Sr. embajador In Metal We Trust
Por Juan Antonio Sánchez

¿Te imaginas ver a fans del black metal caminando por las calles de Lomas de Chapultepec en una noche lluviosa? Envueltos en chamarras de cuero, con las botas empapadas y un corpse paint espeso, todos buscando la entrada de una residencia diplomática. Pensarías que su intención es derribar la puerta y exigirle al embajador más conciertos del género en México… pero no. Descubres que la furia de los descendientes chilangos de Odín no busca irrumpir sin aviso: son invitados de honor que enviaron un formal e institucional RSVP vía correo electrónico y se ganaron, gracias a sus amplios conocimientos sobre el metal, el derecho a asistir a la primera edición de la «Noche de Brujas & Metal», organizada por la mismísima Embajada de Noruega en México.
La cosa no terminó ahí. La embajada sabía que no podía defraudar a sus distinguidos visitantes, así que, para hacerlos sentir en su ecosistema, convirtió su jardín en un cementerio. Los recibió con palomitas de maíz de color extraño, gomitas con forma de ojos y gusanos, además de una generosa y variada dosis de hidromiel. Y si la escena ya rozaba lo absurdo, el equipo diplomático decidió ir más allá y preparó, como pretexto formal del encuentro, la presentación del libro Odiar a Dios —no podía haber un título más ad hoc para una noche de brujas y metal—, de la polifacética artista y escritora noruega Jenny Hval, traducido por Alex Olvera y publicado por Pomelo Press… en esta recepción solo faltó que a los asistentes se les otorgara la nacionalidad noruega por derecho musical.

En Odiar a Dios, Hval toma la rabia anticristiana y la estética del metal noventero para pasarlas por el filtro de la teoría de género, la autoficción y el arte de vanguardia. La obra aborda la rabia adolescente, la disidencia de género y la brujería como herramientas subversivas de creación artística frente a las estructuras de control social y religioso. Un giro notable para una corriente musical que, en sus orígenes, despreciaba el análisis académico con la misma furia con la que rechazaba la teología.
Para culminar la velada, la sede diplomática ofreció a los ya de por sí extasiados asistentes un miniconcierto de black metal noruego. La verdadera paradoja contemporánea de este gran evento radicó en la logística: para escuchar la música que alguna vez buscó la destrucción del orden establecido, sus adeptos tuvieron que seguir un riguroso protocolo formal. Todo para ser recibidos por el excelentísimo señor embajador y escuchar de su viva voz —en una suerte de sofisticada campaña turística— cómo la esencia oscura, los inviernos crudos y los bosques densos de Noruega son los posibles progenitores de este tipo de géneros musicales.
Si los fieros guerreros vikingos del siglo IX hubieran sabido que sus oscuras leyendas, rituales paganos y furia del Norte terminarían destilándose en guitarras ultrasónicas y, siglos más tarde, en cócteles diplomáticos en Lomas de Chapultepec, probablemente habrían preferido encallar sus drakkars y marchar directo al Valhalla sin mirar atrás.
Pero lo más importante, quién diría que el verdadero triunfo de la oscuridad no sería el caos ni la anarquía, sino lograr que un grupo de metaleros pintados de la cara le dijera con absoluta amabilidad y respeto al embajador: «¡Skál, señor embajador, y muchas gracias por las palomitas! ¡Se la rifaron!...».
















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