Ágora: ¿Cuál seguridad?


¿Cuál seguridad?


La franca situación de desolación y ausencia de Estado de Derecho en la que cotidianamente vivimos, sólo va cambiar el día que la realidad del común de la gente alcance el destino privilegiado de aquellos que por sus conexiones y posiciones en los circuitos de poder, se piensan más allá del bien y del mal. Desapariciones, asaltos, hurtos, extorsiones, violaciones y asesinatos, son el pan nuestro de cada día para millones, mientras que en la comodidad de sus posiciones de autoridad y tras los muros de suburbios privados, se esconden los que pueden pagar por esa muy grave ausencia de Estado entre la que vivimos. Ausencia de autoridad y justicia, de legalidad y de orden, todas esas palabras me suenan tan vacías, que estoy pensando que habría que re significarlas, porque llevan tanto tiempo fuera del diccionario civil, que no entiendo ya lo que significan. A decir verdad, no recuerdo cuándo sería la última ocasión que salí a la calle sin miedo de no volver a casa, o ser víctima de algún percance. Poco importa si es temprano por la mañana y me toca ir al trabajo, que lo mismo da si es la tarde y debo salir a comer, o si es de noche y tomo un autobús a deshoras, tengo miedo de mi sombra y mis pasos marcando el asfalto, miedo de ser asaltado, atracado o golpeado, miedo de topar incluso con alguna patrulla, porque no tengo idea de si son agentes de seguridad los que la ocupan, o si es que en ese momento van en esa modalidad intermitente entre la extorsión y el pandillerismo gansteril asalariado a cargo de los bolsillos de todos los contribuyentes. Y mientras camino rumbo a casa, voy al ritmo de los audífonos que a todos lados llevo, tratando de no pensar en el tema y hacer como que nada sucede. Impresión que permanece hasta que cruzo la puerta de la casa, donde después de echar llave a los numerosos cerrojos que con los años hemos ido acumulando, no termino de sentirme seguro y me da por pensar, que en tales condiciones, lo que permanece encerrado es algo más que la persona, porque nos hemos tenido que acostumbrar a vivir con el miedo a la libertad como umbral colectivo. Menudo lío, vivir en un tiempo donde ante la displicencia e indiferencia de aquellos que debieran velar por la seguridad de todos, me he vuelto prisionero involuntario de mi casa, porque si estando afuera, llega a sucederme algo, no habrá de faltar la voz que socarronamente diga: eso te ocurre por andar fuera; pero qué necesidad la de salir; hombre para qué ir fuera, te ocurrió por buscártelo. No pasa nada; estás exagerando; no es para tanto; ah pero como te gusta armar alboroto –dijeron amigos, familiares y vecinos, cuando hace una década llegué a decir que de no hacerse nada, la situación se tornaría cada vez peor. Y es cierto, cuesta trabajo reconocerlo pero ese diagnóstico sombrío que tan duramente me ha sido criticado tantas veces, ha sido desafortunadamente muy atinado. Que lejos estoy de aquella ciudad que conocí en mi adolescencia, cuando al volver de Estados Unidos, me dijeron que San Luis Potosí era un sitio donde nunca sucede nada. En aquella época –allá por 1994–, pensaba que quizá se referían a la amabilidad de sus habitantes, o a la tranquilidad de sus espacios públicos; sin embargo, hace tiempo he comenzado a creer que en realidad se referían, a que aquí nunca sucede nada, porque aun cuando ocurre, nadie mueve un sólo dedo por esclarecer las cosas o llevar a los responsables a pagar por sus actos, lo mismo da si se trata de un accidente de tránsito, que de un asalto, un atraco, una violación o un asesinato. Inútil buscar culpables, si en esta vida moderna de la que tanto se ufanan los que querían ver la ciudad como un sitio materialmente más próspero, nadie se hace responsable de sus acciones, si para todo tenemos chivos expiatorios. Porque cuando hay terceros implicados en cualquier acto que se infringe la legalidad, se elige para proceder, a quienes menos opciones tienen de defenderse, y si los involucrados llegan a ser de aquellos que tienen poder económico o político, entonces se arman explicaciones rocambolescas que van desde condiciones accidentales, hasta razones de perturbación mental propia, pasando por la grosera idea de no contar con elementos suficientes para proceder, sin contar que aún en los casos donde la justicia alcanza a los responsables, siempre existe la posibilidad de salir impune, bajo la argucia de alegar vicios en el procedimiento. Algo así como decirle a los familiares de los agraviados o incluso a la víctima misma –cuando sobrevive–, lo sentimos mucho, si bien sabemos que la persona a la que se juzga culpable de los actos denunciados es responsable, nos equivocamos en los pasos a seguir para procesarle, por lo que estamos obligados a dejarle ir, ahí para la próxima eh. Definitivamente es de humanos errar, la cosa es que me resisto a creer que sea de humanos negar justicia y privilegiar intereses particulares por razones de ganancia personal, poniendo las aspiraciones propias por encima de la obligación de resarcir daños o cuidar de la seguridad del común de la gente. Después de todo, esa y no otra es una de las razones medulares del porque se supone que vivimos bajo la forma de Estados, en caso contrario se estará haciendo un flaco favor a la idea de que vivir del modo que lo hacemos tenga sentido, sembrando en el acto, las condiciones para que cada que cada quien tome la Ley del Talión como razón sine qua non de su propia seguridad, bajo la impresión de que aquellos en cuyas manos radica la procuración de justicia no cuentan con la capacidad manifiesta de resolver sus responsabilidades. El punto es que el gobierno y la justicia deben serlo para todos, y si no, entonces mejor para nadie. Con tales perspectivas, me pregunto: ¿de qué modo pensar que pueda sentirse uno seguro de salir a la calle? ¿Cuántos más casos como los de Tania Lucero Cárdenas Garza, David Narváez, Itzachel Shantal González López o Karla Pontigo Luciotto se necesitan en esta ciudad, para que quienes se encuentran a cargo de la justicia antepongan sus responsabilidades por encima de sus ambiciones personales? ¿Cuántos culpables libres, exonerados o protegidos del estilo Félix Bocard Meraz, José Carlos Contreras Rodríguez, o empresarios de dudosa reputación sin ser procesados seremos capaces de resistir? ¿Qué tan lejos estamos de poder pensar que está todavía en nuestras manos la posibilidad de recuperar nuestra ciudad del franco enturbiamiento en que le hemos ido sumiendo? Por los nombres mencionados, consciente estoy de que lo que digo, puede parecerle a quien se tome la molestia de leerme, mero panfletísmo, y pero por ello mismo, invito a cualquiera que pueda querer rebatir, que se dé una vuelta a las fuentes de información disponibles en materia de seguridad –incluidas las oficiales desde luego–, seguro después de hacerlo, quede sin argumentos para resistirse a reconocer que a como están las cosas hoy, tarde que temprano, todos iremos irremediablemente a pagar las consecuencias en carne propia. Para muestra, quizá sea preciso enterarse que vivimos en un país, donde de acuerdo con el INEGI (2012), el 98% de los asesinatos dolosos quedan impunes, así las cosas, cualquiera puede mañana, verse fácilmente envuelto en un escenario como los ya mencionados, y lo peor: tener que resignarse a no sólo perder a quienes amamos, encima hacerlo sin opciones de hallar justicia para aliviar el desconsuelo de su ausencia.


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