Ágora: ¿Ser, hacer o tener?
- 11 nov 2018
- 3 min de lectura

¿Ser, hacer o tener? Si la paz interior, la claridad de pensamiento, o la bendición de ser cada día seres más plenos, felices y autorealizados sobreviniera como resultado del rutinario consumo de objetos, posesiones y cualquier artículo disponible para facilitar los aspectos materiales más básicos de nuestra existencia; sería suficiente con acumular en el menor tiempo posible, y bajo el esfuerzo más mínimo la mayor cantidad de satisfactores, como para pensar que el simple acto de acaparar y aferrarse a los bienes materiales que se tiene, resulta una condición sine qua non para el bienestar profundo de nuestra persona. Sin embargo, habiendo en el acaparamiento y la fetichización de nuestros actos e ideas, tantas condicionantes que limitan y comprometen nuestra capacidad más elemental de crecer con plena autonomía decisional, es poco claro cómo la capacidad de consumir más de cualquier cosa que se nos ocurra, habrá de otorgarnos mayores posibilidades de ser consistentes e íntegros, al más amplio cumplimiento de todos nuestros sueños e ilusiones. No se vive mejor por lo que se tiene, sino por lo que hace; tampoco se tiene mejores perspectivas cuando nuestras impresiones de bienestar personal se fincan en el disfrute perecedero de ser lo que se piensa, otros esperan que seamos. Antes bien, si de ser felices se trata, lo único a lo que no se puede renunciar jamás es a ser cabalmente consistentes con el compromiso de ser nosotros mismos, así como con la responsabilidad de dejar atrás –sin olvido ni desprecio–, cualquier atadura vivencial que ha comprometido antes el conjunto de nuestras cualidades y capacidades, introduciendo la enajenación y el encono como fundamentos referenciales de nuestro presente, recalando por ello nuestras opciones futuras de crecimiento. Porque vivir con bien a la permanente posibilidad de mejorar y conseguir lo que más anhelamos, exige otorgar mayor importancia a la fuerza de nuestras capacidades y convicciones, que al efecto de los tropiezos cometidos en su ejercicio. Absteniéndonos de la estéril consideración de auto reprocharnos nuestras carencias como si de certezas inamovibles se trataran. La vida es un continuo estado de emergencia, en el que cada acto pone a prueba nuestra capacidad para afrontar el reto de existir, de modos muy diversos y usualmente divergentes de los que alguna vez imaginamos hacerlo. De ahí que ningún momento pasado o presente se parezca entre sí. Del mismo modo que darlo todo, no sea sólo una opción plausible, sino antes bien, un recurso personal ineludible en el esfuerzo de hacer de nuestros días, una experiencia permanente de aprendizaje y crecimiento, donde la más relevante de nuestras opciones individuales, se manifieste en nuestra reciproca integración con la comunidad y el reconocimiento del bien común como umbral de nuestro propio bienestar. En ese sentido, es necesario reconocer que para llenar nuestro presente de nuevos modos para dar lo mejor de cada uno se considera capaz, es vital e imperativamente necesario, dejar fuera de nuestras opciones, aquellas orientaciones negativas de nuestra persona, que en otro tiempo han minado nuestra posibilidad de crecer todo nuestro potencial. No será preciso para ello saber reconocer todo lo que buscamos, a veces es suficiente con tener claro lo que no queremos repetir. Porque las mismas manos que con tanta efectividad nos sirven a veces para aferrarnos al miedo y la desidia, pueden (y deben de hecho), también servir para liberarnos del tormento de sentirnos incapaces de crecer.














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