¿Cómo y qué tanto influyó la figura de Napoleón en la guerra de independencia?

Por Abelardo Ahumada

¿CÓMO Y QUÉ TANTO INFLUYÓ LA FIGURA DE NAPOLEÓN EN LA GUERRA DE INDEPENDENCIA?



“EL CORZO” APROVECHÓ LA OPORTUNIDAD. –


Ya se dijo aquí que entre octubre y noviembre de 1807 los ejércitos francés y español tomaron conjuntamente Portugal. Pero lo que no se ha comentado es que cuando esto se supo tanto en la Península Ibérica como en sus muy extensos dominios allende el mar, la convicción de los simpatizantes del rey en el sentido de que Napoleón era un gran aliado suyo se fortaleció; pero no así entre quienes, junto con su hijo “el príncipe Fernando” creían que el rey actuaba como títere del emperador francés.


Complementariamente en ese mismo contexto me parece necesario recalcar que, cuando inició enero de 1808 y algunas de las tropas francesas se posesionaron de las fortalezas y los castillos del norte de España y exigieron su manutención a las ciudades donde se encontraban, la convicción de los primeros se convirtió en un gran desconcierto y, el recelo de los segundos se transformó en una ira creciente que terminó por manifestarse el “Motín de Aranjuez”, entre el 18 y 19 de marzo, y que derivó en la deposición de Manuel Godoy (especie de “ministro plenipotenciario” del monarca español), y la abdicación de Carlos IV a la corona en favor de Fernando, su hijo rebelde, quien inmediatamente asumió el nombre de Fernando VII.


Viendo las cosas a la distancia, aquél parecía ser un “pleito de familia” ya resuelto. Pero diez días después el rey se retractó de su abdicación y dijo que cuando dejó la corona, lo hizo porque había sido amenazado de muerte. Así que, sin importar en este caso que las tropas francesas fueran ocupando cada vez más terreno en España, las desavenencias familiares se recrudecieron, y el pleito trascendió a los “carlistas” y a los “fernandinos”. Viendo Napoleón en ello la oportunidad que secretamente y durante largo tiempo, había estado esperando para apoderarse de una buena vez del trono de España.


Para lograrlo hizo saber los dos borbones (Carlos y Fernando) que estaba dispuesto a fungir como árbitro para solucionar sus problemas, y en abril les propuso reunirse con él en Bayona, al sur de Francia, cerca de la frontera española.


Respecto a este asunto, los historiadores españoles comentan que tanto Fernando VII como Carlos IV aceptaron la intermediación de los buenos oficios del emperador francés y, marchando por diferentes caminos, siempre hacia el norte, se dirigieron (acompañados con miembros de sus respectivas cortes) hacia Bayona, mientras que, secretamente, por órdenes del astutísimo Napoleón, y por otros caminos, el general Joachim Murat, movilizaba sus tropas de norte a sur, en dirección a la capital del imperio español.



Así finalizó abril: y mientras que los dos monarcas en conflicto se disponían a ventilar sus diferencias frente al emperador francés, el día 1° de mayo el ejército de éste se aproximó a las puertas de Madrid y puso pie en sus primeras calles, propiciando que el día 2 se armara una gran revuelta de sus pobladores en contra de la ocupación francesa, dando así inicio la guerra que algunos historiadores han dado en llamar la Guerra de Independencia de España.


De este hecho no se enteraron, sin embargo, ni Carlos ni Fernando, puesto que ubicados, como ya se dijo, en Bayona, a varios cientos de kilómetros de allí, en lo único que se ocupaban era en tratar de pasarla muy bien mientras intentaban limar sus diferencias.


En esa particular reunión el emperador francés realizó una jugada maestra, puesto que, el día 5, estando muy ajenos los monarcas españoles a cuanto ocurría en Madrid, aquél logró convencer a Fernando para que le devolviera el trono a Carlos, sólo para que éste, casi de inmediato, el 9 lo pusiera “a disposición” del “Pequeño Corzo”. Quien no tardó mucho en entregárselo a su hermano José Bonaparte.


Por muy rápido que viajaran las noticias que se producían en España no tardaban menos de un mes para llegar a Veracruz o a cualesquiera de los puertos que la corona tenía operando del otro lado del mar. Pero como quiera que hayan llegado dos o tres meses después a los vastos dominios de la “Monarquía Hispánica”, esas noticias que acabo de referir provocaron diferentes reacciones (y embrollos) en Santo Domingo, Santiago de Cuba, Veracruz, México, Panamá, Cartagena, Lima, Buenos Aires y todas las demás ciudades, pueblos y posesiones que aquélla tenía en América.


