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El arte como destino, la danza como salvación

  • 7 jul
  • 6 min de lectura

* Una entrevista sobre la danza, el choque cultural invertido y el encuentro con el país más feliz del mundo.


Por: Juan Antonio Sánchez



Cano Monroy, un artista que desafió las fronteras convencionales de la danza en México, nos abre el corazón. En esta conversación, recorre su viaje desde sus inicios en el deporte hasta su consolidación en el Ballet Finland, antes de emprender su vuelo hacia nuevos horizontes en Los Ángeles. Esta entrevista plasman la filosofía del rigor, el verdadero significado de habitar el arte y una búsqueda incansable de superación personal que va más allá del escenario.


Monroy imparte clases de baile desde hace siete años en ciudades finlandesas como Turku, Helsinki y Jyväskylä; una labor docente que previamente sembró en Holanda y Londres. Gracias a su dominio absoluto de técnicas que abrazan desde el ballet clásico y el contemporáneo hasta los ritmos urbanos y latinos, fue invitado a formar parte del proyecto multicultural y experimental Textual Motion. Allí cocreó It's Our Time to Listen, una iniciativa diseñada para ayudar a jóvenes bailarines a transformar sus emociones más profundas en movimiento a través de la improvisación. En su trayectoria también destaca su “complicidad artística” en la gira de la estrella finlandesa Kaija Koo.



Para comenzar desde el origen de todo, ¿cómo fue que decidiste adentrarte en el mundo de la danza y dejar atrás otros caminos?


Cano Monroy: Realmente, mi camino en la danza inició cuando ella me acogió. Yo siempre estuve inmerso en el deporte y, de hecho, se me daba muy bien. Pero cuando sentí la danza por primera vez, me dolió; me costó muchísimo trabajo. Me atrapó precisamente por eso, porque era un universo complejo para el cual no tenía ninguna habilidad.


Ese rigor despertó algo en mí que nunca antes había sentido: un reto vivo, una conexión profunda. Yo no lo decidí de forma consciente; simplemente la danza y el arte llegaron a mi vida en el momento exacto en que las sombras me acechaban. Me rescataron de un mal camino en el que andaba perdido. El baile llegó para salvarme, para devolverle el latido y el ritmo a mi vida.


Teniendo una base sólida, decidiste salir de México y buscar un rumbo internacional. ¿Qué te impulsó a buscar un destino fuera de tu tierra?


CM: Creo que se lo debo a mi alma rebelde. El deseo de un artista por ser genuinamente multidisciplinario suele incomodar y causar mucho conflicto en el entorno local. Yo no quería conformarme con las nociones básicas de varios estilos; mi sueño era llevar la danza clásica y la fuerza de los estilos urbanos a un nivel estrictamente profesional en paralelo. En México, y en muchos otros lugares, esa ambición genera resistencia; los bailarines con una formación tan completa y diversa son contados.


Ante la necesidad vital de crecer y descubrir nuevos horizontes, decidí emigrar. Comencé en Estados Unidos, persiguiendo los reflectores de la industria más conocida, pero conforme mi alma me pedía aprender más sobre la raíz de todo, enfoqué mis pasos hacia Europa.


"En Finlandia la danza se respeta de una manera casi sagrada. Aquí te ves obligado a desnudar el contexto de tu obra, haciendo que tu identidad artística se desmenuce de forma espectacular."


Europa es un continente con una inmensa riqueza artística. ¿Cómo se dio tu llegada específica a Finlandia y qué representaba para ti ese destino tan lejano?


CM: Siempre he creído que el universo acomoda las cosas en el instante perfecto. Yo ya había sembrado algunas semillas impartiendo cursos en Europa en años anteriores; viajaba frecuentemente a Holanda, a Londres y luego a la propia Finlandia. A raíz de esto, me invitaron formalmente a incorporarme a un proyecto cultural. Acepté de inmediato porque lo sentí como el mayor reto de mi vida, no solo por la enorme distancia geográfica, sino por el altísimo nivel cultural y académico del país. Ya había vivido en Estados Unidos, pero esta oportunidad en el norte de Europa me encendió el pecho con una energía y una felicidad muy particulares.


El cambio de Latinoamérica al norte de Europa puede ser una transición drástica. ¿Cómo experimentaste ese proceso de adaptación cultural y profesional al llegar?


