Vislumbres: Las primeras mujeres españolas en Colima


Cumpliendo con la propuesta que expuse en mi colaboración anterior, en el sentido de dar a nuestros próximos gobernantes un plazo razonable para que terminen de organizar sus equipos, acaben de conocer la problemática que enfrentarán y empiecen a tomar decisiones con miras a corregirlos, me abstendré de hablar hoy de cualquiera de ellos.


Esperando, por otro lado, que los que se irán acaben precisamente de irse, y viendo cómo, desde ahora, a muchos de ellos les está “lloviendo en su milpita”, me abstendré también de señalarlos y abordaré uno de los muchos interesantes asuntos a que he podido tener acceso al investigar un poco de la muy poco conocida historia colimense.


LAS PRIMERAS MUJERES ESPAÑOLAS EN COLIMA. –


Tradicionalmente se ha dicho que la primera española que vino a Colima se llamaba Ana Martel y que habría llegado acá como esposa de uno de los primeros colonos hispanos que se establecieron en esa población, tras cuya muerte, Ana habría heredado una casa situada entonces detrás del muy pequeño templo que hizo las veces de parroquia de Colima, con frente al Arroyo Chiquito, que hoy corre embovedado, por debajo del nivel del piso del jardín Torres Quintero. Siendo por ello que la callecita (de una sola cuadra de largo) que hasta mediados de la década de los 80as del siglo pasado, estuvo detrás de Catedral y Palacio de Gobierno, llevaba el nombre de la dicha Ana Martel.


Esa creencia, sin embargo, derivó de una confusión histórica, porque resulta su marido, un conquistador español que vino acá desde 1523, se llamaba Juan de Aguilar, y era homónimo de otro que se avecindó en la entonces diminuta Villa de Colima en 1531, y trajo consigo a su mujer.


Mi primer esfuerzo en esa línea de investigación se dirigió, entonces, a tratar de dilucidar cuál de los dos Juanes de Aguilar se había casado con Ana Martel y, bueno, me encontré con que, en un muy antiguo documento fechado el 23 de octubre de 1532, se habla coincidentemente de los dos, pero con la diferencia de que el llegó acá como conquistador se llamaba Juan de Aguilar Solórzano, y de que al advenedizo, sólo se le nombra Juan de Aguilar.


Respecto del primero que mencioné, el “Padrón de Vecinos” dice: “Es persona muy honrada y es alcalde al presente… Pasó [el mar] en un navío de guerra, cuatro meses después de Pánfilo de Narváez (quien llegó a Veracruz a finales de mayo de 1524). Y se halló en la conquista de la ciudad [de México-Tenochtitlán] y de toda esta tierra […] Tiene dos pueblos [encomendados y para su aprovechamiento]: Xicotlán, con cerca de 100 indios, y Xonacatlán, con alrededor de 20”. Sin que se mencione un solo dato sobre su estado civil.


Y por lo que toca a su tocayo, el redactor de tal documento anotó: “Es persona muy honrada, es casado y tiene aquí a su mujer, y es vecino de esta Villa de un año a esta parte, no tiene indios y mantiene caballo”. Siendo éste el antepenúltimo de los 51 colonos que dicho “Padrón” enlista, y el único del que se resalta: “tiene aquí a su mujer”. No obstante que hay otros que aparecen con la característica de ser casados también.


Datos, pues, con lo que nos debería quedar muy claro que la primera mujer española radicada en estas latitudes fue la esposa de este segundo Juan de Aguilar, de la que, lamentablemente, no hubo quien dejara registro de su nombre. Como sí, en cambio, hay varios más que hablan de Ana Martel, quien habría enviudado prontamente, y que, por haber sido muy joven, todavía se casó dos veces más.


Precisando sobre esta mujer, hay otro documento que indica que Ana Martel pasó el Atlántico y llegó al puerto de la Villa Rica de la Vera Cruz, “en el mismo barco en que viajaba don Antonio de Mendoza, el primer virrey de la Nueva España”, cuyo arribo a ésa fue notificado un día de finales de octubre o primeros de noviembre de 1535, ya que fue el día 14 de ese último mes cuando tomó posesión de su cargo.


