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Evaluar no es sólo medir: debe ser un proceso formativo y continuo, plantea Xóchitl Urista

  • hace 25 minutos
  • 6 min de lectura

 

*“La evaluación debe entenderse como un proceso de aprendizaje que se da durante todo el trayecto y no solamente al final de éste. La ventaja de esto es que, a lo largo del proceso, uno puede tomar decisiones, no hasta el final”, agregó la conferencista.

 

En el marco de las Jornadas Académicas 2026 que realizó la Universidad de Colima, este jueves 2 de julio se impartió la conferencia “Evaluación del aprendizaje en el contexto de las metodologías activas”, a cargo de la maestra Xóchitl Lorena Urista Gutiérrez, docente de la Facultad de Pedagogía desde 2004.

 

Durante su charla, la ponente invitó a las y los docentes a repensar la evaluación del aprendizaje como un proceso formativo, gradual y continuo, que no se limite a medir resultados o verificar conocimientos, sino que acompañe el desarrollo integral del estudiantado a lo largo de todo el curso.

 

Para iniciar, Urista Gutiérrez propuso a las y los asistentes escribir qué significa para cada uno el concepto de evaluación. En las respuestas predominaron palabras como medir aprendizaje, identificar avances, logros de aprendizaje y valoración. A partir de este ejercicio, señaló que muchas veces la evaluación sigue asociándose principalmente con aspectos numéricos o cuantitativos.

 

“Creo que, en la medida del significado que tenemos de la palabra evaluación, o de lo que hacemos en relación con la evaluación, es como procedemos, desarrollamos y llevamos a cabo la evaluación. En este caso, la mayoría de las palabras que aparecen están enfocadas a la cuestión numérica o cuantitativa”, comentó.

 

Añadió que esta tendencia permite reconocer cómo se está interpretando la evaluación ante los retos que plantea el nuevo modelo educativo de la Universidad de Colima: “La mayor parte de quienes estamos conectados consideramos que evaluar tiene que ver con medir, verificar y valorar; esto pone de manifiesto cómo estamos interpretando la evaluación para los retos que ahora tendremos que asumir”.

 

La maestra explicó que el nuevo modelo educativo gira en torno a los cinco saberes: conocer, hacer, ser, convivir y transformar. Desde esta perspectiva, dijo, la evaluación adquiere un sentido más amplio, pues debe entenderse como parte del proceso de aprendizaje y no sólo como un mecanismo para asignar una calificación.

 

“Desde el modelo educativo, la evaluación del aprendizaje se entiende como un proceso formativo. Si hiciéramos un contraste con el primer ejercicio, en donde consideramos que medir significa evaluar, tendríamos que hacer una transición para entender que ahora la evaluación va mucho más allá de medir y verificar”, señaló.

 

Aclaró, sin embargo, que medir y verificar no son acciones incorrectas en sí mismas, sino insuficientes cuando se convierten en el único propósito de la evaluación. “No significa que esté mal; el problema es que a veces nos quedamos solamente en la medición y en la verificación, y el modelo educativo va más enfocado hacia un proceso formativo gradual”, puntualizó.

 

En este sentido, destacó que el proceso evaluativo implica una responsabilidad compartida entre docentes y estudiantes. Dijo que el nuevo modelo articula el binomio estudiante-docente, por lo que el compromiso de aprender, enseñar, valorar avances y mejorar no corresponde sólo a una de las partes.

 

“Todo el proceso evaluativo y de enseñanza tiene como base este binomio de docentes y estudiantes, lo que significa que el compromiso y la responsabilidad no es solamente de uno o de otro, sino de ambos, para lograr que estos cinco saberes se den”, explicó.

 

Urista Gutiérrez subrayó que uno de los principales retos para las y los docentes es abordar estos cinco saberes desde distintos ámbitos: académico, formativo y social. En este punto, destacó la importancia de la evaluación para el aprendizaje, particularmente mediante la retroalimentación.

 

“La evaluación para el aprendizaje tiene que ver con la retroalimentación, la cual está enfocada al mejoramiento de los aprendizajes y no solamente de los aprendizajes, sino también de nuestra manera de enseñar, de cómo enseñamos y de cómo llevamos a cabo la evaluación”, afirmó.

