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Ágora: La herencia repudiada: Identidad, orfandad y la pulsión autoritaria

  • hace 35 minutos
  • 5 min de lectura

La herencia repudiada: Identidad, orfandad y la pulsión autoritaria


Por: Mtro. Emanuel del Toro.

"El mexicano no quiere ser ni indio, ni español. Tampoco quiere descender de ellos. Los niega. Y no se afirma en tanto que mestizo, sino como abstracción: es un hombre. Se vuelve hijo de la nada. Él empieza en sí mismo." — Octavio Paz

Resulta un desvarío intelectual, por no decir una contradicción inaceptable en términos lógicos e históricos, pretender que nos afirmemos en una idea de identidad nacional independiente y genuinamente orgullosa de su sustrato cultural, cuando se asume como premisa que, para lograrlo, es preciso desconectarnos de la mitad de todo aquello que identitariamente nos compone y nos define. Asistimos en la actualidad a un reduccionismo histórico sumamente peligroso: la exigencia de amputar el gen hispánico que dio origen a México, fundamentada en el reclamo anacrónico de que dicha incorporación se basó en la desactivación beligerante de la hegemonía política y militar que regía a la llegada de los europeos a América.


Juzgar los procesos de conquista del siglo XVI con los códigos éticos del siglo XXI no es un ejercicio de justicia histórica, sino un error metodológico de proporciones mayúsculas. Observar esta realidad no es producto de un deslumbramiento peninsular, de una alienación cultural o de un malinchismo mal asimilado. Es, sencillamente, el reconocimiento pragmático e ineludible de que nada bueno puede germinar de un malsano extremismo dedicado a cultivar identidades nacionales esquizoides. Son estas patologías de la memoria las que insisten en mantenernos perpetuamente agraviados, encabronados y, sobre todo, divididos.


Este malestar no es una exclusividad mexicana; es una dolencia compartida a lo largo y ancho del continente. Nos guste o no admitirlo, la negación de nuestra dualidad primigenia es una tara latinoamericana. Por eso resulta imperativo afirmar que ser latinoamericanos y jactarse de ignorar, o peor aún, de repudiar la historia de España, conlleva el lamentable corolario de desconocer la mitad de nuestra propia historia nacional. Los hilos de la administración virreinal, las instituciones jurídicas, el idioma, la cosmovisión religiosa y hasta los vicios burocráticos que hoy padecemos, tienen su espejo al otro lado del Atlántico. Negar a España es negarnos a nosotros mismos; es mirar el reflejo en el agua y golpear la superficie porque no nos agrada la mitad del rostro que nos devuelve.


Sin embargo, las consecuencias de esta esquizofrenia identitaria van mucho más allá del mero debate académico o del discurso retórico de los gobernantes en turno. Esta fractura tiene implicaciones profundas y palpables en nuestra sociología política y en la configuración de nuestras instituciones sociales. Sólo en un país donde su identidad nacional se ha fundamentado —tanto discursiva como políticamente hablando— en el paradigma de la orfandad paterna y de la bastardía, se pueden entender los fenómenos de radicalización contemporánea que hoy nos sacuden.


Tomemos como ejemplo el feminismo radical. La virulencia y la profundidad con la que este movimiento ha recalado actualmente en México no pueden explicarse únicamente por la (muy real y lacerante) crisis de violencia de género o por la importación de teorías sociológicas foráneas. Su tracción en nuestro país encuentra un terreno insólitamente fértil precisamente porque resuena con esa herida histórica fundacional. En una nación que se asume a sí misma como hija del abuso, donde la narrativa oficial ha instaurado al "padre" (el conquistador, el europeo, la autoridad) como una figura inherentemente violenta, ilegítima y abusiva, el rechazo absoluto a la estructura patriarcal adquiere dimensiones de una revancha histórica. La lucha contra el patriarcado se empalma, en el inconsciente colectivo, con la rabia no resuelta de nuestra propia bastardía conceptual.


Y es aquí donde arribamos a la consecuencia más trágica y políticamente costosa de nuestro trauma identitario. El paradigma de la orfandad nos ha dejado cívicamente mutilados. Al rechazar la madurez que implica integrar nuestros orígenes —con sus luces y sus formidables sombras—, la sociedad mexicana se ha mantenido en un estado de minoría de edad perpetua. Y un pueblo que se siente huérfano, invariablemente busca un padre.