CM: Mi proceso tuvo una magia particular. Yo no llegué a buscar un espacio o a tocar puertas, sino que iba cobijado por un contrato firmado y en una posición de especialista para guiar a otros. Era la comunidad local la que se adaptaba a mi sistema de trabajo, por lo que el impacto no fue agresivo; además, la vida me ha enseñado a amoldarme con facilidad.


Si tuviera que señalar el mayor desafío, el que verdaderamente me conmovió, fue lograr que los profesionales finlandeses entendieran y asimilaran el flow latino. Quería que no solo lo ejecutaran, sino que lo experimentaran en la piel, que lo sintieran vibrar. Fuera de eso, no hubo un choque cultural negativo. Al contrario, me parecía fascinante que cuando explicaba un movimiento, ellos querían ir al fondo de todo; me preguntaban el porqué de las cosas. Los finlandeses son cultos y profundamente curiosos; les apasiona entender el contexto cultural y el alma detrás, en este caso de la danza, de cada movimiento.


Mencionas el rigor y el respeto hacia el arte. ¿Cómo influyó esa mentalidad tan profunda en la consolidación de tu propia identidad artística?


CM: Como te decía, en Finlandia la danza es una disciplina que se respeta de una manera muy seria, casi sagrada. Existe una arraigada cultura del argumento: te cuestionan constantemente por qué haces lo que haces y cuál es tu trasfondo. Para mí, esa exigencia fue un regalo espectacular; me obligó a desmenuzar y analizar mi identidad artística como nunca antes lo había hecho.


Desde luego que uno puede crear un proyecto simplemente por el gusto de bailar, pero si aspiras a que trascienda y toque almas, es obligatorio que posea un porqué, una raíz sólida y una razón de ser. Ese entorno me obligó a afinar hasta el más mínimo detalle de mi trabajo. Me fascina la disciplina, amo los retos, y entrenar bajo esas condiciones y con ese frío extremo fue una experiencia muy old school… muy similar a la preparación de Rocky cuando viaja a Rusia. Esa analogía describe perfectamente cómo me sumergí en su cultura. Ha sido un viaje tan enriquecedor que, al día de hoy, sigo volviendo a Finlandia a compartir coreografías y a entregar mis proyectos en sus festivales más importantes. @photo_immiker



Al margen de lo profesional, el entorno físico de Finlandia —la falta de luz y el frío extremo— suele ser una barrera emocional para muchos. ¿Cómo lo viviste tú?


CM: En lo que respecta al frío estricto, la realidad es que no te detiene en el día a día porque la infraestructura es perfecta; los edificios cuentan con sistemas térmicos tan avanzados que, literal, jamás pasas frío. El tema de la luz es distinto. Sin embargo, cuando estás inmerso en una rutina de alto rendimiento, encerrado en los salones ensayando, sudando y creando, el mundo exterior desaparece. Te das cuenta de la oscuridad dominante hasta que terminas la jornada y sales a la calle; pero durante las horas de entrenamiento, lo único que existe, lo que te ilumina, es el movimiento.


Existe el mito de que los finlandeses son personas frías a las que no les gusta demostrar lo que sienten. Desde tu experiencia, ¿esto es real?


CM: Para nada. Contrario a los prejuicios, los finlandeses son personas sumamente cálidas, agradecidas y amorosas. Te comparto una anécdota que se quedó grabada en mi corazón como un momento entrañable y profundamente emotivo.


Cuando llegó el momento de despedirme de mis compañeros, de las maestras y de las ensayadoras para partir hacia Los Ángeles, el salón se llenó de una vulnerabilidad hermosa. Se mostraron muy conmovidos. Me dijeron, con un cariño inmenso, que extrañarían profundamente mi energía, esa luz y la actitud con la que intentaba contagiar cada sesión, además de la calidez y el color que uno lleva arraigados de nuestra propia cultura mexicana. Ver que personas de una naturaleza habitualmente más reservada se abrieran a expresar esa nostalgia, y saber que valoraron tanto la alegría con la que yo me presentaba a trabajar a diario, fue un regalo bellísimo que me obsequió la vida. Es un recuerdo sagrado que me llevo conmigo de esta gran etapa. Photo by @annacehalla


Juan Antonio Sánchez es escritor y periodista. Colabora con medios escritos y digitales tanto nacionales como internacionales. Escribe sobre Cultura nórdica, seguridad, educación y migración.

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