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Regular las redes sociales requiere de alternativas fuera de las pantallas

  • hace 1 día
  • 6 min de lectura

 

* Académicos del ITESO consideran que la regulación de las redes sociales para menores debe ofrecerles alternativas atractivas que reemplacen el tiempo frente a las pantallas. En el desarrollo de estas estrategias deben colaborar desarrolladores, gobiernos, académicos, periodistas y víctimas.

 

Las reglas unilaterales fallan, incluyendo las que impiden que los menores usen las redes sociales y la internet, dice Juan Carlos Silas, académico del Doctorado Interinstitucional en Educación del ITESO. A pesar de su escepticismo sobre la prohibición, reconoce que es urgente poner distancia entre los niños y jóvenes con las empresas cuyo modelo de negocio depende de la adicción a través del scrolling infinito. Ofrecer actividades alternativas al tiempo frente a la pantalla y ser conscientes de las desventajas de las plataformas son clave para construir una estrategia efectiva.  

 

Tampoco hay que dejarse guiar por una regulación moralista que amplíe las brechas digitales, complementa Víctor Hugo Ábrego, coordinador ejecutivo de Signa_Lab ITESO. Él asegura que, “mientras más ampliemos las lógicas de vigilancia, también restringimos más las posibilidades de agenciamiento de los jóvenes”, como su posibilidad de encontrar espacios de pertenencia en internet.  

 

En el último año, la tendencia de la regulación se ha extendido por todo el mundo, comenzando por Australia en diciembre de 2025. Otros países también han aprobado legislaciones —o están por hacerlo— para limitar la edad o el tiempo que los adolescentes pasan en las redes. En Estados Unidos, en donde se han iniciado procedimientos judiciales, las plataformas han respondido con cambios en sus configuraciones y millones de dólares en indemnizaciones por su presunta falta de protección a los menores.  

 

México aún no es uno de esos países, pero tampoco está ajeno a la conversación. A partir de julio de 2026 el Gobierno Federal puso en marcha una serie de foros regionales llamados “La vida frente a la pantalla”, con el fin de llegar a una propuesta de regulación. En uno de esos espacios, Ricardo Villanueva, subsecretario de Educación Superior de la Secretaría de Educación Pública, dio a conocer que en México las personas mayores de 16 años usan internet 7.32 horas al día, una hora más que el promedio mundial.

 

Dos arquitecturas en problemas 

 

“El celular se volvió la niñera de México y del mundo” o una especie de “chupón digital”, dice Silas al señalar que muchos padres comparten la misma fascinación tecnológica que sus hijos y la usan para entretenerlos. El problema es que esta exposición desde la infancia temprana afecta la arquitectura cerebral, que no ha tenido el tiempo suficiente para adaptarse al protagonismo de los dispositivos.  

 

Las consecuencias se observan en diferentes aspectos del desarrollo psicosocial. Probablemente el más discutido es el deterioro de la concentración sostenida, que empeora la capacidad lectora y la memoria. Silas confirma ese perjuicio, pero también habla de la especialización prematura de las redes neuronales cuando los dispositivos se introducen antes de los dos años. A la larga, esa maduración acelerada se correlaciona con decisiones más lentas y mayores niveles de ansiedad en la adolescencia.  

 

También hay evidencia de pérdida de lenguaje debido a la reducción de las interacciones cara a cara que permiten la adquisición de nuevo vocabulario, así como de la disminución en la coordinación y la destreza manual por una menor manipulación de objetos físicos, y problemas posturales. En la vida social se empobrece la capacidad para empatizar y negociar por la falta del juego simbólico y el aburrimiento creativo. Y, por último, la salud física se ve afectada por la fragmentación del sueño, la fatiga visual y el sedentarismo, que a su vez desencadena la obesidad. 

 

Ábrego hace un análisis del tema más cercano a las consecuencias socioculturales. Se trata de prácticas nocivas que existieron primero en el mundo análogo pero que se potenciaron en el digital. “Internet no inventó las operaciones de influencia, pero sí las ha sofisticado. Internet no inventó las relaciones a distancia, pero sí ha permitido que ocurran más. En esa misma lógica, no inventó la radicalización política ni el discurso de odio, pero su arquitectura facilita la circulación de esas dinámicas”, dice el también académico de la Licenciatura en Ciencias de la Comunicación del ITESO.  

 

Hay al menos dos características de esta arquitectura en las que Ábrego reconoce algunos problemas. La primera es la disposición de los algoritmos, los cuales al detectar los intereses de los usuarios los inserta en una burbuja de contenido similar. Al darle cuerda, la burbuja puede convertirse en un pozo sin fondo (a esto también se le conoce como rabbit hole) en el que hay cada vez menos supervisión.  