De ahí se desprende la fascinación cuasi enfermiza, casi atávica, que tenemos por entronizar gobiernos de corte autoritario. En el fondo, la psique nacional, temerosa y fracturada, clama por la figura de un patriarca severo. Toleramos, y a menudo aplaudimos, los liderazgos paternalistas y extremadamente controladores porque vienen a llenar el vacío de esa figura tutelar que nuestra historia oficial nos ha enseñado a odiar, pero que nuestra estructura emocional sigue demandando. El caudillo, el tlatoani moderno, el presidente todopoderoso no es más que el síntoma político de nuestra incapacidad para asumirnos como ciudadanos adultos y plenos, herederos de una cultura mestiza compleja, dolorosa, pero innegablemente rica.


Mientras sigamos alimentando el resentimiento como política de Estado y la división como estrategia electoral, seguiremos siendo presas fáciles de los populismos que lucran con nuestras carencias emocionales. La verdadera emancipación nacional no llegará a través de la exigencia de disculpas centenarias ni de la destrucción de monumentos, sino de la aceptación valiente de lo que somos: una síntesis histórica irrenunciable. Sólo el día en que reconciliemos las dos mitades de nuestro ser, dejaremos de buscar padres sustitutos en el Palacio Nacional y comenzaremos, por fin, a construir una verdadera república de ciudadanos.

Glosas del Poder


Ciudad de México: El fantasma del 27 y el fomento de la orfandad. En los pasillos de Palacio Nacional y en el búnker de la dirigencia nacional de Morena, la instrucción para la segunda mitad del sexenio es clara: redoblar la narrativa de la polarización. De cara a las elecciones intermedias de 2027, los estrategas del partido oficial saben que el desgaste natural del ejercicio del poder comienza a pasar factura. Por ello, no es casualidad que desde la tribuna presidencial se preparen nuevos embates discursivos basados en agravios históricos y nacionalismos de vieja escuela. Tal como dicta la pulsión autoritaria, ante la falta de resultados estructurales a corto plazo, la maquinaria gubernamental optará por seguir alimentando esa "orfandad" ciudadana, erigiéndose como el único tutor válido frente a los "enemigos" de la nación. La campaña no será sobre el futuro, sino sobre quién capitaliza mejor los resentimientos del pasado.


San Luis Potosí: El caudillo local y su sucesión. A nivel estatal, el reloj de arena ha comenzado a vaciarse para la administración de Ricardo Gallardo Cardona, y la efervescencia por la candidatura del 2027 ya no se puede ocultar bajo la alfombra del Palacio de Gobierno. Fiel al estilo del "tlatoani moderno" que centraliza absolutamente todas las decisiones, el mandatario estatal mantiene bajo un estricto control a sus "corcholatas" locales del Partido Verde y de Morena. En este juego de espejos, el gallardismo busca garantizar una herencia política sin rupturas, exigiendo lealtad ciega a quienes aspiran a la unción. La verdadera interrogante en Plaza de Armas no es quién tiene el mejor proyecto para el estado, sino quién le garantiza al actual patriarca potosino la tranquilidad de una transición donde él siga moviendo los hilos desde la sombra.


Capital Potosina: La trinchera y la madurez política. Del otro lado de la plaza, en el Palacio Municipal, el alcalde Enrique Galindo Ceballos camina sobre una cuerda floja que cada día se tensa más. Consolidado en su segundo periodo y perfilado de facto como el alfil natural de la oposición (PAN-PRI y lo que queda del desaparecido PRD), para la gubernatura en 2027, Galindo enfrenta el reto de sobrevivir al asedio presupuestal y político del gobierno estatal. Su estrategia tendrá que apelar, precisamente, a esa "mayoría de edad" ciudadana de la que carecen los liderazgos populistas. Si el alcalde capitalino quiere cruzar la plaza con éxito el próximo año, deberá demostrar que la capital puede gobernarse desde la institucionalidad y no desde el berrinche político autoritario, intentando convencer a un electorado potosino que estará sometido al fuego cruzado de dos estilos de ejercer el poder diametralmente opuestos.

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