Ágora


Una breve exploración al tema de los escándalos por pederastia a manos de sacerdotes católicos en México.


Cuando pienso en el tema de los muy recientes escándalos de abusos sexuales sobre menores cometidos por sacerdotes católicos, lo mismo a nivel nacional que en el panorama local, no puedo dejar de creer que dada la complejidad de la cuestión y la muy pobre respuesta que la misma ha recibido por parte de las autoridades eclesiásticas correspondientes, diera la impresión de que a la Iglesia Católica le gusta acumular contradicciones.


De qué otro modo llamar a un orden de relaciones irregular, donde lo mismo se exige hasta el hartazgo el celibato entre sus prelados, pero se dice en cambio, muy poco respecto a la ejecución por parte de los mismos, de actos de vejación diversos, donde incluso se llega a ver lesionada en ocasiones la integridad sexual de los feligreses, o situaciones donde habiendo los elementos probatorios suficientes para proceder conforme a Derecho, se termina adoptando políticas de discrecionalidad.


Pero ante la preponderancia que el tema ha tomado en últimas fechas cabe preguntarse: ¿Cuál es en efecto el estado de la cuestión? De acuerdo con Silvino Tomasi, representante permanente de la Santa Sede ante la ONU en Ginebra, entre 1950–2000 se han registrado cerca de 3’420 casos de pederastia. En ese sentido, según indicó hace un par de meses, de acuerdo con las estadísticas internas del Vaticano, entre el 1.5 y 5% del clero católico estaría involucrado en casos de abusos sexuales contra menores. Dato que de ser cierto, implicaría –tomando como referente el número total de clérigos registrados en el mundo, de acuerdo con el Anuario Estadístico de la Iglesia Católica, en 440 000–, que entre 6’000 y 20’000 ministros confesionales se han visto inmiscuidos en el tema.


Cabe aclarar que pese a que el recuento de los últimos cincuenta años, exhibe la friolera de 3’420 casos de abuso sexual infantil a manos de prelados, de acuerdo con los propios archivos referidos, sólo 300 casos han sido calificados como graves, por la magnitud de lo ocurrido, así como por el alcance político de los involucrados. Esto significaría que apenas el 8.7% del total de los delitos registrados han sido considerados de relevancia.


Sin embargo, de acuerdo con Charles J. Scicluna –ex promotor de Justicia de la Congregación de la Doctrina de la Fe, y quien durante los últimos diez años se ha ocupado de lidiar con los casos de pederastia cometidos por sacerdotes–, tales cifras resultarían exageradas respecto al número de denuncias llegadas al Vaticano. Según ha expresado Scicluna en varias oportunidades, en la última década, las denuncias por abusos sexuales a menores presentadas ante la Congregación para la Doctrina de la Fe, ascendieron en total a 3’000, por lo que los clérigos pederastas representarían apenas el 0,68%, del total registrado.


A propósito del número total de clérigos registrados en el mundo, un problema importante con dicha cifra, deviene entre otros detalles, con que no ofrece pistas claras sobre la composición de la curia católica a la que refiere, toda vez que dicha cifra se encuentra a su vez, compuesta además de sacerdotes como tal, de diáconos, presbíteros y religiosos. Un ejemplo importante al respecto, sería el dato aportado por el Dr. Erdely –en 2003–, según el cual, la cifra de clérigos católicos en Estados Unidos para el momento de su estudio, ascendía a 109 000, sin embargo como él mismo reconoce, esta cifra baja de forma significativa a 46 000 000, si sólo se considera a los sacerdotes como tal.


La cuestión anterior es de suma importancia, dado que revela que pese a la gravedad del tema y el amplio seguimiento que ha recibido en la última década, la mayoría de la información referida se halla desprovista de datos concretos que ofrezcan una perspectiva esclarecedora, lo que es más, los pocos elementos estadísticos conocidos guardan el carácter de estimaciones aproximadas. La razón de acuerdo con numerosas investigaciones, obedece al enorme velo moral que pesa sobre el entendimiento de la vida sexual de la curia católica.