Por otra parte, aun cuando la Guerra de Independencia que el pueblo español protagonizó en contra de Francia inició entre el 2 y el 3 de mayo de 1808, y terminó hasta el 17 de abril de 1814, cabe precisar que si en un inicio desencadenó reacciones a favor o en contra en las islas caribeñas y en los cuatro virreinatos, a la postre corrió en paralelo con las demás “Guerras de Independencia” que, respecto de España, se suscitaron en todos esos ámbitos.


Pero no piensen, lectores, que quiero entretenerme, o entretenerlos a ustedes buscando y difundiendo esa información, puesto que lo que aquí me interesa es reseñar, lo más clara y brevemente que me sea posible, lo que ocurrió en lo que hoy es nuestro país a raíz de todos esos incidentes. Pero enfocándome con mucho mayor detalle en lo que ocurrió en el Occidente de dicho territorio, y de manera muy especial en la Intendencia de Guadalajara, a la que pertenecía entonces Colima.


“CON LA IGLESIA HEMOS DADO”. –


En el capítulo 9 de la Segunda Parte de Don Quijote, aparece esta frase a la que luego algunas personas cambiaron por: “Con la Iglesia hemos topado, Sancho”, dando a entender que se enfrentan con algo que les provoca una gran dificultad. Todo ello porque durante varios siglos en Europa, pero sobre todo en España, “el poder y la influencia del clero y sus instituciones era muy superior al de cualquier otro grupo social; y a cualquiera atemorizaba el enfrentarse a ellas”.


Y menciono esto último porque, según se cuenta en un artículo histórico que apareció en una revista de “National Geographic”, que se titula: “Napoleón Bonaparte, el emperador de España”, dice que “el 4 de noviembre” de 1808, en cuanto aquél cruzó la frontera entre Francia y España, para encabezar la dominación de la Península, se dispuso a pernoctar en la orilla del pueblo de Tolosa (uno de los primeros de España, cerquita de San Sebastián). Y que, cuando ya estaba instalado su campamento, “a las seis de la tarde […] recibió en audiencia a unos frailes capuchinos a los que amenazó: “Señores monjes, si tratáis de inmiscuiros en mis asuntos militares, os prometo que os cortaré las orejas”.


Y el autor explica que “esta grosera amenaza se debía al convencimiento [… ] de que la Iglesia fanatizaba e incitaba al pueblo contra la ocupación francesa, de tal manera que sin su intervención la resistencia española hubiera sido mucho menor”.


Al ver la amenaza que Napoleón dirigió a los frailes relacioné de inmediato esa nota con otros antiguos escritos que, difundidos por el clero católico de la diócesis de Guadalajara (la Guadalajara novohispana y no la Guadalajara española) hablaban precisamente en contra de Napoleón. Y me empeñé en buscarlos.


Como resultado de dicha búsqueda llegué a la conclusión de que, vista desde su perspectiva la acción de la Iglesia, El Pequeño Corzo tenía razón. Pero mi mayor sorpresa fue que el activismo que dicha institución desplegó en la Nueva España en contra de Napoleón tuvo un efecto contraproducente, puesto que, si en un principio propició un sentimiento patriótico a favor de España y de Fernando VII, ese sentimiento cambió de dirección y terminó operando en contra de lo que se había buscado. Al tal grado que hoy puedo afirmar que la Iglesia Católica de la Nueva España se convirtió en una excelente promotora de la Guerra de Independencia. Tesis que trataré de demostrar en uno de los siguientes apartados.



NAPOLEÓN ERA FUERTEMENTE ADMIRADO EN LA NUEVA ESPAÑA. –


Pero antes de emprender tal tarea, permítanme los lectores exponer frente a ustedes un detalle que no debe soslayarse: me refiero al hecho de que el nombre de Napoleón Bonaparte comenzó a sonar con gran fuerza en Europa desde que, siendo ya general, emprendió la guerra contra Italia y Austria entre 1796 y 1797, y cuando, habiendo vuelto victorioso de aquella campaña, en 1798, propuso al “Directorio” que gobernaba la “primera república” francesa, la conquista de Egipto, para “proteger los intereses comerciales franceses y cortar la ruta de Gran Bretaña a la India”. Todo esto antes de ser coronado como “Emperador de los Franceses”, en 1804.


