Ágora: Primero todos


Primero todos. El capricho de negar lo que se puede y la necedad de poder en lo personal, lo que a diario nos negamos en lo colectivo; por eso es que al día de hoy existan más opciones para decidir que recursos efectivos para volver realidad el contenido de nuestras decisiones. El punto es que en una sociedad como la que vivimos, donde el valor de elegir lo que deseamos, se halla sobre dimensionado frente a la posibilidad de que lo que se decide, sea realmente llevado a la práctica, ofrece más razones para preocuparnos por la salud del tejido social, que motivos para pensar que bastará con poder elegir con libertad, entre diversas opciones, para que en automático se den condiciones que favorezcan el integro desarrollo de cualquiera. A menudo me pregunto: qué sentido tiene pensar en la existencia de un mínimo de acuerdos sociales básicos para la reproducción de nuestras instituciones políticas (llámese ciudadanía, partidos políticos o gobiernos democráticos), ahí donde lo que se decide, nos lleva con regularidad al exabrupto de vernos elegir, entre la inmoralidad de soportar casi cualquier cosa en nombre de la paz y la estabilidad de un sistema corrupto, anacrónico y excluyente, y la tentación de por ello mismo, defender la posibilidad de mandar las cosas al carajo, para crear nuevo orden, sólo para comprobar como pasado un tiempo, todo vuelve exactamente al punto del que partió. ¿Cómo pensar en que nuestras autoridades públicas actúen con franca rectitud y probidad por el bien de todos, ahí donde por principio de cuentas la honestidad personal brilla por su ausencia como un valor colectivo? Lo que es más, con frecuencia nuestra cultura popular, celebra la sagacidad y viveza de aquellos que en la búsqueda de ver satisfechos sus propios intereses al precio que sea, logran salirse con la suya, sin pagar por ello lo más mínimo. ¿Cómo pensar que nuevos modos de hacer las cosas serán posibles, ahí donde lo que define a nuestra sociedad es una perenne resistencia al cambio, opción por sobre encima del cual se antepone la preservación de todo tipo de excesos y distorsiones estructurales, que no hacen otra cosa que privilegiar el encumbramiento de unos pocos, frente al progresivo deterioro vivencial de mayorías, que a diario ven como sus opciones de desarrollo personal se ven pulverizadas para beneplácito de quienes mayores recursos disponen? ¿Qué porque pensar en estos temas para cosa del desarrollo político, cuando es bien sabido que mucho se dice y muy poco se hace? –puede llegar a preguntarse más de uno. Y la verdad es que aunque la cuestión puede resultar ya de por sí bastante desalentadora, es necesario poner en perspectiva que un primer paso para superar los efectos que el egoísmo personal llega a tener sobre el desarrollo colectivo de una sociedad, es re valorar la importancia de poner el bien común como de interés público. Porque ninguna de las muchas opciones político ideológicas que a diario y desde muy diversas perspectivas se discuten, para mejorar nuestras opciones como sociedad, habrá de funcionar hasta que se haga el esfuerzo colectivo de reconocer que, cuando por lo más que se mira es el bienestar propio, sin consideración de lo que a otros les pueda ocurrir, perdemos todos. Quizá sea por ello que cuando me preguntan, qué propones, no se me ocurra otra cosa que decir: primero todos.


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