Una condicionalidad cuyos efectos se hallan, para el caso de nuestro país, estrechamente interrelacionados con la extensión con la que dicha denominación confesional pernea sobre el común de la sociedad. En ese sentido, de acuerdo con datos recogidos por el INEGI –en junio de 2010–, cerca del 82% de su población nacional –esto es 112 000 000 habitantes– se consideraba católica. Cantidad que contrasta con los 15’000 sacerdotes que según el Sistema Informativo de la Arquidiócesis de México, se tiene registrados en el país. Detalle que se distingue respecto a Estados Unidos, donde pese a que sólo existen 30 000 000 de católicas, sobre un total de 313 000 000 de habitantes, estos cuentan a su vez con 46’000 sacerdotes.


Al respecto, según datos aportados por la Federación Latinoamericana para la Renovación Ministerial, así como por el Instituto Cristiano de México, de los 15’000 sacerdotes católicos registrados en el país, cerca del 30% se ha visto envuelto en un acercamiento esporádico de tipo sexual con algún miembro de su congregación. Asimismo se reporta que alrededor del 13% –esto es aproximadamente 2000 sacerdotes–, se encuentra viviendo de forma regular en pareja, matrimonio, amasiato o concubinato, en algunos casos incluso con el consentimiento discrecional de sus respectivas arquidiócesis.


En cuanto los pederastas entre los clérigos del país, se tienen estimaciones aproximadas que sitúan la problemática en cerca de 320 casos en los últimos cuarenta años, lo que representa un 2% del total de sacerdotes registrados, sin embargo, como es de esperar, de acuerdo con informes elaborados por organizaciones independientes, como la llamada Red de Sobrevivientes de Abuso Sexual por Sacerdotes, la Iglesia católica mexicana sólo ha reconocido 60 casos en dicho periodo de tiempo, es decir no más del 18% del total. Todo esto sin que absolutamente ninguno de los inculpados fuera judicialmente procesado.


Situación que contrasta de forma importante con lo ocurrido en Estados Unidos, donde de acuerdo con un estudio presentado en 2004, por el John Jay College of Criminal Justice, los sacerdotes acusados de pedofilia entre 1950–2002, fueron 958, es decir 18 por año. Mientras que las condenas fueron 54, poco más de 1 al año. Tendencia que se halla a todas luces, muy lejos de lo registrado en otros campos como el educativo durante el mismo periodo de tiempo, donde se dieron cerca de 6,000 condenas a profesores y entrenadores deportivos, declarados culpables del mismo delito por los tribunales judiciales.


¿Qué conclusiones extraer de esta muy breve exploración del tema? La primera y más importante que se me ocurre, tiene que ver con el hecho de que pese a la cobertura que la cuestión ha recibido en los últimos años, dicha problemática resulta entre la curia sacerdotal católica, más infrecuente de lo que lo que desde la opinión pública se asegura, lo que es más, incluso muestra una incidencia muchísimo menor para el caso de los clérigos en relación a los laicos, como dejan entrever algunas encuestas de tendencias sexuales y parafilias a nivel mundial elaboradas por la Organización Mundial de la Salud en 2004, según las cuales, cerca del 20% de los adultos han experimentado alguna vez en su vida atracción por menores de edad. Claro está en ese sentido, no se tienen datos respecto a si tales gustos han derivado o no en conductas delictivas.


Mi propósito con este comentario, no ha sido (como pudiera parecer), echar por tierra la gravedad del tema, antes bien lo que persigo es hacer énfasis en la necesidad de reconocer, que por la naturaleza del tema, resulta imperativo tomar con mayor rigor la documentación y el seguimiento del mismo, en otro modo se habrá de hacer realmente muy poco por aliviar sus consecuencias, porque aquí en este tema como en muchos otros de tipo político-social, al final del día, lejos de las estadísticas subyace el drama del factor humano. Esto significa que así fuera un sólo puñado de casos en todo el mundo, el tema seguiría teniendo la misma relevancia para uno que para miles.


Así las cosas, a luz de la información aquí presentada, cabe preguntarnos: ¿Qué es lo que más nos preocupa al respecto como sociedad? ¿La magnitud estadística del fenómeno o la condición simbólica del mismo a razón de la investidura confesional de los involucrados? Cada cual que saque sus propias conclusiones.



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