Miguel Delgado y el Acervo de Griselda Álvarez

Por: Abelardo Ahumada

MIGUEL DELGADO Y EL ACERVO DE GRISELDA ÁLVAREZ


Hace siete años, en un día de marzo de 2014, el Dr. Miguel Delgado Álvarez, mi amigo desde unos pocos años atrás, me llamó por teléfono para invitarme a beber una copa en uno de los corredores de la ex hacienda de La Esperanza, ubicada realmente muy cerca de Colima, pero en el municipio de Tonila, Jal., diciendo que quería platicar conmigo y hacerme una propuesta.


Fui en la fecha acordada y un poco después del primer tequilita me invitó a ir a unos anexos de la vieja casona, en donde, según observé, debieron de haber estado los pesebres, las caballerizas algunas bodegas de la antigua hacienda.


Pasando el zaguán por el que entramos al corralón aquél y, junto a una pila, estaba una mulita vieja a la que al parecer ya nadie tomaba muy en cuenta. Miguel se acercó como quien dice para saludarla. Me pareció una escena muy tierna de su parte y, accionando mi cámara, le tomé una pequeña serie de fotos con la mulita, que se dejó querer.


Detrás de ellos, sobre una pequeña loma, se veían unas muy añejas y ruinosas construcciones de gruesos ladrillos rojos, a donde me pidió que fuéramos.


Casi todos los muros estaban, como ya dije, en ruinas, pero había lo que parece haber sido una espaciosa bodega, a la que con toda intención re-techaron con unas grandes láminas de asbesto, y en la que colocaron una gran puerta metálica con el evidente propósito de usar ese espacio para guardar algo.


Frente a ella se detuvo Miguel y, mientras estaba accionando la cerradura de un grueso candado, me dijo: “Aparte de la biblioteca que ya viste, aquí está otra buena parte de los objetos, de los recuerdos y de los escritos de Griselda, y quiero que lo veas”.


Yo, desde buen tiempo antes, cada que lo escuchaba hablar de la vida y la obra de la maestra Griselda Álvarez Ponce de León, su madre, había notado que siempre se refería a ella en tercera persona nombrándola simplemente Griselda, y no me sorprendió oírle otra vez decir así.


Abrió la puerta de par en par, entramos al espaciosos y viejo cuarto y comencé a ver muchísimos más libros, pinturas, fotografías enmarcadas, diplomas y reconocimientos, un busto de doña Griselda, algunas pequeñas esculturas, varias cajas de archivos, muebles, una especie de percha de la que colgaba un traje sastre de mujer y otros enseres más que habían pertenecido a la poeta y… primera gobernadora de Colima. Y en una caja en especial, casetes y videocasetes en los que según mi amigo había grabaciones y películas tomadas a su madre.


La idea por la que Miguel me invitó a ir a ese lugar, fue porque quería proponerme que me hiciera cargo de revisar un gran conjunto de escritos digamos “sueltos”, que su progenitora había producido a lo largo de muchos años. Escritos de los que algunos no había publicado jamás, y otros que publicó en periódicos, revistas y suplementos culturales de la Ciudad de México, donde, como se sabe, vivió la mayor parte de su vida.


Yo, la verdad, me sentí halagado por la invitación, pero decliné porque como en esos días estaba teniendo mucho trabajo, carecía del tiempo suficiente para realizar una tarea que seguramente me demandaría varios meses de esfuerzo. Y él, que sabía de lo anterior, pues coincidíamos además en la Asociación Colimense de Periodistas y Escritores (ACPE), y en La Sociedad Colimense de Estudios Históricos (SCEH), entendió bien mi respuesta y dimos por terminada la charla. Pero le pedí que me mostrara el resto de aquellas ruinosas tapias, y desde la lomita, donde él me tomó a mí otra foto, vi lo que antes fueron las casas de los peones, en cuyo derredor se levantaron después las casas de los ejidatarios y se fue formando el pueblo.


Ésa fue la primera ocasión en que tuve contacto visual con algunos de los muchos bienes materiales legados por doña Griselda a su hijo, y luego, en varias ocasiones, nuestros compañeros de la SCEH, de la ACPE y yo, lo escuchamos decir que él mismo había promovido y presidido el Instituto Griselda Álvarez, A. C. con varios propósitos, entre los que estaba el de tratar de dar a conocer, precisamente, ese gran acervo acumulado de su madre, no sólo a los estudiosos e investigadores que quisieran acceder al material, sino a todo el público, y en especial a los colimenses.


