Ágora: "Reconocer errores"
- 6 jul 2019
- 3 Min. de lectura

Reconocer errores.
Saber que las cifras en crecimiento económico, inversión, empleo y seguridad, no son mejores a las del pasado sexenio, ha de ser una carga muy pesada. Por mucho más, si se tiene por cierto que lo que mayor importancia ha cobrado en el presente gobierno, es la lucha contra la corrupción, discurso que dicho sea de paso, no ha tenido pese al valor que se le atribuye en términos mediáticos, el recibimiento que cabría esperarse, y no podrá ser de hecho diferente, en tanto no se logre disipar la sospecha de su uso político, y es que a la par de que se han ido cancelando programas y o reduciendo recursos públicos en diversas áreas –ya de por sí históricamente mal atendidas– por contrarrestar el despilfarro y la discrecionalidad en su uso, se ha mantenido una posición poco clara por lo que respecta al soporte legal del propio combate a la corrupción. Para decirlo en pocas palabras, el común de la ciudadanía sigue viendo como prevalecen los viejos modos de hacer política; lo mismo se dan licitaciones con adjudicación directa, que se promueve el asistencialismo o el acarreo de personas con fines electorales, que se otorgan favores, empleos y o privilegios por criterios de nepotismo; al tiempo que tampoco se ha hecho –salvo muy sobradas excepciones– un seguimiento exhaustivo por lo que respecta a investigar y procesar a figuras públicas de peso, sobre las que recurrentemente ha recaído la sospecha de corrupción. Todo ello en su conjunto devuelve la estampa de un gobierno con el que se esté de acuerdo o no, no ha logrado generar la confianza suficiente para sortear las responsabilidades que encabeza. Y la cosa no hace sino generar más que disgusto y crispación entre el común de la ciudadanía porque diera la impresión de que es el propio Presidente quien alimenta la incertidumbre a merced de una estrategia de comunicación social para la que se haya a todas luces, totalmente rebasado, porque queda claro que lo suyo no son ni los números, mucho menos el diálogo, vaya pues, siquiera el cuestionamiento de muchos temas que salen a relucir en cada una de sus diarias intervenciones públicas, antes bien lo suyo sigue siendo la denuncia pública, la arenga, la confrontación, la promesa al clamor del momento, o las referencias histórico moralizantes, cual si todavía estuviera en campaña. El resultado, –pese a su todavía muy alta popularidad–, no se ha hecho esperar, porque ese mismo estilo que tan buenos dividendos le ha rendido en el terreno de lo electoral, hoy lo mantiene persistentemente como blanco de numerosos señalamientos, –algunos ciertos, otros más no tanto, producto de una oposición siempre ávida de hacer mella en su imagen pública–, pero los cuales en su conjunto si que han ido desgastando su aprobación. Es cierto, señalar los errores de otros siempre será más fácil que reconocer los propios. De ahí que a diario se vea como la esencia de su estilo tozudo y reaccionario permanezca, sin embargo lo menos por decir, es que hoy los adversarios más importantes del Presidente, están en todo caso, no en la fuerza real o imaginaria de sus opositores –que sin duda los tiene aunque muy divididos entre sí–, sino en las referencias personales de las que se allega para interpretar su propia realidad. Cuanto más rápido lo comprenda, más altas serán nuestras posibilidades de capitalizar su trabajo, para que en efecto rinda los resultados que se propone, porque en caso contrario, como siga sin comprender lo poco fructífero que la negación y la confrontación resultan, podría verse llegar a su primer año de gobierno con un panorama innecesariamente comprometido para el país. Como dicen, tiempo al tiempo, mas no estamos ni para desperdiciar posibilidades, ni mucho menos para jugar al azar con ellas, lo mejor que se puede hacer en todo caso, es reconocer errores, sólo en ese modo se podrá pensar en corregir.
















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