tiempo que sufragan por Galindo para la gubernatura como el único dique de contención real y ataque directo contra el régimen estatal. De ocurrir este escenario, la carambola del Tucán se quedaría a medias; capturarían el palacio municipal, pero dejarían intacto el caudal de votos urbanos que Galindo requiere para su aventura estatal. Al final, la aparente derrota de Zumaya en el estado abre un juego donde el votante de la capital tiene la última y más impredecible palabra.

 

Hoy como fuera antaño, San Luis Potosí demuestra, una vez más, que las transiciones locales nunca se deciden en las plazas municipales, sino en el frío cálculo de los despachos de la capital del país. De momento las piezas se han movido y los peones han sido retirados. Al parecer, en el pragmático tablero potosino, la pureza ideológica y el arraigo popular siempre serán mercancías de descuento cuando se trata de pactar una paz conveniente. En esta mesa, la única certeza es que mientras algunos juegan al ajedrez, otros siguen creyendo que la política se resuelve contando credenciales de plástico, cuando en cuestión de votos, no hay verdad más cruda que aquella que dice que en política, para que cuenten, las canicas tienen que ser reales y constantes, no meros cuentos chocolateros o ensoñaciones personales caciquiles.

 

Habrá que ser cautos y ver qué ocurre en los próximos días. Porque si alguien sabe jugar esos juegos de bandas cruzadas —y cuenta con el capital, la estructura y los recursos de la caja capitalina para blindar su feudo—, el propio Galindo Ceballos se pinta solo. No es, pues, momento para que los aplaudidores del gobernador celebren una victoria prematura ni den por descontado el control de la joya de la corona. En este tablero potosino, el dinero y los aparatos se miden al milímetro; el régimen ha movido sus piezas con astucia centralista, pero la resistencia urbana de la capital tiene la chequera y los colmillos suficientes para sostener el jaque. La moneda sigue en el aire.

 

Glosas del Poder

 

Desde la Ciudad de México: La tiranía de la encuesta fantasma. En las oficinas de Bucareli y el búnker guinda de la capital del país se sonríen cuando los comités locales apelan a la "democracia interna". La instrucción central para las plazas del interior es tajante: las encuestas no son para medir voluntades, sino para justificar veredictos tomados con antelación. La inclusión de la cláusula para registrar a candidatos de última hora es el botón de emergencia que Palacio Nacional mantendrá oprimido hasta el último segundo. Si la plaza potosina no se alinea al guion metropolitano, el manotazo llegará con el membrete de "consenso cupular". El centralismo no tiene ideología, tiene intereses.

 

Desde el estado (San Luis Potosí): El costo del orgullo verde. En el palacio de gobierno estatal insisten en que el proyecto de la senadora Ruth González Silva es innegociable y que el Verde puede caminar en solitario sin requerir el auxilio de las siglas guindas. Sin embargo, en política la soberbia suele cobrarse en la ventanilla de la fiscalización federal. La bajada de piezas incómodas de la escena pública no detiene las revisiones de las carpetas que duermen en los despachos de la capital del país. Quienes celebran el repliegue de los flancos disidentes olvidan que, en la física del poder, un aliado que se vuelve demasiado caro o ruidoso termina siendo más peligroso que un enemigo declarado.

 

Desde la capital (San Luis Potosí): El dilema del club de golf. La sola mención de Juan Carlos Valladares como puntero en las mediciones del Tucán para el ayuntamiento capitalino ha encendido las alertas en los exclusivos fraccionamientos de la capital. Las familias de abolengo y el empresariado potosino se enfrentan a un espejo incómodo: la posibilidad de entregarle las llaves de la ciudad a un hombre de su propio círculo, pero bajo las siglas de una franquicia que rechazan visceralmente. Mientras Galindo teje su red para la aventura estatal, la élite urbana debate si la afinidad de clase pesa más que el agravio político. El voto cruzado ya no es una hipótesis de pizarrón; es la conversación de sobremesa en la capital.

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