Ágora: Indiferencia


Indiferencia. Indiferencia es el mayor reto de nuestra actual sociedad. Ahí nacen buena parte de nuestros males más preocupantes. ¿Que por qué lo digo? Nos hallamos tan acostumbrados a sólo pensar en nosotros mismos y siempre por las causas más inmediatas, que con frecuencia olvidamos que egoísmo y cortoplacismo son una vía rápida y segura hacia el hartazgo y la desesperanza colectiva. Y bueno pero si así ha sido siempre hombre –dirán los más cínicos; lamentablemente sin faltarles la razón para decirlo. El único problema de este modo de pensar, es que –no sé si por fortuna o para mal–, nos pone de frente a la prudencia de reconocer que no todos se hallan dispuestos a aceptarlo. De ahí que con frecuencia lleguemos a ver, –en la arista más positiva del tema–, a gente que crea que otro modo de hacer las cosas es posible. Sin embargo, –en su arista más sombría–, la misma realidad conlleva hacer frente de forma regular a la inevitabilidad de topar por igual, con personas desesperadas, cuyo último recurso se ha vuelto reclamar por cuenta propia y en forma drástica o arbitraria lo que llevan años exigiendo por la vía de instituciones, cuyo funcionamiento se encuentra maniatado y visiblemente erosionado como resultado de los excesos y vicios personales de aquellos a cuyo cargo ha estado por décadas el ejercicio del poder. Con tales perspectivas, el resultado no podría ser más incierto y desalentador, porque al día de hoy, si algo caracteriza a nuestro país en términos institucionales, es la muy alta desproporción que existe entre las necesidades insatisfechas de una sociedad que cada vez se crispa más en sus reclamos, y la raquítica capacidad de un Estado, que pese a numerosos intentos hechos por sus dirigentes políticos, no termina de construir aquella sociedad prospera y desarrollada que todos estiman que podría ser. Y nos asombramos de la violencia, por como sus efectos han cambiado la vida del común de la gente, pero poco nos preocupamos de pensar en las causas bajo las cuales se ha incubado. Porque si bien, llevamos cerca de treinta años discutiendo como la opción de impulsar cambios legales que crezcan las capacidades del Estado puede impactar en forma positiva nuestras perspectivas de desarrollo como sociedad. Sin embargo, año tras año, hemos ido posponiendo y en algunos casos hasta obstaculizando su implementación, mientras inermes pretendemos que todo lo demás llegue a permanezca sin relativos sobresaltos como hasta ahora, nomás porque sí. Al punto con lo que digo, es que si algo hay que cala hondo en las posibilidades que como sociedad tenemos de hacer frente a los problemas diarios, es nuestra expresa dificultad para reconocer que la solución de los mismos, pasa necesariamente no sólo por la búsqueda de fórmulas institucionales y recursos políticos que posibiliten un cause estructural social y material más eficiente, tanto como por decidirnos a tomar en serio nuestra pertenencia a la sociedad de la cual decimos participar. Un tema para el cual se vuelve indispensable trascender la pereza mental de pensar que se puede ser indiferente a los problemas del entorno en el que vivimos, sin ver por ello efectos en el devenir de nuestras propias vidas.

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