Ágora: Año nuevo, mismas consignas


Año nuevo, mismas consignas.

No es sano estar adaptado a una sociedad cuyo fundamento es la agresión y el silencio. Nada más por eso es que lo único que no tiene cabida en una democracia real es invitar al olvido y la superación –desconocimiento– de lo que viene sucediendo. Asesinar, torturar, desaparecer, corromper, reprimir, no forma parte de una democracia. Y pero ¿cómo poner en práctica algo ampliamente sabido por propios y extraños, ahí donde pese a que se sabe lo mucho que hay pendiente, se ha dejado de creer que es posible llevarlo a la práctica? La cosa es que sólo una transformación radical de nuestra base cultural y moral habrá de permitirnos explorar lo inimaginable.


A menudo escucho que me llaman idealista, por hablar de la importancia que tiene hacer un mundo más humano y justo, pero no puedo asumirme como tal, porque lo que yo tengo, no es fe en un mundo mejor, sino mucha rabia por este en el que a diario debo vivir, porque cuando salgo de casa, no sé si habré de volver; porque cuando terminamos de estudiar, no se sabe si habrá trabajo; porque cuando decimos lo que pensamos, no sabemos si seremos escuchados, o iremos a terminar perseguidos, muertos o desaparecidos, lo mismo por el Estado, que por el crimen organizado o mafia; porque quienes debieran ofrecer soluciones a los muchos problemas que a diario lidiamos, en vez de ayudar, se dedican a satisfacer sus propios intereses y encima imponen de forma regular cualquier cantidad de medidas para quitarnos lo poco que tenemos, sin que exista siquiera modo plausible de justificar tales atropellos.


Lo he dicho en otros momentos y lo repito: Cuando un gobierno como el que recién terminó, incurre, –por ausencia de argumentos–, en el deleznable ejercicio de verse justificando el uso de la fuerza, para poder regir y acallar las críticas, desconoce en el acto los fundamentos mismos de su autoridad, y otorga al mismo tiempo, mayores elementos para la desobediencia civil, que para la continuidad de sus instituciones. Porque un orden genuinamente democrático, es aquel tipo de sociedad donde la totalidad de sus integrantes, –incluido el propio gobierno–, reconocen que aún si la fuerza de los argumentos falla para disuadirnos de ejercer la violencia como instrumento de interlocución, el uso de la fuerza habrá de quedar permanentemente excluido siquiera como último recurso.


Hacer valer la ley, es mucho más que reprimir; respetar la voluntad popular. Si de verdad creemos en la justicia y la democracia como fundamento de lo que a diario hacemos con el devenir de las instituciones políticas, para formar sociedades cada vez más equilibradas, es preciso tener el valor moral de respetar, incluso a los que no nos respetan. Y aprender a escuchar principalmente a quienes piensan diferente, con el propósito de establecer nuevos puntos de equilibrio que hagan posible un entendimiento común, que de forma a acciones colectivas representativas, que recojan el sentir de todas las inquietudes que confluyen en el discurrir de nuestra vida pública.


Un año más se ha ido y sin embargo, la impresión de muchos frente a todo lo sucedido, no hace sino dejar la sensación de que hay realmente muy poco que celebrar. Quizá sea todavía muy pronto para decirlo, pero si el mismo modo de llevar las cosas el año que se fue, habrá de permanecer para el que recién comienza, será tanto más lo que nos veamos lamentando, que razones para mostrarnos optimistas. Espero por bien de todos que no sea así. ¿Mi impresión? Año nuevo, mismas consignas: Paz, estabilidad, progreso, justicia, reparación y transparencia. Y no, no hablo de mis mejores deseos para este año, sino de mis más fervientes consignas como ciudadano, porque vivir mejor no puede ser sólo razón de todo lo bueno que quisiéramos, cuando algo importa, es preciso hacerlo factible, hagamos pues que suceda.


Y no, no es que desconozca lo mucho que el gobierno recién iniciado ha ido emprendiendo en la veintena de días que lleva de haberse instalado, pero soy lo que sigue de cauto respecto a reconocer que el tipo de problemáticas a las que actualmente se enfrenta este país, distan mucho de haberse originado en el periodo que terminó. Lo que es más, el tipo de problemas que por definición tendrá que enfrentar el actual gobierno llevan cuando menos cuarenta años incubándose y tienen que ver sucintamente con la inoperancia de un Estado, cuyas capacidades se hallan desde hace décadas francamente rebasadas no sólo para cumplir en lo que toca a la política doméstica, antes bien habrán de vivir un auténtico calvario para resolver con éxito los retos de una palestra internacional extraordinariamente compleja y en recomposición, que ni será el de la bipolaridad de la guerra fría, ni el de la apertura comercial que se vaticinaba en los albores del actual siglo.


Desde luego es todavía muy pronto para decir que habrá de pasar, pero lo de menos es querer pensar que en vista de lo que el pasado periodo se vio, y en consideración de lo que este inicio de gobierno aparenta, el país sepa aprovechar la coyuntura para darse la posibilidad de algo muchísimo mejor de lo que hasta este momento hemos visto. Y se llegan con estas líneas el fin del año, no puedo sino aprovecharlas para agradecer a La Lealtad, por la posibilidad de hacer lo que más me gusta, escribir y opinar, confío pues, que el año venidero nos dé muchas razones a todos, para seguir pensando sobre la calidad de nuestra vida pública, hasta entonces les mando un abrazo y espero que las fechas ofrezcan la oportunidad de reflexionar sobre la propia vida.



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