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Bellezas y peculiaridades de las bahías gemelas de Santiago y Salagua

Por Abelardo Ahumada.

Bellezas y peculiaridades de las bahías gemelas de Santiago y Salagua


A veces, cuando transita uno por las estrechas calles de alguna vieja ciudad, la sola presencia de anchos y altos muros de piedra de los edificios o de las gruesas baldosas del suelo le indican que ahí ocurrieron muchos acontecimientos antiguos. Eventos que uno puede comenzar a imaginar con sólo detenerse un instante, o sentarse en algún rincón atento a los detalles. Pero cuando va uno (o pasa) por donde lo que abunda son construcciones o instalaciones modernas, la existencia de lo reciente silencia u oculta todo lo pasado, de tal modo que lo único que se puede percibir en todo lo que se escucha u observa en el trajín cotidiano. Sin que ello merme, por supuesto, el asombro que todo eso nos puede brindar.


Y si expresé lo anterior fue porque cada que voy al bello puerto de Manzanillo, lo primero que salta a la vista son sus modernas instalaciones y esas grúas gigantescas cargando o descargando los megabarcos que llevan miles de contenedores sobre sus acorazadas cubiertas, así como la serie de grandes y bonitos hoteles y casas de playa que cubren casi totalmente el arco de la gran bahía.


Ubicado en ese contexto imagino que la mayoría de los visitantes que llegan allá no pueden saber, ni de chiste, que casi en el extremo opuesto de donde se halla “el Manzanillo viejo”, hubo, más de cinco siglos atrás, un pueblo de indios concheros casi totalmente desnudos, que vivían en la orilla de una playa cubierta de vegetación que estaba junto a la desembocadura de un arroyo de agua dulce, justo en donde geográficamente principia la actual zona hotelera de “gran turismo”, en el ahora suburbio de Salagua.



Un pueblo en el que, muy al estilo de los ubicados en las playas tropicales, la gente vivía en pleno contacto con la naturaleza, disfrutando lo que el mar y la pródiga tierra les brindaban. Un sitio, además, al que, sin darle ningún nombre, los conquistadores que vinieron en 1523 dijeron haber “descubierto”.


Sobre este particular ya he dicho en otras ocasiones que al puerto que hoy denominamos Manzanillo los españoles lo descubrieron dos veces; pero la expresión no es de ninguna manera exacta, porque ellos no descubrieron el puerto de Manzanillo, que no existía aún, sino al puerto de Salagua, que más tarde desapareció: la primera, por tierra, en la temporada que acabo de mencionar, y la segunda, por mar, cosa de tres años más tarde.


Sobre la primera ocasión fue el mismísimo Hernán Cortés quien dejó constancia de eso en una carta que le escribió al rey de España el 15 de octubre de 1524. Donde le refirió que, después de haber regresado Sandoval a México, tras conquistar Colima: “trajo nueva de un buen puerto que en aquella costa se había hallado, de lo que holgué (me alegré) mucho, porque hay pocos; y asimismo me trajo relación de los señores de la provincia de Ciguatán, donde se afirma mucho haber una isla toda poblada de mujeres, sin varón ninguno, y que en ciertos tiempos van de la tierra firme hombres, con los cuales tienen acceso [carnal], y las que quedan preñadas, si paren mujeres las guardan, y si hombres los echan de su compañía; y que esta isla está a diez jornadas de esta provincia [de Colima], y que muchos de ellos han ido allá y la han visto. Dícenme asimismo que es muy rica de perlas y de oro; [por lo que] yo trabajaré… de saber la verdad y de hacer con ello larga relación a vuestra majestad”.[1]



Y por lo que corresponde al descubrimiento de dicho puerto por mar, cabe hacer mención que Cortés mismo mandó instalar un astillero en el puerto de Zacatula, junto a la desembocadura del Río Balsas, donde inicialmente se comenzaron a construir cuatro naves para continuar sus exploraciones y conquistas por “La Mar del Sur”, como denominaban entonces al Océano Pacífico en el área que éste bañaba las costas de la Nueva España.