 

Eso va de la mano con la lógica de la viralización, que impulsa la propagación masiva de mensajes en tiempos cortos. Así, se suprimen los tiempos de deliberación. “Esos contenidos no te están preguntando cuáles son tus dudas, te están diciendo: ‘toma postura ya’. Es decir, no hay espacio para construir una postura y los sistemas políticos partidistas son quienes se han visto beneficiados con eso”, complementa.  

 

Ambos especialistas insisten en que todos estos aspectos problemáticos no pueden pasar desapercibidos, pero tampoco deben motivar la prohibición absoluta de la tecnología para los niños. Eso los privaría de las herramientas que todas las demás personas están utilizando y también de recibir una educación pertinente al respecto.  

 

¿Cómo regular el uso y acceso a las redes sociales?  

 

Silas retoma las ideas de Jonathan Haidt, psicólogo social de la Universidad de Nueva York, para proponer que el tiempo de uso de pantallas en la infancia se limite de forma gradual, según la edad de cada niño: para los menores de cinco años, máximo diez minutos al día, siempre acompañados de un adulto. Treinta minutos para los de seis a nueve años, una hora para los de 10 a 12 años y dos horas para los adolescentes. Todos deberían esperar a los 13 años para tener sus propios perfiles de redes sociales.  

 

Establecer límites ideales es lo más sencillo, las complicaciones llegan al buscar mecanismos para que se cumplan. Australia fue el país que marcó el precedente de la prohibición de varias plataformas entre menores de 16 años a finales de 2025. Los resultados de esa estrategia tomarán tiempo en llegar, pero algunos de los primeros reportes muestran que 70 por ciento de los niños que ya tenían una cuenta de redes sociales antes de la restricción aún tienen acceso a ella. Para darle la vuelta a las regulaciones han usado una Red Privada Virtual (VPN, por sus siglas en inglés), han creado nuevas cuentas en las que mienten sobre su edad o utilizan las cuentas de sus familiares mayores.  

 

“Los jóvenes son lo suficientemente inteligentes, siempre lo serán, para darle la vuelta a esas regulaciones”, asegura Ábrego. Con ese mismo argumento Silas insiste en que cualquier medida restrictiva debe llegar como una especie de desensibilización sistemática. Es decir, poco a poco y ofreciendo alternativas atractivas que sustituyan el tiempo en pantalla. “Deporte, música, baile, paseos, pintura, rapear o hasta farmear aura si quieren”, dice el investigador en temas relacionados con políticas de educación. En el fondo, la idea es que los niños reconozcan las ventajas de pasar tiempo offline.  

 

El coordinador ejecutivo de Signa_Lab ITESO es más escéptico con la supuesta incapacidad de las empresas dueñas de las redes sociales para reconocer las cuentas de menores que burlan las restricciones, e incluso para detener la circulación de contenidos nocivos.  

 

Más allá de pensar en obstáculos técnicos, él habla de la gobernanza de las plataformas y de las lógicas geopolíticas. Éstas guían las decisiones de las empresas en cada región del mundo: mientras que en la Unión Europea y Estados Unidos hay reglas más estrictas y los gobiernos tienen mayor acceso a datos para investigación, los gobiernos latinoamericanos solo han tenido respuestas evasivas cuando pretenden regular al respecto.  

 

“En México y Colombia están cada vez más documentadas las formas de reclutamiento de jóvenes por células del crimen organizado a través de las redes sociales. Y respecto a eso las plataformas se comportan como si estuvieran hablando (los usuarios involucrados) en no sé qué idioma”, dice Ábrego para ejemplificar la pasividad en nuestra región.  

 

Su propuesta es una alianza regional parecida a La causa de los datos, que se generó entre varios académicos latinoamericanos en 2024 con el propósito de demandar el acceso a datos digitales para análisis e investigación. Además, con base en la investigación de Sarah T. Roberts, catedrática de la Universidad de California en Los Ángeles, Ábrego asegura que: “una regulación mínimamente responsable y ética tiene que incluir comités de gobernanza en los que estén los dueños de las plataformas o desarrolladores. Por supuesto, representantes de gobierno, periodistas, académicos y víctimas".  

 

El desafío no es menor y es urgente, pero los académicos del ITESO están de acuerdo con que el camino no es aislar a los niños de la tecnología, sino reconstruir un entorno digital habitable para ellos con la colaboración de las empresas y fortalecer las interacciones humanas que favorecen el desarrollo cerebral. 

 

Fotos: Fotos: Envato/vivilandstock y Envato/oscargutzo

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