Ágora: El doble rasero del deseo – El secuestro ideológico de la ética relacional
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El doble rasero del deseo. – El secuestro ideológico de la ética relacional.
Por: Mtro. Emanuel del Toro.
"El desprecio es la sutil soga con la que el vanidoso estrangula la cordura de quien le ama; y ante la crueldad disfrazada de inocencia, la única respuesta digna de un espíritu libre es la soberana frialdad del abandono absoluto." — Friedrich Nietzsche
La cultura contemporánea ha edificado una de las asimetrías morales más perversas, cínicas e intelectualmente deshonestas de la historia de las relaciones humanas. Bajo el manto de un discurso de empoderamiento malentendido y validado por la inmediatez de las redes sociales, se ha normalizado un blindaje conceptual que exime a la mujer de cualquier responsabilidad ética en el matrimonio y/o el noviazgo, mientras se condena al hombre a un estado de culpabilidad por defecto. Si desnudamos la realidad de la infidelidad y el mercado del deseo de sus adornos políticos, lo que queda es una verdad descarnada: hoy en día, las acciones no se miden igual ni en el tribunal de la sociología moderna, ni en el implacable tablero de la psicología evolutiva.
El relato dominante ha creado un mito peligroso: la premisa de que la mujer es un ser de luz incapaz de emitir señales con malicia relacional. Bajo esta lógica –amparada en el llamado Choice Feminism–, cualquier conducta desinhibida, coqueta o explícitamente provocativa por parte de una esposa o novia para con otros hombres, es etiquetada automáticamente como "autoexpresión libre e inofensiva", que no busca supuestamente provocar a nadie. El caso es que si el esposo o pareja se incomoda ante el descaro para con otros, la maquinaria del gaslighting relacional se activa de inmediato. El problema, le dicen, no es la señal erótica que ella envía a sabiendas del efecto que causa; el problema es la mirada de él, su "inseguridad loca" o sus "celos patriarcales".
Aquí radica la gran estafa moral del "yo no hice nada, salvo ponerme linda pero para mí misma". Se utiliza el enorme poder del "capital erótico" –concepto acuñado por la socióloga Catherine Hakim para definir la mezcla de belleza, sex appeal, gracia social y vestuario–, para obtener un subidón narcisista de dopamina y validación a través de extraños o de "amigos en órbita", es decir aquellos que con la excusa de seducirla, o tener alguna chance, –por mínima que sea de intentarlo–, les da por jugar a ser amigos de la chica. Pero se finge demencia e ingenuidad para evitar el costo de la responsabilidad en la pareja. Es una manipulación deliberada que la psicología profunda vincula a la promiscuidad del ego: la necesidad neurótica de ser el centro del universo erótico de una multitud a expensas de la paz mental del compañero. Peor aún, cuando la infidelidad se materializa, el discurso contemporáneo corre a otorgar un cheque en blanco a la mujer con el eterno cliché de "me descuidaste emocionalmente y alguien que si parece preocuparse de mis necesidades emocionales más apareció". Se asume de inmediato que la traición femenina es un acto místico de dolor emocional empujado por las faltas del marido, nunca algo que se viva a título propio por el impulso de querer cosas fuera de todo correctísmo político, por el simple cinismo crudo de quererlo.
Sin embargo, el tribunal social cambia radicalmente de guion cuando el protagonista es el hombre. Para él no existen los atenuantes. Si un hombre es infiel, la conclusión de la masa es el reduccionismo animal: seguro fue que lo hizo por puro placer sexual, por sumisión o falto de carácter, o por patán. La cultura se niega rotundamente a concebir la idea de un hombre roto, devaluado y emocionalmente desnutrido en su propio hogar, por lo que más destruye vidas: la propia rutina y/o la monotonía existencial de una vida donde no se le reconoce su esfuerzo, o se lo da por descontado. Se invisibiliza el dolor más humano y profundo de un esposo que es tratado con desdén crónico, que es mirado hacia abajo por una pareja que se cree moralmente superior y que vive una castración afectiva total. La psicología real demuestra que millones de hombres caen en la infidelidad no por la entrepierna, sino por un hambre atroz de la admiración, el respeto y la dulzura que les fueron retirados en casa como método de castigo silencioso. Pero en la economía de la empatía actual, el corazón del hombre simplemente no cotiza.
Esta hipocresía cultural choca de frente con las leyes inmutables de la biología y la escasez de mercado. Para decirlo con todas las palabras y sin ningún correctísmo político de por medio, abrir el mercado del deseo para una mujer atractiva, no requiere maestría ni genialidad alguna, como es el caso de los hombres; sencillamente le basta con declarar su disponibilidad para que la naturaleza haga el resto. Lo digo así, porque de común cuando estos y otros temas parecidos son puestos sobre la mesa de la discusión pública, nunca faltan las mujeres que reaccionan muy ofendidas sólo por decir las cosas como son; pero como siempre digo, uno no inventó el juego, únicamente ha tenido la insolencia de decir las cosas en voz alta, y eso en una sociedad como la nuestra, tan llenas de mitos y tabúes moralizantes que exigen callar las verdades más incómodas y/o suavizarlas en el nombre de lo políticamente correcto, con frecuencia se paga caro. Porque una sociedad acusa más airadamente a quien la desnuda y la describe, que a quien participa de ella a manos llenas, haciendo suyos sus supuestos y premisas más indigestos y/o humillantes.