Una de aquellas iniciales embarcaciones era un bergantín (pequeño barco velero en el que cuando mucho cabían unas quince personas). El cual fue comenzado a avituallar desde mayo de 1527, para ser botado a principios de julio. Habiendo salido del puerto de Zacatula en dirección al noroeste, justo el día 14 de esos mismos mes y año, en su primer viaje de prueba. Se llamaba El Espíritu Santo y era dirigido por el capitán de navío Pedro de Fuentes.



Transcurridos diez días de navegación, y al parecer totalmente ajenos al conocimiento que ya Gonzalo de Sandoval tenía del puerto colimote, el día 24 los marinos del Espíritu Santo llegaron a un hermoso sitio que los asombró. Y afortunadamente dejaron constancia escrita de aquel singular acontecimiento: “[...] y aquí hallamos un puerto que tiene de boca dos leguas, y de dentro es muy ancho, y así como entramos […] anduvimos media legua, y […] dimos a una ensenada que tiene […] cuatro brazas [de profundidad] es arena menuda y negra; y luego fuimos la vía del noroeste una legua, y vimos una punta que sale de tierra firme y está nordeste sudoeste, y al pie de esta punta (la actual Península de Santiago-Salagua) está un río de agua dulce, que está a tres tiros de ballesta de la mar […] y esta punta está toda cubierta de arboleda [...] y luego vimos al norte una montaña muy alta (hoy Cerro de El Toro) y la bahía de este puerto es muy fondable [...] y le pusimos nombre a este dicho puerto de Santiago, porque entramos en él la víspera de [Santo] Santiago, y toda la costa está poblada de indios, y nos daban agua y gallinas y de lo que tenían, y es muy buena gente”.[2]



Unos pocos años después, sin embargo, ya toda esa gente india había desaparecido del puerto a causa de las enfermedades (viruela, sarampión, paperas, etc.) que trajeron consigo los conquistadores, y de los malos tratos, de la explotación y de venderlos como esclavos los primeros colonos. Tal y como nos lo dan a demostrar otros documentos de aquel mismo siglo XVI.


Pese a la despoblación indígena, sin embargo, aquel inicial puerto de Santiago de Buena Esperanza, como también se le dijo, atrajo la atención de los navegantes y de las autoridades virreinales. Convirtiéndose en un sitio en donde las naos (naves o embarcaciones) solían llegar a refugiarse cuando había mal tiempo, o a “tomar refresco” (agua limpia, verduras, frutas, ganado) o a “carenar” (hacer reparaciones).


En una ocasión, por ejemplo, el propio Hernán Cortés partió desde allí en 1534 hacia las Californias y llegó de regreso, y a la Villa de Colima, a principios del año siguiente.


Otras referencias nos dicen que en Salagua fue construido, en 1562, uno de los navíos y parte de los aparejos de otros que pertenecieron a la flota en que don Miguel López de Legaspi y fray Andrés de Urdaneta, fueron a Las Filipinas dos años después; trazando la ruta de ida y vuelta entre la Nueva España y aquellas remotas islas orientales. Ruta, asimismo, por la que, durante casi todo el resto de la época virreinal, cada año hizo un viaje la famosa Nao de China (o Galeón de las Filipinas). La cual llegaba primero al puerto de Salagua después de varias semanas de navegación más o menos peligrosa, precisamente a tomar refresco y carenar.


Otros viejos documentos nos dicen que quienes asumían el puesto de Alcalde Mayor de la Provincia de Colima, recibían igualmente los cargos o nombramientos de Capitán de Guerra del Puerto de Salagua, Alférez Real y Sargento Mayor. Y que bajo sus órdenes solían estar entre dos y tres criollos colimotes comisionados en el Salagua despoblado, para tomar nota de quiénes llegaban precisamente al puerto. Vigilantes que tenían el apoyo de un grupo de indígenas del pueblo vecino de Totolmaloyan (ubicado en algún sitio hoy perdido, entre las actuales poblaciones de Chandiablo y Punta de Agua), quienes se subían por turno a un cerro, probablemente el que llamamos Del Toro, a realizar tareas de centinelas. Debiendo avisar inmediatamente cuando miraban la aproximación de alguna vela en el horizonte marino.



