Tove Jansson: la reina y señora del caos creativo
Por Juan Antonio Sánchez
Tove Jansson y J. R. R. Tolkien transmutaron el trauma de las guerras europeas en su literatura de fantasía.

Cuando piensas en Tove Jansson, lo primero que te viene a la cabeza son esos seres gorditos, apretables y entrañables llamados Moomins. Sin embargo, Tove Jansson (1914-2001) era mucho más que la madre-padre-abuela-creadora y alma de estos personajes: fue una artista polifacética, una rebelde con causa y, sobre todo, una fuerza de la naturaleza que revolucionó el arte finlandés con una sonrisa, mucha actitud y abundante pintura. De esta manera, Jansson encarnó la compleja tensión entre el arte formal y la ilustración popular en un país que buscaba redefinir su identidad tras los estragos de la Segunda Guerra Mundial.
Un estudio donde el orden brillaba... pero por su ausencia

Nacida en Helsinki en el seno de la minoría suecoparlante de Finlandia, Jansson creció en un entorno donde el arte no era solo una profesión, ¡sino una forma de vida! Su padre, Viktor Jansson, fue un destacado escultor, y su madre, Signe Hammarsten-Jansson, una prolífica ilustradora y diseñadora de sellos postales, por lo que no es de extrañar que Tove empezara a pintar antes que a caminar. En este taller familiar, donde los moldes de yeso y los bocetos a tinta abundaban como metsämarjat en un bosque finlandés, aprendió las bases de la técnica plástica, completando más tarde sus estudios en Estocolmo, Helsinki y París. El estilo pictórico de Jansson se caracterizó por una paleta vibrante, una marcada sensibilidad expresionista y una devoción absoluta por la revontulet.
A Tove Jansson la habitaba un espíritu libre que la acompañó siempre. Convirtió su estudio en un Taianomainen paikka, de ideas locas, pinceladas llenas de vida y caos absoluto... ¡y a ella le encantaba! Había paredes cubiertas de bocetos, botes de pintura desparramados, pinceles por todas partes y, por supuesto, un apretable Moomin escondido entre todo ese delicioso caos.
Risas en tiempos de guerra: la creatividad como arma
Antes de que el Valle de los Moomins se convirtiera en un refugio universal, el talento de Jansson sirvió como vehículo de resistencia política. Utilizaba su arte para meterse en algún que otro pikkusäätöä: durante las décadas de 1930 y 1940, en un contexto histórico delicado para Finlandia —atrapada entre la agresión soviética y la peligrosa alianza táctica con la Alemania nazi—, colaboró con la revista satírica Garm dibujando caricaturas que ridiculizaban a personajes como Hitler o Stalin. Fue en las esquinas de estas viñetas donde apareció por primera vez una criatura delgada y de nariz alargada, llamada inicialmente Niisku, que con el tiempo evolucionaría hasta convertirse en el icónico Moomintroll.
Cuesta trabajo imaginarse la escena: las bombas cayendo y Tove ahí, con el lápiz afilado, sacándole una sonrisa a la gente y recordándoles que, incluso en los peores momentos, la vida es más bonita con humor.
Cuando Finlandia empezó a reconstruirse tras la guerra, experimentó un resurgimiento enfocado en el civismo. Tove Jansson desempeñó un papel clave en este movimiento a través del muralismo, creando obras gigantescas para espacios públicos como la alcaldía de Helsinki, jardines de niños, comedores de fábricas….
Sus murales no solo eran coloridos, mágicos y divertidos, sino que transmitían mensajes de esperanza, paz y convivencia. Jansson quería llenar la vida cotidiana de las personas con ese toque de magia, fantasía y felicidad que, hasta el día de hoy, convierte a Finlandia en el país más feliz del mundo.

Klovharun: el refugio de la señora de los Moomins
No se puede entender el lenguaje visual de Tove Jansson sin mencionar la remota y austera choza en la isla de Klovharun, en el golfo de Finlandia, donde pasaba sus veranos junto a su compañera, y la también artista Tuulikki Pietilä.
El paisaje salvaje y los baños en el mar helado de Klovharun se convirtieron en la principal fuente de inspiración para Jansson, quien capturó la esencia de la naturaleza nórdica con tal maestría que nos evoca la Comarca de los hobbits de Tolkien. Sus minuciosas ilustraciones capturaban la melancolía y el aislamiento de las estaciones nórdicas con una economía de líneas prodigiosa.
Tove Jansson está sin duda a la par de J. R. R. Tolkien: ambos lograron lo que muy pocos artistas consiguen, que es construir un universo estético único capaz de dialogar tanto con las profundidades de la psique adulta como con la inocencia infantil.
Tove Jansson —y lo digo en tiempo presente— es una artista audaz, una mujer independiente y una visionaria que demostró que el arte puede ser divertido, comprometido y, sobre todo, una forma de cambiar el mundo con una sonrisa.
¡Larga vida a la reina y señora del caos creativo!
















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