Convivimos mucho en esa época. Fui su vocal durante su primer período como presidente de la ACPE y me consta que, después de haber propiciado una especie de Segundo Tomo de “La Sombra Niña” (un libro autobiográfico de doña Griselda), en cuya presentación me tocó participar, estaba buscando convenios y patrocinadores para publicar la obra completa de la maestra. Pero comenzó a enfermar, luego se vino el Covid 19 y ya no pudo hacer más.


Hace ocho días, el 25 de marzo para ser exactos, recibí otra llamada, esta vez de la maestra Marisa Mesina, para invitarme a estar, en la mañana siguiente, en la ex hacienda de Chiapa, donde precisamente vivió la poeta cuando era niña.


La idea era que esa mañana Indira Vizcaíno Silva y su equipo de campaña le iban a ofrecer un homenaje luctuoso a la ex gobernadora en ocasión del décimo segundo aniversario de su fallecimiento.


Indira, como se sabe, es la candidata de Morena y de Nueva Alianza para suceder a Ignacio Peralta Sánchez, y quiere, (como Mely Romero Celis, candidata por la Coalición “Va por Colima”) convertirse en la segunda gobernadora de la entidad.


Asistí, pues, al evento respondiendo a la invitación mencionada, y observé que, entre los varios subtemas que dicha candidata abordó, mencionó un compromiso que ella había hecho con Miguel Delgado para apoyar los trabajos que ya comenté en relación al acervo de la ex gobernadora y fue todo lo que escuché, porque me salí en cuanto se terminó el acto.


Pero a las pocas horas, y luego en notas periodísticas del día siguiente, empecé a ver que alguien había malinterpretado el evento y, aparte de que primero se criticó el hecho como una acción burda en que la candidata “quiso llevar agua a su molino”, luego empezaron algunas personas a comentar que Laura Sánchez Menchero, la señora que durante los últimos años de Miguel lo acompañó, le dio cariño y lo atendió en su larga y penosa enfermedad, le había donado – según ellos- a Indira el acervo que comenté antes. Siendo que yo no escuché nada que se dijera en ese sentido.


Así las cosas dejé pasar unos días, pero como vi que seguían publicándose comentarios críticos basados en lo que yo creí una mala interpretación del mensaje de Indira, y del que leyó Daniel González Sánchez, hijo de Laura en su lugar, porque ella no fue al estar lesionada de un tobillo, la busqué para que, en confianza, me aclarara el punto.


La pregunta obligada fue: “¿Donaste tú a Indira el acervo que se comenta?” Y su respuesta, tajante y segura fue: “¡No, definitivamente no! Miguel donó ese legado al Instituto Griselda Álvarez, como parte de su patrimonio. Lo que pasó (más tarde) fue que, como hacer el trabajo que Miguel quería que se realizara conlleva (la contratación) de personas que limpien, cataloguen y archiven todos estos documentos y fotografías bajo la supervisión de una organización responsable, y se le dé un destino para su resguardo, eso significa gastos que él ya no podía hacer. Por lo que desde hace algunos años comenzó a realizar gestiones y a buscar los apoyos necesarios para llevar a cabo dicha tarea. Y en ese trayecto, desde que doña Griselda se pronunció a favor de Andrés Manuel López Obrador como candidato a la Presidencia de la República y se manifestó en desacuerdo con la candidatura de Roberto Madrazo Pintado, Miguel comenzó a hacer amistad con Arnoldo Vizcaíno Rodríguez, papá de Indira, quien estaba muy joven aún. Luego se hizo amigo también de Indira, y cuando ya en sus últimos meses Miguel estaba muy enfermo y agotado, ella lo visitó varias ocasiones, en las que platicamos los tres sobre el asunto que tenía él pendiente: ambos se comprometieron a dos cosas: él a apoyarla en su campaña a la gubernatura, que por su muerte ya no pudo hacer, y ella a buscar el modo de que al acervo del que estamos hablando se le haga el trabajo que se comentó. Mientras que a mí me tocó la obligación de seguir viendo que la voluntad de Miguel se cumpla. Y eso es todo”.


Así, pues, o hubo un torpe malentendido, o ciertos contrincantes de la candidata torcieron inmediatamente la información. Pero lo cierto es que el acervo de la maestra y ex gobernadora sigue perteneciendo al Instituto Griselda Álvarez Ponce de León, A. C. Y todo esto lo escribo e informo en atención al buen recuerdo de mi amigo y compañero en asuntos de las bellas letras. Descanse en paz.

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