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Ágora: Morena contra Morena: La física de la implosión

hace 54 minutos
6 min de lectura

Morena contra Morena: La física de la implosión

 

Por: Mtro. Emanuel del Toro.

 

“Un imperio fundado por las armas necesita mantenerse por las armas; pero un movimiento fundado en la fe cede ante la primera sospecha de apostasía.”— Montesquieu.

 

En la arquitectura del poder contemporáneo, la máxima de que la oposición es el principal enemigo del régimen ha quedado obsoleta. Tras consolidar una hegemonía territorial y legislativa casi absoluta en la totalidad del país, el movimiento guinda ha ingresado a esa peligrosa fase donde las amenazas externas son meras anécdotas periféricas. Hoy por hoy, la única fuerza capaz de neutralizar, desgastar o despedazar a Morena es Morena misma. La física política es implacable: cuando un cuerpo político se expande sin contrapesos al exterior, la presión se traslada irremediablemente hacia el interior, preconfigurando una crisis que se veía venir desde el momento en que el pragmatismo electoral sepultó a la ortodoxia ideológica.

 

El síntoma más nítido de esta dolencia institucional se observa en el complejo proceso de definición de los 17 coordinadores estatales de la Defensa de la Transformación. Quien lea tales nombramientos como simple trámite burocrático ignora el verdadero mapa de las tensiones internas. Bajo el eufemismo de la "coordinación", lo que en realidad se ha disputado es el control de las arterias del movimiento: las estructuras territoriales, el padrón de lealtades y la llave para las futuras candidaturas. El nudo de este conflicto radica en un cisma silencioso pero profundo entre los sectores del obradorismo originario, custodios del dogma moral y fundacional, y los grupos de alineación pragmática que responden a la lógica de consolidación de la dirigencia nacional y el segundo piso de la transformación.

 

Esta compleja ingeniería del voto demuestra que las encuestas del partido, más que un reflejo nítido del clamor popular, han operado como un sofisticado algoritmo de ponderación política, dejando en el camino a los perfiles que los corrillos políticos daban por naturales. El desbancamiento de la senadora con licencia Andrea Chávez Treviño en Chihuahua a manos de Cruz Pérez Cuéllar, o la unción de Manuel Alejandro Cota Cárdenas en Baja California Sur por encima de la alcaldesa Milena Quiroga —pese a que esta última la superaba en conocimiento popular—, evidencian que el centro evalúa con métricas distintas a las de la calle. Lo mismo ocurre en Sonora con Lorenia Valles Sampedro, quien superó metodológicamente a una Célida López más posicionada en el territorio, o en Tlaxcala, donde Ana Lilia Rivera Rivera se impuso sobre Alfonso Sánchez.

 

La dirigencia nacional ha defendido a rajatabla que un mayor nivel de conocimiento no se traduce necesariamente en una opinión favorable. El argumento es técnicamente viable, pero políticamente endeble o de consecuencias inciertas. Al priorizar el puntaje interno y los equilibrios cupulares por encima del arrastre popular inmediato, el centro ha sembrado la semilla de la desafección en el territorio. Es en este juego de equilibrios donde el pragmatismo de la capital ha tenido que pagar el peaje más alto, cediendo valiosas posiciones al Partido Verde Ecologista de México (PVEM). El tucán no sólo estiró la liga, sino que se quedó con el botín en posiciones clave del mapa nacional. Mientras el Partido del Trabajo (PT) quedó completamente marginado con cero coordinaciones, el Verde logró imponer sus condiciones y colocar perfiles orgánicos o plenamente afines en al menos tres bastiones estratégicos rumbo al 2027: Baja California Sur con el propio Cota Cárdenas, Nayarit —donde Morena entregó la plaza a la senadora con licencia Jasmine Bugarín Rodríguez—, y Quintana Roo, donde el control verde se consolida con el senador Eugenio Segura.

 

En contraste absoluto, San Luis Potosí emerge bajo una narrativa peculiar. La aparente ruptura central que obliga a Morena a competir en solitario y la designación "por consenso" de Elí César Cervantes Rojas, —un perfil institucional que ni siquiera figuraba en la baraja de los aspirantes registrados—, ha comenzado a levantar suspicacias en la militancia local. Quienes ven en este movimiento un manotazo centralista para acotar el feudo de Ricardo Gallardo pecan de ingenuidad. En los pasillos políticos potosinos se lee una verdad mucho más cínica: lejos de ser un ariete de confrontación, la unción de una figura de bajo calado mediático parece una maniobra quirúrgica diseñada precisamente para no incomodar al gallardismo, evitando un choque de trenes real con el gobernador.

 

Para la historia política local, el guion resulta peligrosamente familiar. La base militante de Morena ya experimentó en carne propia la simulación en 2021 con la candidatura de Mónica Rangel, una imposición cupular ajena al movimiento que no sólo provocó la desafección de las bases, sino que terminó pavimentando el camino para que el Verde capturara el estado con apenas resistencia de la izquierda oficial. Replicar el escenario de colocar un "candidato de sacrificio" en el altiplano potosino expone un pacto de no agresión implícito con la capital.