Y quise mencionar estos hechos porque, habiéndose convertido también, ya como emperador en aliado del rey Carlos IV de Borbón, todo lo que se dijo en ese tiempo de Napoleón en España se replicó en los cuatro virreinatos y en las islas caribeñas, generándose una gran corriente de admiración y simpatía para aquel pequeño emigrante corzo que, a fuerza de golpes de astucia y férrea voluntad, había sometido a una gran parte de los países de Europa y era aliado de España.


Corroborando esta percepción de los hechos, Carlos Fregoso Gennis, historiador tapatío de nuestra época, al redactar el tercer capítulo del libro que tituló “La prensa insurgente en el occidente mexicano (Inicios del s. XIX)”, anotó:


“Bonaparte era admirado en Nueva Galicia por su imponente personalidad […] La leyenda de su sabiduría estratégica era reconocida. La imagen que ejerció en su tiempo era una especie de embrujo, sobre todo en aquellos que conocían alguna anécdota del corso”.


Lo que equivale a decir (esto lo menciono yo) que, hasta antes de haber ordenado la invasión de España, Napoleón tuvo muchos simpatizantes entre los criollos y los españoles más o menos cultos (o informados) que habitaban no nada más en Guadalajara, sino en las principales ciudades de la Nueva España.


Simpatía que en algunos de quienes la tenían se transformó en desconcierto, cuando no en rechazo y aún en odio, desde el momento en que se supo acá que Napoleón había traicionado al rey Carlos IV, que había aprehendido a Fernando VII y le había entregado la corona de España a su hermano José Bonaparte.


El Príncipe Fernando, en efecto, al que Napoleón nunca reconoció como rey, más su hermano menor y uno de sus tíos (que eran los únicos que podían reclamar la corona por “derecho de sucesión”) fueron convertidos por emperador francés en “reos de lujo”. Puesto que el 10 de mayo de año de 1808, fueron enviados a residir en el Castillo de Valencay, ubicado en un pueblito del centro de Francia, en donde aun cuando fueron tratados con todos los miramientos para gente de su condición, no se les permitía ir más lejos que los cotos de caza que allí existían.


Y comentando sobre este dato, don Emilio de la Parra López, un historiador español de finales del siglo XIX, que dictaba cátedra en la Universidad de Alicante, anotó:


“A partir del 23 de mayo de 1808, una vez se tuvo noticia en España de las abdicaciones de Bayona a través de la Gaceta de Madrid, se formaron Juntas [de gobierno y defensa] en distintas ciudades, las cuales proclamaron rey a Fernando VII (era la tercera vez que se producía este hecho) y en su nombre declararon la guerra a Napoleón. Al mismo tiempo las nuevas autoridades emprendieron una intensa labor propagandística para crear una imagen sumamente positiva de Fernando VII, presentándolo como el «príncipe inocente», adornado de todas las virtudes y víctima sucesiva de dos tiranos, el interior (Godoy) y el exterior (Napoleón). En la España alzada en armas contra el francés se impuso durante el tiempo de la guerra esta imagen del rey, mientras él pasaba los días en Valençay, ajeno a cuanto sucedía en su reino, rechazando los planes de evasión urdidos desde diversas instancias y completamente sumiso a Napoleón”.



CUANDO LA ADMIRACIÓN SE TRANSFORMÓ EN ODIO. –


Y, todas esas noticias, insisto, por más que tardaran tres meses o más en llegar a la capital de la Nueva España, y a las ciudades y los pueblos donde hubiese gente emparentada con otra de “La Madre Patria”, poco a poco fueron configurando un sentimiento de repulsión contra El Pequeño Corzo, convertido también acá, ante los ojos de la gente, en un gran tirano.


Pero dejemos por el momento las cosas así. Y en el próximo capítulo veremos cómo y de qué medios se valieron las autoridades virreinales y eclesiales para difundir esas noticias y provocar las reacciones que más tarde se habrían de volver en su contra.


NOTA. Todas estas notas corresponden al Capítulo 8 de “Mitos, verdades e infundios de la Guerra de Independencia de México”.


PIES DE FOTO. –


1.- Las noticias de las hazañas guerreras de Napoleón llegaron también a la Nueva España logrando que se despertara una fuente de simpatía y admiración para él.


2.- El Príncipe Fernando, que en un principio criticaba a su padre por estar actuando bajo la sombra de Napoleón, duró más de cinco años sometido a sus designios.


3.- Esta es una escena de la época que retrata el momento de “Las Abdicaciones de Bayona”.


4.- Y aunque llegaran dos o tres meses después, todas esas noticias tuvieron fuertes impactos en la capital y en las principales ciudades de la Nueva España.




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