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AL GRANO: La visa, el agravio y la conveniente venda

  • hace 2 horas
  • 3 min de lectura

La visa, el agravio y la conveniente venda


Por: Einar Rodríguez Ramos


Hay decisiones que duelen más cuando no vienen acompañadas de una explicación. Y hay otras que, precisamente porque no traen explicación, se convierten en el pretexto perfecto para explicar cualquier cosa.


La revocación de la visa de Andrés Manuel López Beltrán, “Andy” para los amigos y ahora, al parecer, mártir de la soberanía nacional, pertenece a la segunda categoría.


Pero el escándalo, en realidad, no está en saber por qué Estados Unidos le retiró la visa. El problema está en todo lo que se ha dicho para explicar lo que nadie sabe. Y aquí conviene poner las cosas en su sitio: que Washington no haga público el expediente no significa, por sí mismo, que no exista un fundamento.


El sistema migratorio estadounidense no funciona como un tribunal penal ni necesita presentar ante las cámaras un expediente con pruebas, testigos y música de suspenso para revocar una visa. La legislación estadounidense establece que los registros relacionados con la emisión o negativa de visas son confidenciales. Es decir, la discreción consular no nació ayer para perseguir a Andy ni fue inventada especialmente para incomodar a Morena.


Por eso, exigirle a Washington que exhiba públicamente sus pruebas para que la decisión sea considerada legítima es, cuando menos, pedirle que juegue con las reglas que sus críticos quisieran imponerle y no con las que su propio sistema establece.


Otra cosa es discutir políticamente el uso que hace Estados Unidos de sus visas. Eso sí es perfectamente válido. Washington puede utilizar sus herramientas migratorias como mecanismo de presión diplomática y política, y de hecho la administración de Donald Trump ha ampliado su utilización contra políticos y funcionarios mexicanos en el contexto de su ofensiva contra el narcotráfico y sus presuntos vínculos políticos.

Reuters reportó desde 2025 la revocación de visas a por lo menos 50 políticos y funcionarios mexicanos. Y ahí empieza lo verdaderamente incómodo. Porque cuando las coincidencias empiezan a acumularse, también las preguntas deberían multiplicarse.


Es cierto que una visa revocada no equivale a una condena penal. Pero tampoco debería convertirse automáticamente en una prueba de inocencia ni, mucho menos, en certificado de honor patrio. Y ojo, si Washington está utilizando de manera recurrente sus herramientas migratorias para enviar mensajes relacionados con seguridad, narcotráfico o corrupción, entonces estamos ante algo bastante más serio que una anécdota consular.


Y si esas decisiones están relacionadas con sospechas de vínculos entre políticos mexicanos y el crimen organizado, la pregunta inevitable no debería ser solamente qué está haciendo Estados Unidos, sino también habría que preguntar qué está haciendo México. Pero esta pregunta, claro, resulta bastante menos cómoda.


Para Morena es mucho más rentable hablar de soberanía. Mucho más sencillo denunciar injerencia. Y, sobre todo, mucho más útil políticamente convertir una decisión migratoria estadounidense en un agravio nacional.


La presidenta Claudia Sheinbaum ha cuestionado las cancelaciones de visas y ha planteado que existe una posible intención política detrás de algunas de ellas. El argumento funciona muy bien frente a un micrófono. Jurídicamente, sin embargo, hay que separar las cosas: Estados Unidos tiene derecho a decidir quién puede ingresar a su territorio, de la misma manera que México decide quién puede entrar al suyo. Eso se llama soberanía migratoria.


No es una invasión. No es una declaración de guerra. Y tampoco es, por sí sola, una violación de la soberanía mexicana. Lo verdaderamente delicado sería que México se acostumbrara a responder cada vez que Washington toma una decisión de este tipo con indignación diplomática, pero sin hacer una revisión propia.


Si un país extranjero revoca las visas de decenas de funcionarios mexicanos y la respuesta institucional consiste únicamente en preguntar por qué son tan malos los estadounidenses, quizá estamos haciendo la pregunta equivocada.

La pregunta correcta sería mucho más sencilla: ¿Qué está haciendo México para averiguarlo? Y si Estados Unidos está equivocado, México debería ser el primer interesado en demostrarlo. Si las acusaciones son falsas, que se investigue y se desmienta con evidencia. Y si existen indicios, que también se investigue.


Porque la soberanía no consiste en ponerse una venda cada vez que algo viene de Washington. Mucho menos consiste en confundir la defensa de México con la defensa automática de sus políticos.


Quizá por eso la visa de Andy López Beltrán se ha convertido tan rápidamente, para Morena, en un asunto de dignidad nacional. Una decisión migratoria de otro país terminó convertida en bandera, agravio y consigna. Y de paso permitió esquivar una conversación bastante menos patriótica, pero mucho más necesaria: transparencia, controles institucionales y responsabilidad política.


El problema, entonces, no es que Andy haya perdido la visa. El problema es que, mientras Morena exige que Washington quite la venda, aquí parecen empeñados en ponérsela a todo México.

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