Confundir esa facilidad de acceso con un "logro de empoderamiento de género", o una "conquista de seducción personal", es ridículo; es el equivalente a presumir que puedes conseguir agua estando en el medio de un río caudaloso. Para el hombre, en cambio, el éxito en la seducción es un indicador directo de competencia, carisma y estatus en la jerarquía, pues el filtro de selección que debe superar es infinitamente más alto; por eso se escuchaba más antes aquello de que: Una cerradura que se abre con cualquier llave es una mala cerradura, pero una llave que abre cualquier cerradura es una llave maestra; la sabiduría popular es cabrona, porque pone en palabras muy sencillas, realidades más que palpables. Para el caso, usar esa asimetría biológica tan injusta como un arma para torturar psicológicamente al esposo y luego culparlo por su sufrimiento es, despojado de toda retórica, un acto de pura crueldad relacional. Es dispararle a alguien que está desarmado y luego presumir de tener excelente puntería.
Los datos a nivel mundial respaldan esta destructiva realidad. Una macro-investigación transcultural que abarcó 160 culturas distintas, reveló de forma contundente que la infidelidad conyugal es la causa número uno de ruptura y divorcio en todo el planeta. El daño no es un invento de hombres "inseguros": la ciencia demuestra que destruye el bienestar emocional, desatando cuadros severos de depresión clínica y un colapso de la autoestima. Asimismo, la trampa del "coqueteo inocente" o las "atenciones de amistad" en línea queda desmantelada por las estadísticas del Institute for Family Studies (IFS) en EE. UU., las cuales demuestran que el 76% de las personas adultas, considera que mantener una relación emocional secreta en la vida real constituye una infidelidad flagrante, y el 72% afirma exactamente lo mismo sobre los vínculos secretos en el entorno digital. El "hacerse la tonta y/o el que no sabía o no se daba cuenta" en redes sociales no es una zona gris; es traición tipificada por la psicología de masas.
Cuando un matrimonio o relación se infecta con este juego de provocación y desprecio, entra en la fase terminal. El renombrado terapeuta de parejas e investigador Dr. John Gottman, tras décadas de observación de miles de matrimonios, demostró que se puede predecir el divorcio con una exactitud matemática del 93.6%. El factor predictor número uno, por encima de los problemas de dinero o la incompatibilidad física, es el desprecio. El desprecio es la actitud de mirar al otro desde una posición de superioridad, la burla, la mirada de desdén y la desconexión empática. Una vez que el desprecio se instala y la mujer goza con el sufrimiento o los celos de su esposo, la relación muere biológicamente. No existen segundas oportunidades reales en el mundo clínico para un vínculo donde el verdugo se alimenta del dolor de su víctima.
El matrimonio moderno corre el riesgo de convertirse en un cascarón zombi si los hombres aceptan jugar el papel de sumisos convictos en este circo manipulador. La lealtad en una relación no es un concepto que se moldea según conveniencia política; es el resguardo mutuo de la paz mental y la exclusividad de la energía íntima. Cuando el discurso dominante intenta convencernos de que una mujer puede incendiar el respeto a su pareja "pensando en el bien de los dos" o por "contención emocional a un amigo triste", hay que tener la madurez intelectual y el carácter para llamarlo por su nombre: egoísmo, cinismo y deshonestidad intelectual.
Frente a una cultura que valida la indolencia y premia el sadismo psicológico camuflado de libertad, la única línea de defensa para el individuo con amor propio es la firmeza absoluta de sus convicciones. Un ser humano puede aceptar que es imperfecto y que comete errores, pero jamás debe aceptar que lo pinten de pendejo en su propia vida. Al primer destello de esa manipulación barata que niega el pacto de respeto, la respuesta no es el ruego ni la terapia de sumisión; es trazar un límite de hormigón, retirar el público al teatro del verdugo y tener los pantalones para dar el portazo definitivo y el bloqueo fulminante. Porque al final del día, el tablero de la crueldad solo se rompe por completo cuando uno decide que su dignidad no está en oferta.
Glosas del Poder.
Desde la Capital (CDMX): En San Lázaro, la reforma para tipificar el fraude de paternidad y sancionar penalmente las denuncias falsas está bajo secuestro ideológico. El ala radical del feminismo legislativo la bloquea acusándola de "agenda patriarcal". El pánico de los diputados a ser cancelados mantiene congelada la iniciativa. Prefieren dejar al hombre en la total indefensión jurídica antes que contradecir el dogma dominante.
Desde la Entidad (SLP): En el Congreso del Estado urgen reformas civiles para facilitar la impugnación de paternidad mediante ADN. Sin embargo, la parálisis legislativa impera. Para la narrativa oficialista potosina, exigir certeza biológica o señalar una denuncia falsa es tildado de "violencia digital". La verdad y la justicia se subordinaron al veto de las colectivas que hoy dictan la política local.
Desde SLP Capital: En los juzgados familiares de la capital, el doble rasero judicial es el pan de cada día. Jueces confiesan el pánico que tienen de absolver a un hombre falsamente denunciado o liberarlo de una pensión alimenticia espuria. Saben que si aplican la ley con frialdad científica, los colectivos los crucifican como "machistas". El miedo a la hoguera digital pesa más que la justicia penal.
















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