 

Insistió en que la evaluación debe desarrollarse durante todo el trayecto formativo, y no sólo al final de una materia, parcial o semestre. Cuando se evalúa únicamente al cierre, dijo, se pierde la oportunidad de identificar avances, realizar ajustes y tomar decisiones oportunas para mejorar el proceso educativo.

 

“La evaluación debe entenderse como un proceso de aprendizaje que se da durante todo el trayecto y no solamente al final de éste. La ventaja de esto es que, a lo largo del proceso, uno puede tomar decisiones, no hasta el final”, expresó.

 

Otro de los temas que abordó en la conferencia fue el alineamiento de la evaluación. Al respecto, explicó que muchas veces se evalúa desde la lógica de cada disciplina, pero se pierde de vista el marco institucional, el plan de estudios, los objetivos de la asignatura, las actividades de aprendizaje y los métodos de evaluación.

 

“Generalmente evaluamos desde nuestra disciplina, pero perdemos de referencia el marco que nos cobija. A veces el método no está alineado con la evaluación; por eso hay que tener como referencia, en primera instancia, la orientación institucional y, en segundo lugar, nuestro contexto más cercano, que es el plan de estudios”, comentó.

 

En el aula, añadió, esto implica asegurar coherencia entre lo que se espera que aprendan las y los estudiantes, las actividades que se diseñan para lograrlo y los instrumentos que se utilizan para evaluar dicho aprendizaje.

 

Sobre el vínculo entre evaluación y metodologías activas, dijo que el primer paso es identificar qué metodologías se están empleando y qué estrategias e instrumentos de evaluación corresponden a ellas. En este punto, destacó la importancia de partir de los resultados de aprendizaje.

 

“La pregunta que tendría que quedarnos clara es qué deberían saber o ser capaces de realizar las y los alumnos como resultado de su curso o disciplina; en función de eso, articular las actividades de enseñanza y aprendizaje que permitan desarrollar las competencias previstas”, explicó.

 

También abordó los tres momentos de evaluación que contempla el nuevo modelo educativo: inicial, intermedio y final. A partir del ejercicio realizado al comienzo de la conferencia, señaló que la evaluación sumativa sigue muy presente en la práctica docente, por lo que una de las áreas de oportunidad es fortalecer la dimensión formativa. “Podemos notar que la parte sumativa todavía sigue estando muy presente en nuestra mente, por lo que habría que empezar a trabajar desde el aspecto formativo, pues hacia allá apunta esta reconfiguración de la enseñanza”, señaló.

 

Como parte de sus conclusiones, invitó a incorporar la evaluación desde la etapa de planeación de la asignatura, y no verla como una decisión posterior o aislada. Aunque reconoció que diseñar todos los instrumentos puede ser complicado por cuestiones de tiempo, insistió en que éstos deben estar vinculados con las competencias que debe desarrollar el estudiantado y alineados con los cinco saberes. “Estamos enfocados en el conocer, en el hacer y en el ser; el reto ahora es la parte del convivir y el transformar”, dijo.

 

Asimismo, recomendó no evaluar contenidos, habilidades o criterios que no hayan sido comunicados previamente a las y los estudiantes, ya que esto genera inconformidad y afecta la congruencia del proceso educativo. “Ésa es una de las mayores quejas que surgen en la evaluación a docentes. Creo que es una cuestión deshonesta de nuestra parte; hay que ser muy transparentes y formales en este tipo de elementos, sobre todo los que tienen que ver con la evaluación”, expresó.

 

La ponente también invitó a repensar el diseño de las tareas evaluativas para privilegiar trabajos de mayor profundidad, que integren competencias y saberes de manera más significativa. Esto, dijo, puede generar una evaluación de mayor impacto para el estudiantado y, al mismo tiempo, una revisión más pertinente por parte del profesorado.

 

“Aparte de hacer exámenes, tendríamos que estar pensando en otros instrumentos. La sugerencia es que el examen tenga menor peso en función del resto de los criterios, siempre y cuando así sea permitido en la disciplina”, comentó.

 

Finalmente, recomendó diversificar los reactivos en las pruebas objetivas y no perder de vista el sentido formativo de la retroalimentación. Dijo que una buena retroalimentación debe ser objetiva, comprensiva, pertinente y constructiva. “Si sólo evaluamos para obtener una nota y no reparamos en cómo estamos obteniendo procesos y cómo podemos mejorarlos, entonces sí nos estamos quedando solamente en el primer nivel, que es la medición o la verificación”, concluyó.


 

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