     

Es aquí donde la física electoral contempla una variable que podría arruinar los cálculos de Palacio Nacional: el voto cruzado en un escenario de potencial abstencionismo. Al retirar al perfil más competitivo e incómodo en la zona urbana, Gerardo Sánchez Zumaya, surge la interrogante de a quién beneficia realmente este aparente repliegue. Si bien una parte de la comentocracia asume que desinflar a Morena mediante el bajo perfil de Cervantes es una concesión directa para mantener la paz con "El Pollo" Gallardo, el bumerán centralista podría activarse en el territorio y terminar frustrando sus intenciones.

 

La pragmática esquizofrenia de las clases medias urbanas potosinas y de la base militante desencantada encuentra en este vacío el caldo de cultivo ideal. En una elección fría y de baja participación, donde la estructura dura lo es todo, restarle competitividad real a la marca Morena en el estado no fortalece en automático al Verde, sino que le despeja la ecuación a la resistencia de la oposición tradicional. El votante anti-gallardista, huérfano de un ariete guinda de peso, bien podría cruzar su boleta en las urnas; un escenario donde el beneficiario final de la audacia centralista no sería el pacto con el gobierno estatal, sino el propio Enrique Galindo Ceballos, facilitándole el camino rumbo a la gubernatura en 2027.

 

Estas fracturas locales no son hechos aislados; amenazan la cohesión de la alianza oficialista a nivel general. La exclusión de los perfiles del PT ha tensado la liga al límite, desatando advertencias explícitas de sus liderazgos sobre el costo que tendrá para la mayoría calificada el menosprecio a su peso territorial. Mientras la cúpula centralista minimiza el amago argumentando que la oposición "se quedará con las ganas" de ver una ruptura, la base militante percibe estas imposiciones y cesiones al Verde como un agravio directo a la democracia interna. El riesgo real de obligar a las estructuras a caminar con perfiles que en ocasiones apenas rozan el conocimiento de la mitad de su población, —como ocurre con Santiago Nieto en Querétaro o Clara Luz Flores en Nuevo León—, no es un éxodo masivo, sino el flagelo de los "brazos caídos" y la simulación territorial. Si las canicas no se operan con una finura quirúrgica que respete los pesos específicos locales, el canibalismo interno terminará por hacer el trabajo que la oposición tradicional simplemente ya no puede articular. La moneda, una vez más, sigue en el aire.

 

Glosas del Poder.

 

Desde la Ciudad de México: El algoritmo de la obediencia. En el búnker de la dirigencia nacional guinda y en los despachos del segundo piso de la capital, el pragmatismo ha sepultado cualquier vestigio de romanticismo militante. El reparto de las 17 coordinaciones estatales dejó una lección de fría aritmética: al Partido Verde se le extendió la alfombra roja en Nayarit, Quintana Roo y Baja California Sur para amarrar la disciplina legislativa en el Congreso de la Unión, mientras al Partido del Trabajo se le aplicó un ayuno absoluto. La narrativa centralista insiste en que las encuestas internas miden "atributos metodológicos" y no simple popularidad callejera, un elegante malabarismo retórico para justificar por qué los punteros históricos fueron desbancados por perfiles dóciles al sistema. En la capital del país lo tienen claro: se prefieren soldados disciplinados en el territorio que generales populares con agenda propia.

 

Desde el estado (San Luis Potosí): El pacto del avestruz. Quienes esperaban que la unción de la coordinación morenista en el estado fuera el preludio de una declaración de guerra total contra el gallardismo han pecado de una soberana ingenuidad. La designación "por consenso" de Elí César Cervantes —un perfil meramente institucional que transitó por debajo del radar de las pasiones locales— es leída en los corrillos políticos potosinos como una calculada bandera de tregua al Palacio de Gobierno. Al replicar el viejo libreto de 2021, el centro parece operar un pacto implícito de no agresión: colocar un candidato de bajo calado mediático para simular una contienda oficialista en solitario, mientras por debajo de la mesa se evita incomodar al feudo del tucán. En el ajedrez potosino, la pureza ideológica de las bases vuelve a ser la mercancía de descuento para comprar una paz conveniente con la capital del país.

 

Desde la capital (San Luis Potosí): El bumerán de la fría trinchera. El cálculo cupular de desinflar la marca Morena en el estado retirando los perfiles de alto voltaje podría terminar activando una peligrosa carambola electoral en la zona urbana. Las clases medias y el empresariado militantemente anti-gallardista observan el vacío de la izquierda oficial como una oportunidad dorada de pragmatismo. En un escenario de potencial abstencionismo y baja participación donde la estructura urbana lo es todo, el fantasma del voto cruzado ha dejado de ser una simple especulación de sobremesa. La orfandad de un ariete guinda competitivo en la capital no empuja los votos hacia el Verde, sino que le despeja la ecuación matemática a la trinchera municipal de Enrique Galindo Ceballos, convirtiendo el pretendido repliegue de Morena en el tanque de oxígeno ideal para blindar la resistencia de cara a la gubernatura en 2027.

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