UNA ORDENANZA MUY REVELADORA. –


Antes de seguir hablando de otras mujeres españolas, debo mencionar que, desde unos pocos años atrás, Hernán Cortés se había dado cuenta de que algunos de sus más valientes soldados, de repente se ponían tristes y nostálgicos, y que tan lamentables estados de ánimo tenían una explicación muy simple: el recuerdo y la añoranza de los amores que algunos de ellos habían dejado en España o en las islas caribeñas, por lo que, viendo desde su perspectiva la conveniencia de tener a sus soldados más contentos que lo que los veía, entre una larga serie de “Ordenanzas” que dictó, resalta una, que hizo copiar y pregonar varias veces, para que todos sus soldados se enteraran de su contenido y no pudiesen alegar desconocimiento de la misma:


“[Y para que] más [o mejor] se manifieste la voluntad que los pobladores [hispanos] de estas partes tienen de residir y permanecer en ellas, mando que todas las personas que [ya] tuvieren indios [encomendados], y que [ya] fuesen casados en Castilla o en otras partes, traigan a sus mujeres dentro [de un lapso] de año y medio, [a partir de que] estas Ordenanzas fueren pregonadas, so pena de perder sus indios y todo lo con ellos adquirido y granjeado [si no lo hicieren así].


“Y [en cuanto a] que muchas personas podrían […] decir que no tienen dinero para enviar por ellas [les instruyo que com…]parezcan ante el Reverendo Padre, Fray Juan de Tecto, y ante Alonso de Estrada, tesorero de Su Majestad, [para que se les preste para traerlas]”. Y lo mismo ordenó para que, quienes, ya teniendo indios encomendados, buscaran el modo de mandar traer una muchacha casadera desde sus respectivas tierras, o que, si ya estaban conviviendo carnalmente con alguna muchacha indígena, mejor se casaran con ella para que no siguieran viviendo “en el pecado”.


EL NOMBRE MÁS ANTIGUO. –


Volviendo al tema de Ana Martel, cuyo caso se manejó como ejemplar, debo decir que en la primera declaración oficial que hizo, y que pudo ser al entrar, quizá, en la Nueva España, mencionó que ella y Juan, un hermano suyo, venían de Santo Domingo, y que sus padres, sevillanos ambos, ya eran difuntos.


Arribó, pues, a Veracruz, en la misma fecha que el virrey Mendoza, y es muy posible también que en la misma caravana haya avanzado hasta la ciudad de México, entonces en reconstrucción, ya con criterios españoles.


Se supone que haya estado radicando allí un poco tiempo, al cobijo de algunos familiares, y que fue durante esa estancia que, habiendo ido desde Colima hacia allá el ya rico y todavía soltero Juan de Aguilar Solórzano, le haya propuesto matrimonio, casándose en 1536, y yéndose casi de inmediato a la Villa de Colima, en donde habría de vivir muchísimos años, procreando con él siete hijos (seis varones y una mujer), entre los que destacó Pedro de Solórzano, uno de los primeros sacerdotes nacidos en la Provincia de Colima.


Ana enviudó como a los 20 años de casada y, habiendo quedado con una buena herencia, contrajo segundas nupcias con un tal Garci Garcés, poco antes de 1557, y más tarde con Melchor Pérez, con quien tuvo otro hijo más.


Melchor Pérez murió un poco más tarde y Ana Martel, ya anciana, no se volvió a casar, falleciendo cerca de 1592, de avanzada edad. Su casa “de altos y bajos”, estaba situada detrás de la capilla que fue la iglesia mayor de Colima. De ahí el nombre que aún conserva ese trozo de calle.


MUCHAS VIUDAS JOVENES. –


Entre los casos más notables casos que los historiadores colimenses han logrado documentar, destaca el de Isabel de Monjaraz, otra jovencita que realmente no sabemos cuándo llegó a la Villa de Colima, pero que debió de haber sido hacia 1540, ya que fue en ese año cuando su marido, Manuel de Cáceres, gran agricultor, recibió del mencionado virrey Antonio de Mendoza, “una merced de tierras” (una especie de donación, diríamos hoy) en el pueblo indígena de Pochotitlán, situado al oriente de la Villa de Colima, donde plantó naranjos y tuvo “una estancia de ganado mayor”. Tal vez la primera que hubo en su tipo, porque andando el tiempo ésta se ganó primero el calificativo de la Estancia de Pochochitlán, y más tarde, simplemente, La Estancia.


