AL GRANO: La autopista de la paciencia... y del pésame
- hace 12 minutos
- 3 min de lectura

La autopista de la paciencia... y del pésame
Por: Einar Rodríguez Ramos.
Dicen que toda gran obra implica sacrificios. El problema es cuando los sacrificados siempre son los ciudadanos.
Ya poco importa si el tema se politizó o no. Cuando miles de colimenses y visitantes viven diariamente el infierno de la autopista Colima-Manzanillo, la discusión dejó de ser política para convertirse en una cuestión de sentido común... y de supervivencia.
Lo que debía representar modernidad terminó siendo una auténtica ruleta rusa sobre el asfalto. Antes, viajar de Colima a Manzanillo significaba invertir poco más de una hora. Hoy nadie sabe cuánto tardará. Dos horas... cuatro... seis... ocho. Lo único seguro es que el reloj avanza más rápido que la obra.
Y eso, si la suerte acompaña.
Porque entre desvíos improvisados, largas filas de tráileres, maquinaria, polvo, baches, carriles estrechos y accidentes casi cotidianos, recorrer esa carretera se ha convertido en un acto de fe. El cinturón de seguridad ya no basta; hace falta encomendarse hasta al santo de mayor confianza.
Nadie cuestiona la necesidad de ampliar de cuatro a seis carriles el Corredor Logístico Armería-Manzanillo. Lo que resulta difícil de entender es cómo una obra superior a los 3 mil 700 millones de pesos puede avanzar con semejante nivel de desorganización sin que alguien asuma la responsabilidad por el caos.
Porque una mala planeación también mata. Y eso no aparece en los boletines oficiales.
Mientras las autoridades presumen porcentajes de avance, la ciudadanía acumula horas perdidas, empresarios cuentan pérdidas económicas, el turismo paga las consecuencias y las familias lloran a quienes ya no regresaron a casa.
Pero siempre aparece el argumento favorito de los gobiernos: "son molestias temporales que traerán beneficios permanentes". Una frase tan gastada que ya debería formar parte del concreto con el que construyen las carreteras. El detalle es que las molestias dejaron de ser molestias hace mucho tiempo. Hoy tienen nombre, apellido, placas de automóvil... y, en demasiados casos, actas de defunción.
La obra comenzó en noviembre de 2022 y oficialmente concluiría en diciembre de 2026. Oficialmente. Porque a estas alturas creer en esa fecha requiere más fe que pensar que un embotellamiento desaparecerá por arte de magia.
En medio del creciente descontento, el senador del Partido Verde, Virgilio Mendoza Amezcua, decidió hacer lo que muchos esperaban de algún representante popular: levantar la voz.
Denunció la improvisación, exigió revisar a la concesionaria y advirtió que el costo de esta obra ya no puede medirse únicamente en millones de pesos, sino en pérdidas económicas y vidas humanas. También anunció que respaldará a hoteleros, empresarios, transportistas y usuarios que diariamente enfrentan este viacrucis carretero.
Habrá quien diga que es oportunismo político.
Tal vez.
Pero peor sería el oportunismo del silencio.
Mientras tanto, el Gobierno del Estado mantiene intacto su optimismo institucional.
En sus redes sociales continúa difundiendo mensajes donde pide paciencia porque, asegura, "Tu comprensión es el motor que nos impulsa... valdrá la pena la espera".
Bonita frase.
Lástima que las campañas de comunicación no desvían tráileres, no reducen accidentes y, mucho menos, resucitan a quienes perdieron la vida en esa carretera.
Porque la propaganda tiene una enorme ventaja sobre la realidad: siempre llega puntual. La realidad, en cambio, lleva meses atrapada en el tráfico.
Y mientras los funcionarios hablan de paciencia, los ciudadanos ya comenzaron a hablar de hartazgo.
Con justa razón.
Porque una obra pública puede retrasarse. Lo que nunca debió retrasarse fue la obligación del gobierno de garantizar que quienes salen de casa... también puedan regresar.
Al final, los seis carriles podrán quedar muy bonitos para la fotografía inaugural. Lo que jamás podrá inaugurarse de nuevo son las vidas que esta obra se llevó por delante.
















.jpeg)




Comentarios