Hiljaa Fest: Donde el bosque canta
Por JuanAntonio Sánchez

Hay ruidos que llenan los espacios y silencios que lo habitan todo. En el sureste de Finlandia, donde el otoño tiene su corto amorío con la Ruska y el aire guarda el misterio de los viejos bosques, la tierra misma se organiza para ofrecer el concierto más íntimo del mundo, tiene lugar un festival muy especial.
Los finlandeses, en su perpetua búsqueda de formas elegantes de no hablar con nadie, han inventado el festival definitivo para los alérgicos a la humanidad: el Hiljaa Fest, bautizado cariñosamente por algunos como el “Quietchella”. Este es el evento para aquellos que están hartos de pagar una fortuna para que un DJ los deje sordos, mientras pagan ciento cincuenta pesos (casi 8 euros) por un vaso de cartón con más espuma que cerveza. Básicamente, es el primer festival del mundo donde pagas tu boleto para ir a hacer lo que harías gratis un domingo cualquiera en cualquier bosque (menos al de Chapultepec por su vendimia): escuchar a la naturaleza y hacer absolutamente nada, pero con etiqueta de evento cultural.
A partir del 10 de octubre, cuando el mundo parece acelerarse en su carrera hacia el invierno, el Parque Nacional de Valkmusa se convierte en la sede oficial del Hiljaa Fest y abre sus puertas sin taquillas ni horarios, sin vallas metálicas ni luces estroboscópicas, sin colas para entrar. No hay fan zone, ni puestos donde la sopa de salmón cueste un maksaa maltaita. Solo tú y un escenario compuesto por una alfombra verde de musgos antiguos, los espejos de agua que guardan la memoria del cielo y el susurro constante de los pinos que conversan con el viento. Los artistas no firman contratos, simplemente están ahí, fieles a su propia naturaleza y a la inquietante sensación de que, tal vez el silencio de los bosques finlandeses esconde secretos que tu cerebro, sobreestimulado por las redes sociales, ya no sabe procesar.

El programa no contempla rockstars con berrinches de camerino exigiendo toallas blancas. Los artistas que se presentan son pequeños milagros cotidianos conocidos como elementos de la madre naturaleza, repartidos por el Parque Nacional de Valkmusa. Allí, el viento toca en las copas de los pinos, el agua turbia baila en un suo (pantano) y, con un poco de suerte, ves a un tumpelo eläin (un animal torpe) dar una actuación improvisada a los taciturnos asistentes. Lo divertido de este cartel es que, a diferencia de un festival comercial donde sabes a qué vas, aquí los músicos tienen cero profesionalismo: si el metso (urogallo), émulo de Rod Stewart, no tiene ganas de cantar, te aguantas. No hay devolución de dinero ni quejas en X (antes Twitter), porque la naturaleza no tiene sección de servicio al cliente. Aquí solo están los metsän henki (espíritus del bosque) del folclore finlandés para recordarte:
Kuuletko kun honka kuiskaa,
sammal mattona niin pehmeä.
Täällä metsä salatuiskaa,
täällä sielu lepää vailla häpeää.
täällä sielu lepää vailla häpeää.
Traducción: (¿Escuchas al pino susurrar? / El musgo es una alfombra tan suave. / Aquí el bosque guarda sus secretos, / aquí el alma descansa sin temor.)
¿Lo mejor de todo? Cuando termine el "concierto", no tendrás que empujar a nadie en el metro ni sufrir resaca por alcohol adulterado. Solo regresarás a tu casa preguntándote si pagar por ir a escuchar árboles fue una genialidad o la estafa más sofisticadamente aburrida de la historia moderna. Lo cierto es que, en una época en la que vivimos rodeados de notificaciones, pantallas y contaminación acústica constante, una escapada donde el ritmo lo marca el viento y la única regla es prestar atención a los pequeños sonidos cotidianos suena como un respiro más que necesario. Porque a veces, lo único que necesitamos para volver a encontrarnos es apagar el ruido de afuera y dejar que el bosque nos cuente, muy bajito, quiénes somos, de dónde venimos y hacia dónde vamos.
¿Te animarías a cambiar el próximo concierto masivo por una sobredosis de paz en medio de un bosque finlandés?

















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