Del frío nórdico al cempasúchil
Por: Juan Antonio Sánchez
Mientras el Día de Muertos mexicano convierte la ausencia en un banquete, en la tradición nórdica y nórdico-finesa el silencio, el bosque y miles de linternas son los verdaderos protagonistas.

Cuando los días se acortan drásticamente en el norte de Europa y las primeras heladas cubren la vegetación, el paisaje experimenta una transformación sobria. Entre el 31 de octubre y los primeros días de noviembre, Suecia, Finlandia, Noruega y Dinamarca conmemoran a sus fallecidos. A miles de kilómetros de distancia, en cambio, el aire de México cambia de golpe: huele a copal quemado, a ponche y a esa flor de cempasúchil que nos recuerda que la muerte no es gris, sino amorosa colorida. Como bien escribió Octavio Paz: "El amor es una de las respuestas que el hombre ha inventado para mirar de frente a la muerte”».
Ambas tradiciones nacen de una necesidad ancestral idéntica: dialogar con quienes ya no están justo cuando la naturaleza parece morir en el umbral del invierno. Para la tradición germánica nórdica, la memoria trasciende a través del legado, tal como recuerda el Hávamál, uno de los poemas más célebres de la literatura nórdica antigua:
«Deyr fé, deyja frændr, deyr sjálfr it sama; ek veit einn, at aldrei deyr: dómr um dauðan hvern.»
(«El ganado muere, los parientes mueren, uno mismo muere de la misma manera; sé de una sola cosa que jamás muere: el juicio sobre cada hombre muerto»).
Por eso allá no hay calaveritas de azúcar ni papel picado bailando con el viento. Los nórdicos viven estos días con una reverencia que impresiona: un silencio tan profundo que parece que hasta los pinos detienen el aliento. En cambio, para nosotros en México, recordar a los que se nos adelantaron tiene de todo menos silencio; es la excusa perfecta para demostrarle a la Catrina que a los mexicanos nos sobra valentía y alegría, por lo que hasta para los muertos hacemos fiesta.
En el norte de Europa, cuando el otoño aprieta y las tardes se apagan temprano, el tributo a los difuntos no ocurre en medio del bullicio, sino en la quietud de los cementerios. Durante el Alla helgons dag en Suecia o el Pyhäinpäivä en Finlandia, la gente sale al atardecer rumbo a los panteones, que suelen ser bosques antiguos donde la naturaleza abraza a a quienes descansan.
Muestra de ello es el célebre cementerio de Skogskyrkogården en Estocolmo —diseñado por Gunnar Asplund y Sigurd Lewerentz para integrarse con el paisaje—, donde las familias acuden al caer la tarde. Imagina la escena: miles de personas caminando en silencio sepulcral entre los árboles, sobre la hojarasca o la nieve, colocando gravljus sobre las tumbas o en las zonas comunes de memoria (minneslund). De pronto, el bosque entero queda iluminado por un mar de flamas doradas. No hay ruido no hay música; solo calma y respeto que eriza la piel por su sobria belleza.
En contraste, el Día de Muertos en México concibe la tumba y el altar familiar no como un sitio de recogimiento solitario, sino como el escenario de un reencuentro vivo. A través de un puente de pétalos color naranja, se cree que los difuntos regresan para disfrutar del mole, el pan de muerto, el mezcal y la música que amaron en vida. Es una celebración colectiva donde el llanto y la risa coexisten, y donde la muerte se despoja de su manto trágico para convertirse en una fiesta de bienvenida.
Pensar en estas dos formas de contemplar la muerte es como asomarse a las dos caras de una misma moneda. Por un lado están el Helheim nórdico y el Tuonela finlandés; por el otro, el Mictlán mexicano. En el fondo, lugares donde ya no importa de dónde vienes, sino cómo viviste y cómo llegaste.
Si para nosotros el camino de los muertos se traza con pétalos que guían a las almas como destellos de sol, en el norte el camino se dibuja con fuego. Allá, la vela no espera a que el ánima regrese a cenar, es el faro que el vivo sostiene en la mano para recordarse que el amor sobrevive al invierno. Tanto la flama como el pétalo son luz; ambos son memoria.
En México abrimos las puertas de par en par, preparamos tamales y dejamos la casa lista para que pase nuestro difunto (y alguno que otro vivo a acompañar la fiesta). En la Escandinavia antigua, durante el Álfablót, se cerraban los portones de la granja para proteger el fuego del hogar y honrar en privado a los ancestros; mientras tanto, en el folclore finlandés se celebraba el Kekri, un festín de la cosecha donde los difuntos regresaban a comer y a compartir la sauna con la familia. Fieles a su privacidad, los pueblos del norte buscan la intimidad para sus muertos; acá, los mexicanos, devotos de la alegría, arman la fiesta en el barrio.
Al final, ya sea bajo el cielo plomizo de un bosque nórdico o bajo la luna de un panteón mexicano, los seres humanos buscamos exactamente lo mismo: ritualizar la muerte para no morirnos de susto ante el olvido.
Los mexicanos lo resolvemos a gritos, con mezcal, risas y pan de muerto, abrazando a la pelona para quitarle lo fría. En el norte la enfrentan con la dignidad del silencio, acurrucándose junto a una vela y confiando en que una pequeña chispa basta para calentar la noche más larga del año.
Son dos geografías distintas y dos maneras de latir. Pero cuando cae la tarde y se enciende la primera vela, el amor es uno solo: la memoria es la voz de los vivos rebelándose a que la fría muerte gane la partida y nos haga creer en el olvido. Por eso, ya sea en la quietud del silencio o entre el estruendo de una canción, tanto nórdicos como mexicanos la miramos a los ojos para recordarle que quienes partieron vivirán por siempre en nuestros corazones.















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