Ágora: Los hombres como quiera


Los hombres como quiera. Un breve comentario en torno a la seguridad.


Vaya si percibo un ambiente machista en la ciudad donde vivo; lo peor: idéntica realidad he atestiguado en distintos puntos del país. ¿Qué por qué lo digo? De menos he de comentar que en mi experiencia, han sido ya muchas las ocasiones que siendo las 10 de la noche, al querer tomar lo mismo taxi, que camión para volver a casa, no consigo unidad alguna. Lo curioso de la cuestión –por no decir desconcertante–, es que cuando divisan a una chica, invariablemente los conductores detienen el paso, sólo para arrancar intempestivamente o incluso solicitarme que baje de la unidad tan pronto comprueban que la chica por la que han detenido la marcha no abordara.


¿Las razones? De acuerdo con los conductores a los que he tenido oportunidad de abordar al respecto, van desde, “a las señoritas hay que cuidarlas, los hombres como quiera”, hasta “por seguridad propia, no sea que me hagan algo”, pasando por “bueno vera... usted sabe...” –afirmación que generalmente viene acompañada de alguna seña lasciva imitando una anatomía femenina. Todos argumentos que a decir verdad, no me sorprenden lo más mínimo considerando las disparidades y numerosos prejuicios socio culturales, que pernean la convivencia de los géneros en el país, así como el sesgo misógino con el que se arropan los modelos de socialización.


Lo cual de paso sirve para abrir en el tema, un paréntesis no menos inquietante, toda vez que me atrevo a decir que la más de las veces, tales conductores deciden subir a las chicas, no por genuino interés en su seguridad, sino con dobles intenciones de por medio, buscando como se dice coloquialmente, “chachalaquear”, –flirtear o seducir–, bajo la mezquina suposición de asumir que hallar a una mujer sola, equivale a encontrarla disponible. Después de todo, como he escuchado decir a muchos conductores de transporte público: quién sabe… chicle y pega ¿no?


El detalle en ese sentido, tiene que ver con reconocer que detrás de tales expresiones, subyace en todos los casos, un alto componente de agresividad, cuyos efectos se dejan sentir para todos en las formas más insospechadas, dado que su aceptación supone instalarnos en un imaginario colectivo, donde los pormenores de dichas actitudes se asumen con naturalidad, bajo la impresión de suponer que existieran causas de discriminación, cuya condicionalidad se halla definida per se, por razones de biología, género y o selección natural.


Sin embargo, el problema institucional de fondo es mucho más grave que alegar la posible existencia de diferencias orgánicas entre hombres y mujeres; el punto que me parece aún más grave, es que detrás del decir “los hombres como quiera”, se esconde un reconocimiento implícito de que la incapacidad del Estado para proveer condiciones de seguridad para todos sus ciudadanos, sin distinción alguna de su condición o género, deja a un buen número de personas libradas a su propia suerte, lo que es tanto como suponer con algo de ingenuidad –y cierta dosis de cinismo–, que las condiciones de inseguridad son por su naturaleza, un tema exclusivo de las mujeres.


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