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Soflama del Día: Nostalgias de mis ayeres

6 nov 2019
5 min de lectura

Nostalgias de mis ayeres


Nostalgias. Antes de entrar a la lectura del libro, una vez recibido de manos del buen amigo Enrique Ceballos, lo tomé con gusto. Vi el aval de dos editoras colimenses, mientras escuchaba la amable invitación a presentarlo en el Archivo Histórico Municipal de Colima. Pasé a la contraportada -un reacción casi mecánica, siempre- y descubrí en ella la fotografía de un paisaje que bien pudiera corresponder a cualquier poblado al sur de Jalisco, mirándolo cuesta abajo, al pie de la leyenda: Hoy mi México es bello, como nunca lo fue, pero cuando era niño tenía mi México un no sé qué.


Eran palabras de un inmigrante. Regresé al título. El autor, Eugenio Ramos Delgado, decidió bautizar su libro de memorias como Nostalgias de mis ayeres. Allí me detuve, en silencio. Enrique, imaginándose tal vez alguna pregunta, se adelantó por experiencias precedidas, a comentar que antes de ese, el definitivo, otros títulos se habían propuesto, pero ese justo fue el determinado y, además, defendido por el autor.


Nostalgias de mis ayeres, ambos conceptos en plural. A mí parece, sin leerlo, opiné en ese momento que en la redundancia acentúa el ánimo nostálgico.


Leyéndolo, uno se encuentra ante un arcón antiguo y en sus interiores, cada uno de esos ayeres, hay días pasados, objetos, palabras en desuso, personas que ya murieron, localidades irreconocibles, erosionadas ya sea por el olvido o el progreso; este libro es un árbol sembrado en San Roque, municipio de El Limón, Jalisco, donde permanecen las raíces, pero es tan grande este árbol de 81 años, frondoso -con cuatro hijos, siete nietos, dos bisnietos- que su tronco y ramas inmigrantes llegaron hasta California, allá dieron fruto y cada semilla en el presente siente una nostalgia particular por esas raíces. Refleja simetría en efecto de espejo, hay balance armónico.


Por eso está en plurales. Reconoce a cada concepto en el campo semántico de la melancolía, del anhelo, la añoranza, la evocación. Mas no por ello, implica congoja o desconsuelo, puede haber un sentimiento nostálgico que aviva y alegra, es este.


El libro entero es una postal con estampillas de Estados Unidos. A la usanza de las misivas escritas a mano, el remitente le escribe a su fiel destinatario: Querido México, espero te encuentres bien en compañía de todo mi pasado. Después de saludarte, paso a lo siguiente: de San Roque, qué me cuentas, yo recuerdo…


No hay tristezas contenidas, insisto, salvo aquellas ineludibles que dan la vida, los tropiezos, la muerte de seres queridos, y la superación del duelo. Todo es aprendizaje. Aunque el pasado sea la premisa, este libro es una melodía del viento entre los árboles. El árbol de Eugenio Ramos tiene vida; bajo esa lógica, atiende, me atrevo a aseverar, al animismo, tiene una esencia como ánima, igual a múltiples objetos mencionados, con alma propia: vemos herramientas prehispánicas; una china para protegerse de la lluvia; hay un yugo, con barzón y coyundas; un cazo de cobre; una medida de medio hectolitro para la venta de maíz -que usaba su padre-; una petaca de cedro; carabinas para matar güilotas; un cedazo para colar el atole; un molinillo para espumar el chocolate y el huevo; pinzas para remojar las brasas en los fogones; una banca de madera del siglo XIX; cuchillos de Sayula; podría seguir, la lista parece interminable, cada objeto es un ayer, lo sostuvo motivo de una historia.


Hay un oficio de lector. Se percibe la pasión por las letras nacida a su paso por el Seminario de Colima, gracias al adiestramiento y amistad de alguien a quien Colima recuerda con cariño. Me refiero al autor de El Manumiso, Gabriel de la Mora de la Mora.


Entrados en sus páginas, el libro es un viaje. Describe paisajes a la distancia. El cerro Narigón domina el panorama, antropomórfico, vivo, andar por sus brechas es fue un pretexto para afianzar la comunicación y convivencia con el padre ¿Cómo no va a ser significativo ese cerro? Facilitaba el diálogo, los consejos y enseñanzas paternas, valores.


No es ocurrencia que al principio, casi como en prólogo, el autor nos hable del avasallamiento de la tecnología, de cómo nos atrapa un teléfono. Hace entre líneas una invitación a escuchar al octogenario, sentados en los equipales de un portal, sorbiéndole a la taza de café de olla, de cuando en cuando mirando el atardecer, pero si dejar de escuchar. Por sus referencias a Colima, a Manzanillo, a esa zona árida y bella al sur de Jalisco, se observa este libro como uno más ubicado en el acervo y hermanamiento geográfico del arreolino Jaliscolimán.


Hay diálogos, lugares específicos que, permítanme la introspección subjetiva, a mí me generan una leve sensación de nostalgia, por un reciente peregrinaje a Talpa. A eso invita, despertar en nosotros el alejamiento bucólico de la ciudad. Como buen libro costumbrista, sabe de leyendas, de aparecidos, brujas, pero también de culebrones de agua, entre otros fenómenos no precisamente paranormales.


En este viaje a San Roque, se escuchan esos murmullos rulfianos, sabiéndonos vivos, a diferencia de los personajes, según creemos. Ilustra de movimientos revolucionarios, y tal vez más de un lector o lectora, al darse cuenta de los apellidos, encuentre al antepasado cristero.

Recuerda tanto don Eugenio Ramos Delgado, en verdad, un hombre memorioso, que si no se tratara de una autobiografía concentrada en determinada época, su pasado, sería una forma de autoficción o biografía aumentada con amplísima investigación histórica. Se trata de una sola voz, ininterrumpida en el tono que sólo varía cuando maneja diálogos, desde una postura omnipresente. En suma, no dejamos de escuchar a Eugenio Ramos contándonos su historia e historias de otros, sus ayeres y los de otros, eventos nostálgicos que se niegan al desvanecimiento.


Habrá quien tenga otra forma de serenidad en sus ayeres, tal vez indiferencia, olvido, reconciliación, quien muy cerca de su ocaso diga: vida, nada me debes, en una suerte de contrato obrero-patronal para la prestación de un servicio aquí en la Tierra.


Nostalgias de mis ayeres obedece a la máxima popular de recordar es volver a vivir, el eterno retorno en un bucle de 252 páginas. Tomemos el ejemplo del coleccionista, o sólo del transeúnte que ve afuera de un bazar el disco de acetatos similar al que escuchaba su padre o su abuelo, lo compra, sólo para deleitarse de recuerdos con esa música; la comida guarda memorias por igual, ¿a cuántos no nos recuerda algún platillo ocasional, a la comida de mamá, o de la abuela? A través de los sentidos se nutre el espíritu.


Para nacer he nacido, dijo Neruda; Góngora escribió en un soneto acerca de un bosque poblado de árboles. Nostalgias de mis ayeres revalida abstracción y adverbio en una antítesis de la antinomia; redunda porque quiere hacerlo, para remarcar estas palabras textuales de Eugenio Ramos Delgado, un viejo nostálgico, como el mismo se declara: Fueron tiempos de feliz memoria; al evocarlos, me embarga la nostalgia y, a pesar de los años que han pasado, aún nutren mi alma de inmenso sosiego.



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