Ágora: En bici


En bici


Ir en bicicleta no es algo más que hacer, es un estilo de vida. Un modo de existir, ¡y qué modo! Cada pedaleo es un triunfo de la voluntad y la perseverancia, una afrenta permanente por aquellos momentos donde parece que el cuerpo no da más y se suda a raudales, con los músculos entumecidos y el corazón que parece que se va salir, mientras con cada estirar de pierna se percibe todo detalle, el viento y el entorno, la vibración del asfalto, el resplandor de la luz o el disipar de la misma cuando el día se va. De cualquier modo cuando se va en bici poco importa si es de noche o madrugada, siempre hay al paso detalles que percibir; el descenso de la temperatura, la humedad de la vegetación, el fresco de los árboles o el fulgor de las luces y el ruido ensordecedor de aquellos que yendo en auto van como anestesiados, ajenos incluso a sí mismos. Entonces te vuelves más consciente de lo que estar vivo significa. Lo sientes en el pulso acelerado, o las gotas de sudor resbalan por todo el cuerpo y el tironeo de músculos y tendones, que cual pistones y con suficiente entrenamiento, pueden llevarte a donde ningún auto jamás será capaz de llevarte. Porque en una bici el único límite lo pone el valor y la determinación personal por no dejar jamás de pedalear. Si pero... ¿y la velocidad? –me han dicho muchas veces; y no sé, es que si lo pienso, no tengo realmente nada que envidiar a quienes van en auto. Me sé perfectamente capaz de superar los 40 kilómetros por hora en mi vieja bici de 1968, e incluso sé que en determinadas condiciones y con el equipo adecuado hay quienes alcanzan a punta de puro pedaleo, velocidades superiores a los 120 kilómetros por hora, por no hablar de aquellos equipos especializados que incluso permiten superar tal velocidad con relativa comodidad. En bici no se toman ni se tienen caminos, se hacen veredas en el andar. Ser-hacer, no tener –me digo siempre a mí mismo. Que a eso es lo que estamos llamados todos en esta vida, a crear sin mirar atrás; todo es aquí y ahora, porque en este mundo todos estamos de paso y de paso en paso nos vamos. Y pensar que para todo esto no basta más que pedalear y pedalear. De combustible mejor ni hablamos, digo, si pensamos en los 50 pesos que se gasta uno en un par de garrafones al mes (porque en bici avanza uno literalmente con agua), no existe nada que envidiar en cuestión de eficiencia energética. ¿Que no alcanza el tiempo cuando se va en bici? Es todo tan relativo –no creo que los 12 minutos que me toma ir al centro, o los 28 min que ocupo en llegar a casa de mis amistades más lejanas, tengan algo que envidiarle a los 25 min que me toma ir en camión al centro, o los 20 min de hacerlo en auto propio; ¿qué son los 10 minutos que me toma ir a casa de mis amigos en taxi o coche propio, frente a los 26 min de hacerlo, lo mismo en bici que en camión? Porque si el tiempo que dicen muchos, se puede uno ahorrar en otros modos de transporte, no sirve para incrementar la calidad de nuestras vidas (aprendiendo una nueva habilidad, compartiendo el tiempo con amigos y familia, cultivándose intelectualmente o creciendo en lo espiritual), no veo razones convincentes –más allá de la mera comodidad–, para verme por ello, renunciar al sentido de pertenencia y comunidad social que ir en bicicleta me ofrece. Porque con nada puedo cambiar la emoción de verme llegar a un destino por más lejano que parezca, como tampoco cambiaría jamás ese sentimiento de camaradería y solidaridad que me hermana con personas que igual que uno, van en bici, y es que si bien es probable que rara vez las vuelva a ver, sé que comparten la misma experiencia de poderlo todo a base de sacrificio, determinación y esfuerzo. Como en esos momentos cuando te quedas en el camino, y al detener la marcha, lo mismo por una llanta baja, que por una cadena trabada o un cuadro mal ajustado, otro ciclista que ni su nombre sabes, te pregunta si está todo bien. Cuando eso ocurre, algo en mi interior me dice que otro mundo es posible. *** Da pena pensar que el mundo podría ser mejor y no lo es porque somos todos mucho más egoístas y comodinos de lo que nos atrevemos a decir. Ese y no otro debe ser el motivo por el que todo tipo de estupideces y abusos ocurren a diario. Lo peor: suceden sin que a nadie le importen o diga lo más mínimo aún si se supone que le son significativas. Con esos modos de hacer y vivir, mejor sería que todos dijéramos con cruda verdad lo que realmente son las cosas y no andarse por las ramas con que se piensa una cosa mientras hacemos cualquier otra. Mentira mentira, todo en este jodido modo de vivir es una puta mentira, falsos, ególatras y superficiales, narcisistas, somos una especie enferma de vanidad, vivimos todo desde el envase y nos importa un carajo el contenido. En fin, para todo lo demás... ¡pedalea hombre!, ¡no dejes nunca de pedalear!

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