Al Grano: El edificio no se gradúa

Al Grano: El edificio no se gradúa
Por: Einar Rodríguez Ramos
Hay noticias que llegan con moño, fotografía oficial y discurso de ocasión. La donación de las instalaciones que alguna vez ocuparon el Tec de Colima y posteriormente el Colegio Anáhuac a la Universidad de Colima es una de ellas. Y sí, hay que reconocerlo: la institución necesita espacio. Cada vez más jóvenes buscan estudiar una carrera, mientras las condiciones económicas y territoriales siguen poniendo obstáculos para quienes no pueden pagar una universidad privada o trasladarse fuera del estado.
La demanda de educación superior no desaparece porque el presupuesto tenga otras prioridades; al contrario, cada generación vuelve a plantear la misma pregunta incómoda: ¿dónde van a estudiar quienes no tienen dinero para irse?
La respuesta, al menos en parte, acaba de recibir paredes, salones y estacionamiento. El Gobierno del Estado, encabezado por Indira Vizcaíno Silva, anunció la recuperación de un espacio de donación que por muchos años fue destinado a la educación privada y ahora será para la Universidad de Colima como campus “Griselda Álvarez Ponce de León”, con el propósito de ampliar su capacidad educativa.
El espacio será ocupado gradualmente y, de inicio, recibirá a 250 estudiantes de la Facultad de Economía, lo que permitirá reorganizar instalaciones del Campus Villa de Álvarez y, según la propia Universidad, abrir la posibilidad de ampliar la matrícula.
Hasta ahí, los aplausos son perfectamente merecidos. El problema comienza cuando termina la ceremonia y aparece la letra pequeña, esa que rara vez cabe en una fotografía oficial. Una universidad no funciona solamente con metros cuadrados; necesita profesores, investigadores, laboratorios, computadoras que no parezcan piezas de museo, internet capaz de sobrevivir a un grupo completo de estudiantes conectados al mismo tiempo, bibliotecas, mantenimiento, seguridad, limpieza, agua, electricidad y, sobre todo, presupuesto. El edificio es apenas el cascarón y, por muy presentable que resulte, ningún cascarón da clases.
La propia Universidad de Colima reconoce en su Plan Institucional de Desarrollo 2026-2029 que el mantenimiento de su infraestructura constituye un asunto estratégico. También señala que cuenta con una infraestructura extensa, distribuida en distintos municipios y construida a lo largo de décadas con recursos federales, estatales, institucionales, donaciones y otros mecanismos. Traducido al idioma que entiende cualquier administrador: recibir un inmueble gratis no significa operarlo gratis. La propiedad podrá no tener costo de adquisición, pero desde el primer día tendrá gastos de operación, mantenimiento y funcionamiento. La factura, simplemente, cambia de ventanilla.
Ahí comienza el verdadero reto para el rector Christian Torres Ortiz Zermeño. Cortar un listón siempre resulta más sencillo que conseguir que las instalaciones produzcan mejores oportunidades para los estudiantes. La Facultad de Economía será una de las principales ocupantes del nuevo espacio y eso obliga a formular una pregunta bastante menos ceremonial: ¿en total cuántos nuevos lugares universitarios se crearán y, sobre todo, cuántos empleos de calidad estarán esperando a quienes ocupen esos lugares?
La pregunta no es menor. Podemos ampliar la matrícula hasta que no quede un pupitre libre, pero si al final entregamos miles de jóvenes con título y pocas oportunidades laborales, habremos resuelto solamente la primera mitad del problema, que, dicho sea de paso, suele ser la más sencilla. Abrir espacios educativos es indispensable; conseguir que esos espacios conduzcan a una vida profesional digna es bastante más complicado.
La UdeC aparece en el lugar 46 del ranking general de Mextudia 2026. El dato puede presumirse, aunque conviene hacerlo con moderación. El propio sitio explica que su clasificación combina posiciones de distintos rankings nacionales e internacionales, indicadores de empleabilidad y popularidad entre usuarios. Es decir, puede servir como referencia, pero difícilmente como sentencia divina bajada del Olimpo universitario.
En otro listado alojado por Mextudia, basado en UniRank, la UdeC aparece en el lugar 17 nacional. El detalle es que ese índice mide fundamentalmente presencia y popularidad web, no calidad académica. Ahí está precisamente la peculiaridad de los rankings: dependiendo de qué midan, la misma universidad puede aparecer con números considerablemente distintos sin que haya cambiado un solo profesor, un aula o un programa académico. Quizá por eso convenga dejar de enamorarnos tanto del número y comenzar a mirar el resultado que realmente le importa al estudiante que pasa años estudiando, haciendo tareas y sobreviviendo a exámenes: qué ocurre con su vida cuando recibe el título.
El Observatorio Laboral reporta que durante el segundo trimestre de 2026 la afinidad promedio entre la ocupación de los profesionistas y los estudios realizados fue de 82.3 por ciento. Sin embargo, también muestra diferencias importantes entre áreas. En Servicios, por ejemplo, 39.2 por ciento de los profesionistas ocupados desempeñaba actividades que no correspondían con su formación. El dato debería obligarnos a mirar más allá de las estadísticas de matrícula y egreso, porque tener un título y ejercer una profesión no necesariamente son la misma cosa.
Aquí la discusión deja de ser exclusivamente universitaria. Tampoco puede exigírsele a una institución de educación superior que fabrique empleos como si fueran salones prefabricados. La UdeC puede formar economistas, contadores, abogados, ingenieros, médicos, arquitectos y especialistas de toda índole, pero necesita que el Estado y el sector productivo tengan capacidad para absorber ese talento. De lo contrario, tendremos una paradoja bastante incómoda: más universidades, más profesionistas, más títulos y, al mismo tiempo, más profesionistas trabajando en cualquier cosa menos en aquello para lo que estudiaron.
La nueva infraestructura puede ayudar a que la Universidad de Colima atienda a más jóvenes, y eso es positivo. Pero el reto de fondo no consiste únicamente en llenar aulas, sino en llenar de oportunidades la vida de quienes ocupen esas aulas.
















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