Ruska: la poesía que nace en el bosque
Por Juan Antonio Sánchez*

Photo Internet
En Finlandia hay una palabra que no se traduce, se ve; y esa palabra aparece cuando el verano cede el paso al viento fresco y la naturaleza experimenta una de sus metamorfosis más deslumbrantes: la Ruska. Lejos de ser un simple cambio estacional, la Ruska es un latido visual, una respiración profunda de la tierra antes de entregarse al gran kaamos. Pero también es un fenómeno cultural, un estado anímico y un momento místico donde los bosques transforman su verde en rojo cobrizo y amarillos dorados. Tal vez de ahí provenga la pregunta que se hizo Pablo Neruda en su libro póstumo Libro de preguntas: «¿Por qué se suicidan las hojas cuando se sienten amarillas?».
En la cultura finlandesa existe una gran conexión con los ciclos naturales; por eso el otoño no se vive como una tragedia, sino como un despliegue de belleza extrema. Los árboles se cubren de un manto de colores justo antes de apagarse, para entrar en una quietud donde se encuentra el tan ansiado y valioso rauha: ese espacio personal y el silencio que ayuda —al igual que las hojas al soltar el árbol— a aceptar el cambio.
La Ruska llega en silencio entre septiembre y principios de octubre. Empieza en el borde del mundo, allá arriba en el norte de Laponia, en Utsjoki, y va descendiendo lentamente como un manto sagrado sobre la península. Durante unas semanas, Finlandia vive lo que Katri Vala escribió de manera excelsa en su poema Otoño:
La tierra sangra oro y escarlata. El bosque se ha vuelto un templo encendido bajo el cielo pálido del norte. Las hojas caen como lágrimas de fuego, un último baile de belleza ardiente antes de que el mundo se vuelva silencio y escarcha.

En Finlandia, durante la Ruska el aire huele distinto; huele a tierra mojada y nadie corre. Se practica el ruskaretki, la excursión de otoño. Se acude a los parques nacionales de Oulanka o de Urho Kekkonen, y a las colinas de Saariselkä. Se recolectan sienet y se recogen los últimos arándanos rojos y el oro de los pantanos, las lakat, antes de que el suelo se congele. Pero, sobre todo, se va a la montaña a sentarse a contemplar esa palabra que se ve y no se oye.
La Ruska le responde a Neruda. Las hojas no se suicidan, tampoco mueren; solo cambian. Su caída es alimento que nutre el suelo que sostendrá al bosque a donde habrán de volver el año próximo.
A diferencia de otras regiones del mundo donde el otoño se asocia con la melancolía o el letargo, la personalidad de la Ruska en Finlandia es vibrante, contemplativa y está profundamente arraigada en el carácter nacional. El jokamiehenoikeus otorga el derecho a que los finlandeses y visitantes se adentren en los bosques para presenciar el espectáculo y, si tienen la suerte de coincidir con una noche clara, ser testigos de la magia completa: el cielo se abre en auroras verdes y moradas sobre un bosque que ya es rojo y dorado. Es un espectáculo inabarcable. Es el momento en que se comprende por qué los finlandeses consideran sagrada la naturaleza y por qué Finlandia es el país más feliz del mundo.

La atmósfera mística de la Ruska ha alimentado durante siglos el folclore de los pueblos fineses y sami, poblando los bosques de historias que explican este inusual esplendor. Antiguamente, se creía que los colores encendidos no eran causados por el frío, sino por las fogatas invisibles que encendían los haltija para calentar la tierra antes de la llegada del largo invierno.
Hoy en día, la Ruska se ha convertido en un motor cultural y turístico que atrae a fotógrafos, escritores, senderistas e incluso a quienes buscan la paz interior.
La Ruska huele a despedida y, por ello, no puede durar. Una noche sopla el viento y al día siguiente las hojas han caído. El bosque queda desnudo, preparándose para los seis meses de nieve blanca. La Ruska nos recuerda las palabras de Risto Rasa:
«Un viento frío cruza el abedul, las hojas caen sin hacer ruido. El mundo se vuelve más pequeño y el bosque guarda silencio para escuchar el invierno...»;
también nos recuerda que el cambio, incluso cuando anuncia la llegada del frío, puede manifestarse con una belleza feroz y poética que hasta al propio Neruda dejaría helado.

Photo internet
Hay que presenciar la Ruska al menos una vez en la vida para entender por qué el alma finlandesa no le teme al invierno, sino que lo abraza con la misma belleza con que las hojas se despiden del sol.
Al final, cuando el último destello cobrizo se apaga bajo la nieve y el bosque se sumerge en su largo sueño, Finlandia nos enseña que la belleza radica en aceptar el cambio. Nos enseña que las despedidas pueden ser hermosas (eso es la Ruska: una despedida hermosa) cuando la promesa consiste en encontrar nuevamente la luz y el sol que todo lo cura.

















.jpeg)




Comentarios