Conforme a la costumbre de aquellos años, doña Isabel de Monjaraz debió de haber contraído sus primeras nupcias cuando tenía 14 o 15 cumplidos, y cuando enviudó, en 1548, quizá no había llegado aún a los 30. Y tenía al menos un par de hijos, uno de ellos varón, y “estaba preñada de otro”.


El marido, conforme ya lo habíamos mencionado, era un gran agricultor, y tuvo otra enorme huerta, ésta de cacao, en un predio relativamente lejano de la Villa de Colima, en tierras del hoy estado de Michoacán, como quien va para el rumbo de Lázaro Cárdenas, y por la que pasaba un tramo del Camino Real que conectaba entonces a Colima con Maquilí, Motín, Zacatula y otros pueblos.


Una parte de esta huerta, más una buena cantidad de pesos de oro, le fueron ofrecidos a Juan de Arana, un español recién llegado a Colima, para que éste, en su oportunidad, se casara con María, la hija de ambos, que por entonces debe de haber sino aún menor de edad, y quizá no era tan atractiva como su mamá.


Y digo lo anterior porque al poco tiempo de que Isabel había enviudado, hay otros documentos en los que aparece otra vez casada, pero no con un nuevo pretendiente, sino con el mencionado Juan de Arana, el antiguo pretendiente de María, la hija. Otro hecho por el que podemos suponer que Arana, tal vez muy ambicioso, no se conformó con recibir la dote anunciada, sino que trató de quedarse con la madre y la mayor parte de la herencia. Sólo que la muerte no le dijo tiempo de salirse con la suya, y doña Isabel Ruiz de Monjaraz tuvo la oportunidad de enviudar y casarse una tercera vez, falleciendo, ya de edad avanzada, un día de marzo de 1589.


En este contexto debo mencionar a doña Francisca de Figueroa, quien al poco tiempo de haber llegado a Colima se desposó con el ya muy achacoso y maltrecho conquistador Bartolomé López, encomendero del bonito pueblo de Comala, con quien parece no haber tenido ningún hijo, y del que muy pronto enviudó, habiendo hecho él su testamento en noviembre de 1537.


Podemos suponer también que doña Francisca de Figueroa quedó todavía “de muy buen ver” y, apetecible, además, por la condición de haber recibido una buena herencia. De ahí que no tardó mucho en casarse por segunda ocasión con un aventurero toledano recién llegado a Colima, que se llamaba Alonso Carrillo de la Dueña, con el que procreó cuatro hijos. Mismos que, aun cuando muy probablemente radicaron la mayoría del tiempo en la Villa de Colima, fueron los primeros cuatro criollos que hubo en Comala.


Y ya para terminar con este primer avance en la historia de las mujeres de Colima, quiero mencionar a doña Beatriz López de Ayala, la primera mujer española de que se tiene noticia que haya sabido leer y escribir, y a la que, igual que a las otras que comenté, le tocó asimismo, casarse y enviudar tres veces, quedando más rica en cada ocasión que lo hizo, pero sin que haya incurrido ella en el asesinato, sino porque los hombres con que se casó, al estar bastante golpeados por la vida, acabaron muriendo pronto, “de muerte natural”.


Doña Beatriz se casó con Alonso de Arévalo, varias veces alcalde de Colima, en 1537. Con el que tuvo tres hijos. Enviudó en 1545, se volvió a casar con Alonso Carrillo Maldonado, pero volvió a enviudar en 1548, y se matrimonió de nuevo con Diego de Mendoza, quien falleció entrando 1570.


Murió rica. En su testamento dejó muchísimos bienes y, una cosa sumamente notoria, para su época y para ser mujer: entre sus cosas dejó una pequeña biblioteca integrada por 15 muy caros volúmenes. Un lujo que muy pocos hombres de su época se pudieron dar.

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