Ágpra: La soberanía selectiva y el eclipse de la congruencia
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La soberanía selectiva y el eclipse de la congruencia
Por: Mtro. Emanuel del Toro.
"La hipocresía es el homenaje que el vicio rinde a la virtud." — François de La Rochefoucauld
La soberanía no es un concepto maleable que pueda ajustarse al capricho de las simpatías ideológicas de coyuntura, ni un escudo que se esgrima únicamente cuando el viento de la geopolítica sopla desde el norte. En la larga, compleja y a menudo doliente historia de México y América Latina, la defensa de la autodeterminación ha sido una piedra angular de supervivencia frente a los apetitos de las grandes potencias que han pretendido tutelar nuestro destino. Desde las sucesivas intervenciones del siglo XIX hasta las sutiles presiones financieras de la modernidad, la región ha aprendido a recelar, con justa razón, de cualquier mano extranjera que intente moldear las decisiones internas.
Sin embargo, cuando se examina el proceder de los últimos dos gobiernos de Morena en el ámbito federal, se hace evidente una preocupante metamorfosis: la legítima salvaguarda de la independencia se ha transformado en una indignación selectiva. Se trata pues, de un cálculo político que mide la gravedad de la intromisión no por la naturaleza del acto en sí, sino por el signo ideológico de quien la ejerce. Este viraje desvirtúa un principio constitucional histórico legítimo y deseable, para convertirlo en un simple instrumento propagandístico, que se activa o desactiva por pura conveniencia partidista del propio gobierno en turno.
Existe, desde luego, una memoria histórica ineludible que ningún analista político serio puede ignorar. El expansionismo norteamericano –que costó a México la mitad de su territorio en el siglo XIX, que orquestó el derrocamiento de democracias incipientes en el Cono Sur durante la Guerra Fría y que terminó imponiendo el Consenso de Washington como receta económica única–, permanece en el imaginario colectivo como la amenaza arquetípica. Es el intervencionismo más evidente y documentado de nuestra historia.
En ese sentido, queda fuera de toda duda la importancia de que las instituciones del Estado mexicano, su cancillería y la sociedad civil en general, vigilen con sumo celo y rigurosidad cualquier intento de Washington, ya sea a través de sus agencias de seguridad, embajadores o legisladores, por intervenir en la vida pública del país. Lo que resulta intelectualmente deshonesto, políticamente peligroso y moralmente cuestionable, es el silencio sepulcral, cuando no la abierta exculpación militante, ante las operaciones de otros actores globales y regionales que comparten el color del oficialismo, como si la tiranía cambiara de naturaleza cuando se tiñe de una retórica emancipadora.
Mientras el discurso gubernamental se enciende con comprensible fervor ante la declaración de un senador estadounidense, un informe del Departamento de Estado o una editorial crítica en las páginas del New York Times, se tiende, por el contrario, un espeso manto de normalidad sobre la persistente influencia de los aparatos de inteligencia de Cuba y Venezuela en territorio nacional. Se soslayan, con una ligereza que raya en la ingenuidad geopolítica, las reiteradas campañas de desinformación digital, la penetración cultural y las operaciones de ciberespionaje que regímenes autoritarios como Rusia, China o Irán llevan años desplegando a lo largo de la geografía latinoamericana.
La soberanía, bajo esta preocupante óptica facciosa, ya no se defiende como un valor estratégico absoluto frente a la intromisión externa, sino únicamente frente a aquella que perturba los planes de consolidación del grupo en el poder. Si la injerencia proviene de un régimen autocrático que profesa la misma fe política, el agravio se diluye y el aparato oficial del Estado se apresura a presentar la intervención bajo los amigables conceptos de "solidaridad internacional", "cooperación técnica" o "hermandad entre los pueblos".
Este doble rasero no se limita a las potencias extracontinentales; extiende también sus ramificaciones transatlánticas hacia las democracias europeas. Las fluidas conexiones tácticas, financieras e ideológicas que el oficialismo mexicano mantiene con el gobierno de Pedro Sánchez o con las facciones de Podemos en España son vistas y promovidas con absoluta naturalidad. Esto ocurre a pesar de que implican una participación activa, coordinada y sistemática de actores políticos extranjeros en el debate y la movilización social de la vida pública mexicana.