Ese primitivo puerto de Salagua fue también, muy repetidamente, visitado por piratas. Del primero del que se tienen noticias fue “el corsario holandés Francisco Chambric”, quien pasó frente a Salagua pero no llegó, aunque si atracó en “el puerto de Navidad”,[3] que inicialmente perteneció a Colima, en el año de 1567.


Después, en 1579, llegó a Salagua también el famosísimo bucanero inglés Francis Drake, con su barco The Golden Hind. Al igual que Thomas Cavendish lo hizo una vez el 2 de septiembre de 1586,[4] y otra en agosto del año siguiente, tras de haber atacado a la nao Santa Ana, procedente de las Filipinas con dos de sus naves, una de ellas llamada Desireé.



Muchos otros eventos interesantes ocurrieron en los puertos de Santiago, Salagua y Navidad durante la época virreinal, pero como Acapulco se fue convirtiendo en el puerto de mayor importancia debido a su cercanía con la ciudad de México, los tres que acabo de mencionar quedaron casi en el total abandono desde aproximadamente el 1700. No habiendo sido sino hasta casi finalizar el siglo XVIII cuando apareció el diminuto caserío que inicialmente sería conocido como El Manzanillo, y al que un ingeniero alemán que se llamaba Eduardo Harkort (que estuvo por allí en 1834) describió como una ranchería compuesta por unos cuantos “jacales miserables”, frente a los que pululaban “pelícanos y tiburones” como los casi únicos y “principales habitantes del puerto”.[5]


Jacales y puerto de cuyo desarrollo continuaremos hablando, Dios mediante, en próximas oportunidades.


Pies de foto. –


1.- El primer puerto que parece haber estado en la que actualmente se denomina Bahía de Manzanillo no estaba donde ahora llegan los barcos, sino donde ahora existe la zona “de gran turismo”.


2.- Al igual que pasó en el territorio colimote, la zona de la bahía estuvo habitada por pueblos prehispánicos, de cuya existencia nos dan nota y razón estas piezas que se exhiben en las vitrinas del Archivo Histórico Municipal de Manzanillo.


3.- Este interesante mapa elaborado al parecer en 1615 por un cartógrafo holandés, nos muestra con toda claridad las bahías casi gemelas de Salagua y Santiago.


4.- Aunque nos pueda parecer increíble, hay numerosos registros que confirman el arribo de barcos piratas a los pequeños puertos de los que estamos hablando.


5.- Y viendo escenas como ésta, no creo que los turistas recién llegados se pongan a pensar en las antiguallas como las que hoy he publicado aquí.



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[1] Hernán Cortés, Cartas de Relación, Cuarta Carta, con fecha 15 de octubre de 1524, p. 184. [2] Donald D. Brand, Coastal Study Southwest México, Austin, Texas, 1957, p. 125-129. Citando una Relación de la navegación que hizo el bergantín que salió de Zacatula, que se halla en el Tomo XIV de la Colección de Textos Inéditos del Archivo de Indias. Citado en Colima por Felipe Sevilla del Río, en Prosas literariase históricas, México, 1974, p. 157-158. Un resumen se halla también en José Luis Martínez, Hernán Cortés, (Versión Abreviada), FCE, México, 1995, p. 330-331. [3] Florentino Vázquez Lara, Colima Virreinal, Secretaría de Cultura, Colima, 2000, p. 84. [4] Ibidem, p. 84. [5] Eduardo Harkort, Noticias geográficas-políticas del Territorio de Colima, escritas en 1834, pero publicadas por don Ramón R. de la Vega en 1842. Un fragmento aparece en Servando Ortoll, Noticias de un puerto viejo, U. de C.- Instituto Colimense de Cultura, 1996, p. 79.

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