Bitácora de Marly: El tenis rojo

El tenis rojo
Para Ángel Mendoza
Gracias por ser mi mejor amigo
Las vacaciones me gustan. Me gustan porque no tengo que hacer tarea. Me gustan porque mamá me deja dormir más. Me gustan porque puedo ver muchas caricaturas. Me gustan porque puedo salir a jugar con mis amigos. Me gustan porque mis primos vienen a casa. Estas vacaciones me gustan más porque mi tía María nos llevará a un día de campo a mi primo Fernando, a mi primo Luis y a mí.
Feliz bajo corriendo las escaleras para abrir la puerta. “Súbete al coche”, dice mi tía. “¡Mamá, ya me voy!”, le grito emocionado. Mi mamá me detiene y me da un abrazo. No me gusta que mamá sea tan cariñosa. Agarro mi mochila y subo al coche, donde mis primos se están peleando por un juguete.
Mi tía maneja en silencio. No nos regaña para que nosotros también guardemos silencio. ¿En dónde será nuestro día de campo? Es un secreto. Se me hace largo el camino hasta llegar a un rancho. “¿Cómo se llama aquí?”, le pregunto a mi primo Fernando. Él me contesta, “No sé”.
En el rancho hay una cuerda colgada, está muuuy larga. Mi tía dice que esa cuerda se llama tirolesa, que de ella nos podemos colgar para llegar de un punto a otro punto. Me dan miedo las alturas, así que no creo que me vaya a subir. Lo más genial del rancho es que hay un circuito para cuatrimoto. “¿Una carrera?”, me pregunta mi primo Luis. “¡Sí!”. Mi tía saca dinero de su bolsa y paga por tres cuatrimotos. “No vayan rápido y tengan cuidado”, nos dice mi tía.
Primera vuelta al circuito. Va ganando mi primo Luis. Segunda vuelta al circuito. Mi primo Fernando le gana a su hermano. Tercera vuelta al circuito. Acelero lo más que puedo. Después estoy llorando. En la última curva mi pie sale de la cuatrimoto y la llanta lo presiona en una piedra. Estoy sangrando del pie.
Mi primo Luis corre a decirle a mi tía. Mi primo Fernando quiere ayudarme. Está asustado. Llega mi tía. “¡Les dije que tuvieran cuidado!”, grita. La voz le tiembla. ¿Está también asustada? Con la fuerza de mi tía logro liberar mi pie sangrante. No, no. Se me ha cortado un pedazo de carne. Lloro. Me duele mucho.
“Quédense con él”, dice mi tía. Se va y regresa con un señor. El señor me abraza y me sube al coche de mi tía. “¿A dónde vamos?”, le pregunto a mi tía. “Vamos a ir al hospital”. Mi tía está manejando rápido. Rápido llegamos al hospital. No me gusta el olor del hospital. El doctor me quita el zapato del pie derecho. Limpia mi pie. Me dice, “Te voy a enyesar el pie. No podrás caminar”. Le pregunto, “¿Qué es enyesar?”.
Salgo del hospital con el pie enyesado. He aprendido una nueva palabra. Enyesar es toda la venda con yeso que me pusieron en mi pie. Por esa venda no puedo caminar. Y ahora tengo que usar muletas. Lo único que me dice mi tía de regreso a casa es, “Lo siento, no pensé que fuera tan grave”.
Llegamos a casa. Mi mamá se sorprende al verme llegar con muletas y con un tenis destrozado y rojo por la sangre. Mi mamá le grita a su hermana, “¡Eres una irresponsable! ¡No me dices a dónde te lo vas llevar y no me llamas para avisarme cuando estaban en el hospital!”. Mi tía repite lo mismo que me dijo, “Lo siento, no pensé que fuera tan grave”.
Mi mamá me ha estado llevando a curaciones. Un día sí. Un día no. Mis vacaciones se han terminado, me la he pasado viendo solamente caricaturas. El doctor me quita la venda enyesada. Y de aquel día de campo tendré un recuerdo: la cicatriz. La cicatriz la tengo en la parte superior del pie derecho, es como un pozo.
***
Escribo este cuento, después de catorce años del accidente, para mi futura familia.














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