Cuando los emisarios de la izquierda internacional desembarcan para asesorar campañas, dictar directrices discursivas y apuntalar la narrativa de la transformación nacional, las alarmas de la cancillería permanecen convenientemente apagadas. El nacionalismo se disuelve en una tibia complacencia: la intervención extranjera deja de ser un agravio a la patria en el preciso momento en que se convierte en un insumo útil para la ingeniería política local. Es la balcanización de la soberanía, supeditada al beneficio de una facción y no a la dignidad de la República entera.
La verdadera defensa de la independencia nacional exige una postura firme y sin medias tintas: ninguna nación, ninguna potencia extranjera y ningún partido foráneo tiene derecho a inclinar la balanza de las decisiones que corresponden exclusivamente a los ciudadanos mexicanos. Tolerar la influencia de Moscú, Pekín o Caracas bajo el endeble argumento de que su presencia ayuda a contrapesar la hegemonía estadounidense no es patriotismo; es simple sumisión geopolítica de relevo, una entrega voluntaria a nuevos tutelajes a cambio de simpatía ideológica. El análisis de la historia demuestra que los imperios y las dictaduras, sin importar la belleza de su retórica antiimperialista, no buscan aliados horizontales, sino satélites útiles que sirvan a sus propios intereses de expansión global.
El aspecto más deleznable de esta soberanía selectiva no radica únicamente en su inconsistencia diplomática, sino en su uso instrumental como coartada para el repliegue democrático interno y el desmontaje institucional. Piénsese, por ejemplo, en la reciente reforma electoral aprobada por la mayoría oficialista, la cual otorga facultades laxas y ambiguas que abren la puerta a la discrecionalidad para comprometer la validez de una elección bajo el ardid discursivo de "prevenir la injerencia extranjera" y blindar los comicios de dineros oscuros de ultramar. Se ha construido un mecanismo legal perverso diseñado para cuestionar la voluntad popular expresada en las urnas cada vez que el voto ciudadano no favorezca los dictados del oficialismo, usando el fantasma de la intervención externa para justificar un asalto real y doméstico a las reglas del juego democrático.
La historia de México está saturada de advertencias sombrías sobre los peligros de centralizar el poder, suprimir los contrapesos y asfixiar las libertades civiles bajo el pretexto de amenazas externas. La verdadera fortaleza de una nación soberana, no radica en la opacidad de sus leyes electorales, en la persecución de la disidencia, ni en la discrecionalidad de sus gobernantes; radica en la solidez de sus instituciones democráticas y en la cohesión de su tejido social. Utilizar la bandera de la soberanía para blindar al régimen en turno contra el escrutinio público y la ineludible alternancia es una profunda traición al espíritu de la República. La soberanía reside esencialmente en el pueblo, y es ese pueblo el que debe ser protegido con la misma energía: tanto de las ambiciones de los imperios extranjeros, como de los excesos autocráticos de sus propios gobernantes.
Glosas del Poder
Desde la región latinoamericana: Preocupa en la OEA y cancillerías del Cono Sur una red de desinformación financiada por capitales euroasiáticos. Fuentes diplomáticas advierten que el auge de granjas de bots y medios opacos busca polarizar los próximos comicios y minar la democracia regional, ante la pasividad de varios gobiernos del Caribe.
Desde la Ciudad de México: En San Lázaro avanza sigilosamente el borrador de las leyes secundarias de la reforma electoral. Alarma a observadores independientes que las reglas sobre "intervención extranjera" sean tan ambiguas que el financiamiento internacional a ONG de derechos humanos o colectivos de búsqueda pueda usarse como pretexto para anular elecciones en distritos clave. La democracia pende de un hilo.
Desde el estado de San Luis Potosí: La parálisis en la depuración policial de SLP coincide con alertas federales sobre un inusual flujo de dinero extranjero en la Huasteca y el Altiplano. La oposición exige que la UIF investigue estos recursos antes de las precampañas, ante la sospecha de que la inacción estatal responda a pactos políticos de alto nivel.
Desde la capital potosina: Reportan la presencia de asesores de la CDMX y estrategas sudamericanos en la capital. Aunque el oficialismo lo disfraza de "intercambio metodológico", analistas señalan que el encuentro busca definir la estrategia de movilización y campaña digital para el sector urbano. En un mundo interconectado, la política exterior ya condiciona los límites de la vida pública local.
















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